La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Miró las piedras, el barro, los hombres en tartán, los perros mojados, las ventanas estrechas y la torre con los tablones.

Su rostro no cambió.

Pero Malcolm vio el desprecio.

Fue apenas una sombra en sus ojos. Un juicio rápido, perfecto y silencioso.

Aquello borró cualquier impresión incómoda que le hubiera causado su belleza.

Bien.

Era lo que esperaba.

Una inglesa.

—Señorita Hamilton —dijo desde la escalinata.

Su voz cruzó el patio sin esfuerzo. Grave, áspera, sin adornos.

La señorita Worth se irguió como si le hubieran pisado el dobladillo.

Audrey levantó la mirada hacia él.

—Milady —corrigió.

Malcolm arqueó una ceja.

—¿Perdón?

—Soy hija de un duque. En Inglaterra se nos concede el tratamiento adecuado incluso cuando se nos recibe en un patio lleno de barro.

Un par de hombres Sinclair se removieron. Ewan, apoyado junto a la entrada, tuvo el descaro de sonreír.

Malcolm soltó una risa breve.

No fue cálida.

—En Glenmuir solemos esperar a que una persona se gane el trato que exige.

Edward Hamilton dio un paso hacia su hermana.

Audrey no lo necesitó.

Ni siquiera parpadeó.

—Entonces espero que aquí sean ustedes muy pacientes, duque. Yo no acostumbro a ganarme lo que ya me corresponde.

Ewan dejó escapar un sonido que pudo ser risa o tos.

Malcolm bajó dos escalones.

Solo dos.

La distancia entre ellos siguió siendo bastante grande para resultar descortés.

—Bienvenida a Glenmuir, señorita Hamilton.

—Veo que insiste en la falta de modales.

—Veo que insiste en traer Londres en cada frase.

—He dejado Inglaterra para venir aquí. Créame, no ha sido una mejora.

La señorita Worth emitió un pequeño sonido de alarma.

—Milady...

Audrey no apartó la vista de Malcolm.

Él sintió, con una irritación creciente, que la mujer no temblaba. No lloraba. No se escondía detrás de su hermano ni de la anciana. Tampoco intentaba agradarle.

Llegaba como si el mundo le debiera una explicación.

Y quizás él se la debía.

Pero no pensaba dársela en el patio, delante de medio clan y de una procesión inglesa que había traído suficientes baúles para invadir una isla.

Malcolm miró hacia los carruajes que venían detrás. Dos vehículos más. Un coche con equipaje. Un lacayo más. Una doncella joven con cara de pánico. Un mozo. La carabina. El hermano.

—¿Ha traído a toda Inglaterra con usted? —preguntó.

Audrey siguió su mirada.

—No. Solo lo necesario para asegurar mi decoro.

—Glenmuir no ha invitado al decoro. Invitó a una Hamilton.

—Glenmuir no invitó nada. Reclamó. Hay una diferencia.

La respuesta fue limpia.

Demasiado limpia.

Malcolm bajó otro escalón.

—Ha venido de todos modos.

—He venido porque su carta fue lo bastante insolente para merecer una respuesta en persona.

—Creí que enviaría a un abogado.

—Y yo creí que un duque sabría escribir una petición sin parecer un salteador de caminos. Ambos hemos sufrido una decepción.

Ewan rio abiertamente.

Malcolm giró la cabeza.

—Ewan.

La señorita Worth avanzó con rigidez, hundiendo apenas las botas en el barro.

—Su Excelencia —dijo a Malcolm, aunque su tono indicaba que tal título le parecía generoso—, soy la señorita Worth, carabina de lady Audrey Hamilton durante su estancia en este lugar.

Quiero dejar claro desde el primer momento que mi presencia será constante, visible y moralmente necesaria.

Lady Audrey no permanecerá a solas con usted bajo ninguna circunstancia.

Malcolm la miró.

Luego miró a Audrey.

—¿Teme quedarse sola conmigo?

—No.

La respuesta fue inmediata.

Demasiado inmediata.

Malcolm sintió una chispa oscura de interés.

—Entonces ¿para qué trae carabina?

—Porque soy una dama. Y porque usted, hasta ahora, no me ha dado motivos para pensar que entiende la palabra.

La señorita Worth cerró los ojos como si acabara de oír algo terrible y delicioso a la vez.

Edward se llevó una mano a la boca.

Malcolm debería haberse enfadado.

Lo hizo.

Pero también tuvo ganas de reír.

Eso lo enfadó más.

—Entiendo muchas palabras, señorita Hamilton.

—Entonces empiece por esta: respeto.

El patio se calló de inmediato.

La lluvia seguía cayendo, fina y fría, sobre todos los miembros del clan Sinclair.

Audrey permanecía inmóvil. Ni siquiera el viento parecía capaz de desordenarla del todo.

Había barro junto al bajo de su vestido, gotas en su sombrero y una gota de agua resbalándole por la mejilla pálida, pero su expresión seguía siendo de hielo.

Malcolm pensó, con antipatía, que ninguna mujer debería verse tan intacta después de aquel viaje.

—El respeto se paga con respeto —dijo.

—Yo no he puesto su casa en una carta como garantía de matrimonio.

—No. Su familia puso la mía contra la pared hace años y ahora finge sorpresa cuando se le pide que cumpla.

—Mi familia no finge nada.

—Los Hamilton fingen muy bien. Viven en Inglaterra y aún se llaman escoceses cuando conviene.

Edward habló por primera vez.

—Esto es innecesario.

Malcolm miró al muchacho.

Edward Hamilton no tenía la violencia visible de Douglas, según le habían contado, ni la impulsividad de los jóvenes tontos. Lo observaba con calma. Demasiada calma. Como si estuviera guardando cada palabra para usarla después.

