La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

No se había movido adrede. Había querido marcar terreno. Mostrarle desde el principio que ella no llegaba como invitada mimada. Pero ahora, al verla allí bajo la lluvia, pálida, tiesa, esperando a entrar en el castillo... pensó que quizás tenía algo de razón.

Mató ese pensamiento al instante.

—Si necesitaba ayuda, pudo pedirla.

—Si usted hubiera sido un caballero, no habría hecho falta.

—Ya le advertí que aquí no somos caballeros ingleses.

—No se preocupe. Empieza a ser evidente.

La señora MacNair intervino antes de que Malcolm respondiera.

—Por aquí, milady.

Audrey no se movió.

—Quiero ver los documentos.

—Ya vio el pacto en su casa, estoy convencido.

—Vi una copia guardada por mi familia. Ahora quiero ver la suya. He cruzado media Escocia por ese papel.

—Y yo he esperado años para usarlo. Unas horas no matarán a nadie.

—No estoy tan segura. La señorita Worth parece muy cerca del final.

—¡Audrey! —protestó la anciana.

Fue la primera vez que Malcolm oyó su nombre en voz alta.

«Audrey».

No señorita Hamilton.

No milady.

Audrey.

Le desagradó notar que el nombre encajaba demasiado bien con ella. Frío, elegante, puntilloso. Un nombre inglés con demasiada dignidad para una mujer que ya tenía demasiada.

—Hablaré con usted esta noche —dijo Malcolm.

—Hablará conmigo esta tarde.

—Esta noche.

—Esta tarde.

Los hombres del clan miraban con un interés que Malcolm no agradeció.

La señora MacNair pareció a punto de reír.

Edward observaba a Malcolm con atención. No a Audrey. A Malcolm.

Como si ya hubiera comprendido algo.

—A las cinco —dijo Edward de pronto.

Audrey lo miró.

Malcolm también.

El muchacho continuó con calma:

—Mi hermana habrá tenido tiempo de cambiarse. La señorita Worth habrá recuperado el ánimo. Usted habrá tenido tiempo de recordar que, aunque no sea caballero inglés, sigue siendo duque. A las cinco podrán hablar del pacto en una sala abierta, con la presencia de la señorita Worth y la mía.

Malcolm se quedó mirándolo.

—¿Siempre negocia por su hermana?

—Siempre que sea necesario.

Audrey abrió la boca. Luego la cerró.

La señorita Worth pareció a punto de bendecirlo.

Malcolm sintió una molestia profunda al reconocer sensatez en un Hamilton tan joven.

—A las cinco —aceptó.

—Bien —dijo Audrey.

Malcolm se inclinó apenas. No lo suficiente para ser cortés. Lo bastante para burlarse de la forma.

—Milady.

Audrey sostuvo su mirada.

—Laird.

Aquello fue todo.

Nada de sonrisas. Nada de reverencias cálidas. Nada de tregua.

La señora MacNair condujo a Audrey hacia la entrada. La señorita Worth la siguió quejándose entre dientes de la lluvia, de Escocia, de los hombres sin pantalones y de los duques sin educación. Edward se quedó un segundo más en el patio.

Malcolm lo miró.

—¿Algo que añadir?

Edward observó el castillo, los hombres del clan, la torre reparada a medias, el modo en que todos esperaban una orden de Malcolm incluso cuando fingían no mirar.

—Todos lo obedecen —dijo.

—Soy el señor de este castillo.

—No es solo por eso.

Malcolm no respondió.

Edward inclinó la cabeza, casi como saludo.

—A las cinco, entonces.

Y siguió a su hermana.

Ewan se acercó a Malcolm cuando los Hamilton ya entraban en el castillo.

—La morena estirada —dijo, con una sonrisa ancha.

Malcolm lo fulminó con la mirada.

—Una palabra más y te mando al tejado.

—Solo iba a decir que no es fea.

Malcolm miró hacia la puerta por la que Audrey acababa de desaparecer. No. Fea no era.

Era una maldición con guantes.

—Es una Hamilton —dijo, como si eso fuera suficiente para hacerla fea.

—Sí. Y tú has decidido pelearte con ella antes de que se quitara el sombrero.

—Ella empezó.

Ewan soltó una carcajada.

—Dios nos ayude, Malcolm. Tienes treinta y tres años y acabas de sonar como un muchacho. Deberías haberla hecho pasar de inmediato, no hacerla esperar abajo de las escaleras.

Malcolm no sonrió.

Pensó en Audrey bajo la lluvia. En su barbilla alzada. En su voz fría. En el modo en que había dicho que una mujer no era mercancía. En la forma en que lo había mirado al corregir su tratamiento.

No iba a llorar.

No iba a suplicar.

No iba a doblarse.

Eso no la hacía menos peligrosa.

La hacía peor.

—Prepara la sala del ciervo —ordenó.

—¿Quieres el pacto original?

—Quiero el pacto original. Y a Hamish. Y que nadie deje a solas a la muchacha Hamilton en ningún lugar donde pueda medir grietas, goteras o nuestra pobreza.

—Demasiado tarde. Tiene ojos.

Malcolm recordó esos ojos azules, fríos y precisos.

Sí.

Los tenía.

—Entonces que mire bien —resolvió—. Esta noche entenderá que no vino a opinar sobre mi castillo.

Ewan se cruzó de brazos.

—¿A qué vino?

—A ser mi prometida, ¿no es así? —respondió Malcolm.

—Ella ha dicho que no.

Malcolm volvió la vista hacia la puerta.

Arriba, en algún lugar del castillo, Audrey Hamilton estaría mirando sus paredes con desprecio, comparando sus chimeneas con las de Inglaterra, lamentando su debut perdido y preparando frases frías para la reunión de las cinco.

Bien.

Que se preparara.

Él también lo haría.

Porque si lady Audrey Hamilton creía que podía llegar a Glenmuir, negar el pacto, despreciar su casa y salir intacta, estaba a punto de aprender algo muy simple: los Sinclair no sabían perder.

Y él mucho menos.