La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—Glenmuir no tiene interés en sus bailes, señorita Hamilton.

—No creo que Glenmuir tenga interés por nada que no sea sobrevivir, Su Excelencia.

Ewan tosió otra vez.

Malcolm ya ni lo miró.

—Si ha venido a insultar mi casa...

—No necesito insultarla. Su casa se presenta sola.

La señora MacNair hizo un sonido ahogado, igual que algunas de las mujeres que observaban la escena desde el patio.

No eran criadas en el sentido inglés de la palabra.

Algunas eran esposas de arrendatarios, otras viudas del clan, hijas de pastores o familiares de hombres que servían a los Sinclair desde hacía generaciones.

Varias llevaban chales de tartán sobre los hombros y cofias sencillas para protegerse de la lluvia.

Permanecían cerca de los edificios, fingiendo ocuparse de sus tareas mientras escuchaban cada palabra.

En Glenmuir, los asuntos de los Sinclair rara vez pertenecían solo a los Sinclair.

El clan llevaba siglos viviendo, trabajando, discutiendo y sobreviviendo junto a aquella familia. Y la llegada de una Hamilton había despertado más curiosidad que una tormenta de verano.

Edward cerró los ojos un instante.

La señorita Worth pareció a punto de desmayarse, aunque quizás fuera por el frío.

Malcolm sintió una oleada de furia.

—Quizás deba recordar, milady —dijo, cargando el tratamiento con burla—, que si Brodick está tan limpio y orgulloso como imagino, es porque hace años otra casa escocesa se ensució las manos por los Hamilton.

El rostro de Audrey no cambió.

Pero Edward dio un paso.

—Cuidado —dijo el muchacho.

Malcolm lo miró.

—¿Eso es una amenaza?

—Es un consejo.

—Edward —dijo Audrey.

Su hermano la obedeció. Se detuvo.

Malcolm se fijó en aquello. El muchacho era joven, sí. Pero no cobarde. Y obedecía a Audrey no por miedo, sino por respeto.

Interesante.

Molesto, pero interesante.

Audrey respiró despacio.

—No he venido a negar lo que Fergus Sinclair hizo por mi familia —dijo—. Tampoco he venido a permitir que usted use esa deuda para arrastrarme de los cabellos hasta un altar.

—Nadie la arrastrará a ninguna parte.

—Qué alivio.

—Si termina en un altar conmigo, caminará sola.

Aquello fue demasiado.

La señorita Worth emitió un grito breve.

—¡Su Excelencia!

—Aquí me llaman laird.

—¿Laird?

—Sí.

—Es usted duque.

—También soy laird de Glenmuir.

Audrey lo miró durante un largo instante.

Aquello era absurdo.

Completamente absurdo.

—Muy bien... laird —dijo la señorita Worth.

Malcolm necesitaba que Audrey entendiera algo desde el primer momento: Glenmuir no iba a recibir a una reina inglesa. No iba a arrodillarse ante su belleza, su apellido o sus ojos fríos. Si los Hamilton habían decidido mandarla, ella tendría que aprender que allí las leyes eran distintas.

Audrey dio un paso hacia él.

Solo uno.

Suficiente para que su perfume volviera a rozarle.

—Procure no confundirse, duque —dijo con una calma tan perfecta que a Malcolm le pareció más peligrosa que un grito—. He venido a ver el pacto original, sus pruebas y sus intenciones. No he venido a pertenecerle.

Él bajó la mirada hacia ella.

—Todavía no.

Edward avanzó otro paso. Ewan dejó de sonreír.

La señora MacNair murmuró algo que sonó a oración.

Audrey no se movió. No se ofendió en voz alta. No tembló. No levantó la mano para abofetearlo, aunque Malcolm vio que ganas no le faltaron.

Eso también le gustó. Lo cual era un problema.

—Señorita Worth —dijo Audrey sin apartar la mirada de Malcolm—, tome nota de que el duque de Glenmuir acaba de confirmar la necesidad de su presencia constante.

—Ya lo había anotado mentalmente, milady.

Esta vez Ewan no ocultó la carcajada.