—¿Y usted es?

—Edward Hamilton.

—El hermano sensato.

Edward no reaccionó.

—Eso espero.

—Dígale a su hermana que no ha venido a un baile.

—Mi hermana ya lo sabe. Ha visto el patio.

Audrey giró la cabeza hacia él.

—Edward.

—Era una observación.

—Era una impertinencia.

—Aprendo rápido.

Malcolm miró al muchacho con una molestia que rozó la furia. Los Hamilton, al parecer, se creían tan superiores como había supuesto.

La señora MacNair apareció entonces en la puerta principal, con un chal oscuro sobre los hombros y una expresión de evaluación severa. Sus ojos pasaron de los baúles al lacayo, de la señorita Worth al hermano, y por fin a Audrey.

Malcolm vio el momento exacto en que la mujer comprendió que la Hamilton no era la clase de muchacha que habían imaginado.

—Milady —dijo la señora MacNair con una reverencia seca—. Soy la señora MacNair, ama de llaves de Glenmuir.

Audrey inclinó la cabeza ligeramente, sin bajarla ni un ápice más de lo necesario, con una educación impecable.

—Señora MacNair.

—Sus habitaciones están preparadas.

—Gracias.

—La chimenea tira mal —añadió la mujer, porque en Glenmuir nadie parecía capaz de adornar una mala noticia—, pero la hemos hecho limpiar dos veces y hay mantas suficientes.

La señorita Worth palideció.

—¿La chimenea tira mal?

—Solo cuando el viento viene del norte.

—¿Y de dónde viene ahora?

La señora MacNair miró el cielo.

—Del norte.

Edward tosió.

Audrey mantuvo el rostro perfecto.

—Estoy segura de que sobreviviremos.

Malcolm observó la pequeña reacción de su boca. No fue una sonrisa. Fue algo más frío, más sutil. Como si el deterioro de Glenmuir confirmara cada opinión desagradable que ya se había formado.

—Glenmuir no es Hamilton Lodge —dijo él.

—Lo he notado.

—Aquí no tenemos salones calientes para cada estado de ánimo.

—Por suerte, hay pocas cosas que puedan cambiar mi estado de ánimo.

Malcolm bajó el último escalón.

Al fin quedaron a una distancia más propia de una conversación. De cerca, Audrey era todavía más irritante. Y más hermosa. Tenía un perfume suave, caro, limpio; algo de gardenias quizás, o de jabón fino, tan fuera de lugar en aquel patio que parecía una provocación.

Ella alzó los ojos hacia él.

No retrocedió.

Malcolm era consciente de su tamaño. De la impresión que causaba en mujeres acostumbradas a caballeros pulidos, pálidos y educados para no ocupar demasiado espacio. Él ocupaba espacio. Lo sabía. Era parte de sí mismo. En Glenmuir nadie se disculpaba por existir con fuerza.

Audrey Hamilton lo miró como si hubiera decidido no concederle ni un centímetro de ventaja.

—No he venido como su prometida —le informó ella, estirando su mentón hacia arriba.

Malcolm la miró de arriba abajo, lento, frío, deliberadamente insolente. Vio el modo en que sus dedos se tensaron sobre el guante.

Bien.

Había sangre bajo todo ese mármol.

—No —dijo—. Ha venido porque su familia me debe algo.

La frase la golpeó.

Lo vio en sus ojos.

Solo un destello.

Pero no bajó la mirada.

—Mi familia ha venido a escuchar una reclamación —replicó—. No a entregar mercancía.

—Una promesa no es mercancía.

—Una mujer tampoco.

La señorita Worth murmuró: —Muy bien dicho, milady.

Malcolm no apartó los ojos de Audrey.

—En las Highlands, los pactos antiguos no se tratan como invitaciones que pueden aceptarse o rechazarse según convenga. Antes de que Londres decidiera que el mundo debía escribirse en papeles perfumados, los clanes sellaban alianzas con tierra, sangre y matrimonio.

—Qué civilizado.

—No he dicho que fuera civilizado. He dicho que se cumplía.

—La ley de la reina no entrega mujeres, duque.

—No. Entrega tierras.

Edward levantó la mirada.

Audrey quedó inmóvil.

Malcolm vio que la palabra había llegado donde debía.

«Brodick».

—Ese es el asunto real, ¿no es así? —dijo ella—. No quiere una prometida. Quiere Brodick.

—Quiero lo que se prometió.

—Quiere poder... y dinero.

—Quiero que Glenmuir no muera.

Fue la primera frase que casi sonó verdadera.

Malcolm la odió en cuanto salió de su boca.

Audrey la escuchó. No suavizó el rostro. No mostró compasión. Tal vez no la tenía. Tal vez era demasiado inglesa para entender lo que significaba que una tierra se muriera bajo las manos.

—Ha escogido un modo desagradable de pedir ayuda —dijo.

—No estoy pidiendo ayuda.

—No. Eso habría requerido humildad.

El golpe fue fino.

Exacto.

Malcolm sonrió sin alegría.

—Si ha venido a hablarme de humildad, señorita Hamilton, ha hecho un viaje inútil.

—He dejado mi debut en sociedad para venir hasta aquí —dijo ella—. Mis vestidos, mis invitaciones, mi presentación en Londres y cualquier posibilidad de fingir que mi vida era sencilla durante unas semanas. Le aseguro que espero que el asunto merezca semejante sacrificio.

La palabra debut sonó ridícula en aquel patio, pero a Malcolm le molestó menos de lo que esperaba.

Quizás porque ella no la dijo como una muchacha caprichosa.

La dijo como alguien que había perdido algo.

Y lo culpaba.