—Me gusta la vieja —dijo en voz baja.

La señorita Worth lo oyó.

—Usted a mí no, señor.

—Me gusta más.

Audrey no permitió que aquello desviara la escena.

—Deseo ver el pacto que usted tiene hoy mismo —dijo.

—Lo verá cuando yo decida.

—Lo veré antes de que caiga la noche.

—Ha viajado durante días.

—He viajado para hablar, no para dormir.

—Sus caballos necesitan descanso. Su carabina parece a punto de fallecer de indignación. Su doncella mira mi castillo como si esperara ser devorada por las paredes. Y sus lacayos llevan diez minutos intentando encontrar un lugar donde dejar baúles que no pienso permitir que bloqueen mis corredores.

Audrey miró hacia los carruajes.

Su doncella, una joven de rostro dulce y pálido, sujetaba un pequeño bolso contra el pecho. El lacayo de los Hamilton intentaba impedir que un perro mojado se acercara a los baúles. Varios hombres de Glenmuir los observaban como si fueran parte de un espectáculo.

—Mi equipaje no es excesivo.

Malcolm la miró.

—Ha traído tres baúles.

—He traído ropa.

—Para conquistar Rusia.

—Para alojarme en una casa desconocida sin saber cuánto tiempo tendría que soportar su hospitalidad.

—Mi hospitalidad no se soporta. Se agradece.

Audrey miró el patio.

Luego la torre con tablones.

Luego el barro.

Después volvió a mirarlo a él.

—Haré cuanto pueda.

La señora MacNair dio un paso adelante.

—Milord, la lluvia empeora. Milady debería entrar.

Audrey respondió antes que Malcolm.

—Estoy de acuerdo. He visto suficiente de los exteriores.

—Todavía no ha visto nada —dijo Malcolm.

—Eso me temo.

Él se acercó un poco más.

Demasiado cerca para el gusto de la señorita Worth, que inhaló con fuerza.

Audrey no retrocedió.

Malcolm bajó la voz.

—Escuche bien, señorita Hamilton. Glenmuir no es Londres.

Aquí nadie va a desvivirse por su comodidad.

Nadie va a aplaudir sus frases. Nadie va a fingir que esto es una visita social.

Su familia debe una alianza o una tierra.

Usted es la respuesta que ha mandado su padre.

No me importa si viene envuelta en seda, rabia u orgullo.

Audrey lo miró sin pestañear.

De cerca, sus ojos no eran simplemente azules. Eran de un azul frío con un borde más oscuro, como el mar antes de una tormenta. El tipo de ojos que un hombre prudente evitaría mirar demasiado tiempo.

Malcolm nunca había sido prudente.

—¿Ha terminado? —preguntó ella.

—Por ahora.

—Bien. Entonces escúcheme usted a mí. No soy alianza. No soy tierra. No soy una carta devuelta con sello de Hamilton. Y si cree que puede intimidarme con barro, viento y hombres vestidos con cuadros, tendrá que esforzarse bastante más.

Ewan murmuró algo en gaélico.

Malcolm no apartó los ojos de ella.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Audrey.

—Nada para oídos ingleses.

—Mi padre es escocés.

—Su padre vive en Inglaterra.

—Y usted vive en un castillo en ruinas. Todos tenemos desgracias.

La señora MacNair se quedó rígida. Edward miró al cielo como si pidiera paciencia.

La señorita Worth susurró: —Milady, quizás...

—No, señorita Worth —dijo Audrey—. Ya hemos tolerado bastante descortesía por una mañana.

Malcolm sintió una ira extraña.

—Señora MacNair —dijo Malcolm sin dejar de mirar a Audrey—, lleve a milady y a su carabina a la habitación verde. Que su hermano tenga una habitación cerca. Los criados, donde no estorben.

—Mi doncella dormirá cerca de mí —dijo Audrey.

—Su doncella dormirá donde haya cama.

—Entonces busque una.

—Esto no es una posada.

—No. En una posada habrían salido a ayudarme a bajar del carruaje.

El golpe fue pequeño.

Malcolm lo recibió como si fuera mayor.

Porque era verdad.