Capítulo 3
La primera impresión que Audrey Hamilton tuvo de Glenmuir fue que aquel lugar parecía haber sido construido por hombres que detestaban la comodidad.
El carruaje avanzó con dificultad por un camino estrecho, cubierto de barro y piedras sueltas, mientras la lluvia golpeaba los cristales con una constancia miserable.
A ambos lados, las Highlands se extendían como un mundo obsoleto y áspero: colinas verdes ennegrecidas por la tormenta, montañas envueltas en niebla, árboles torcidos por el viento y un cielo tan bajo que parecía dispuesto a aplastar el carruaje.
No había jardines ordenados.
No había caminos limpios.
No había esculturas, fuentes ni terrazas donde una dama pudiera pasear sin embarrarse el bajo del vestido.
Había piedra. Agua. Viento. Y una soledad inmensa.
Audrey mantuvo la espalda recta, las manos enguantadas sobre el regazo y el rostro perfectamente sereno. Había pasado demasiadas horas de viaje para permitir que Glenmuir la venciera antes de poner un pie en el suelo.
Frente a ella, la vieja señorita Worth apretaba los labios con una expresión de sufrimiento casi religioso.
La anciana institutriz había sido rescatada de su cómoda semi-retirada en el ducado de Devonshire para ejercer de carabina, y no había dejado de recordarles desde la frontera que ninguna dama bien nacida debería verse obligada a cruzar media Escocia para visitar a un duque desconocido que reclamaba esposas por carta.
—Esto es indecoroso —murmuró por vigésima vez—. Completamente indecoroso. Una señorita en edad casadera no debería alojarse bajo el techo de un caballero soltero, aunque dicho caballero tuviera cien títulos, dos castillos y una abuela santa.
Edward Hamilton, sentado junto a la ventanilla, apartó la vista del paisaje.
—Tenemos a usted, señorita Worth.
—Precisamente por eso no estamos ya condenados a la ruina moral, joven Edward, pero no me pida que aplauda el arreglo.
Audrey no sonrió.
—Nadie le ha pedido que aplauda nada, señorita Worth.
—Mejor. Mis manos están congeladas.
Edward volvió a mirar por la ventanilla.
Tenía dieciséis años, un rostro todavía joven y unos ojos demasiado atentos para su edad.
Su padre lo había enviado con Audrey porque el duque de Hamilton no podía abandonar Inglaterra en mitad de una reclamación legal que amenazaba Brodick, y porque, si Alexander Hamilton ponía un pie en Glenmuir antes de tiempo, nadie garantizaba que el asunto no terminara con sangre.
Douglas habría declarado la guerra antes de llegar a la puerta.
Richard habría intentado demostrar que ya era un hombre batiéndose con el primer escocés que lo mirara mal.
Edward, en cambio, miraría, escucharía y recordaría.
Lo cual, en muchos casos, era mucho más peligroso.
—Hay hombres en la colina —dijo.
Audrey giró ligeramente el rostro hacia el cristal.
Vio figuras entre la lluvia. Hombres quietos, cubiertos con capas oscuras, algunos con el tartán visible bajo la tela mojada. No parecían criados. Tampoco soldados. Parecían parte del paisaje, como si la tierra los hubiera formado de la misma piedra que el castillo.
—¿Nos vigilan? —preguntó la señorita Worth, escandalizada.
—Nos observan —corrigió Edward.
—Es lo mismo.
—No del todo.
Audrey no apartó la mirada.
Los hombres de Glenmuir no se escondían. No tenían el menor disimulo. Observaban el carruaje con la misma tranquilidad con que habrían mirado llegar una tormenta, un rebaño ajeno o una mala noticia.
Tal vez, para ellos, una Hamilton era una mezcla de las tres cosas.
—Encantador recibimiento —dijo Audrey.
La señorita Worth se asomó un poco y retrocedió de inmediato.
—Dios nos asista. Llevan las piernas al aire.
Edward tosió.
Audrey lo miró.
—No te rías.
—No lo hago.
—Quieres hacerlo.
—Eso no es lo mismo.
La señorita Worth se santiguó.
—Kilts. Como si la civilización fuera una sugerencia y no un deber cristiano.
Audrey volvió a mirar al exterior.
Ella también los vio. Tartanes oscuros bajo capas mojadas. Rodillas desnudas. Botas embarradas. Hombres altos, inmóviles, de rostros cerrados.
No era la primera vez que veía un kilt. Había pasado suficientes veranos en Brodick para cruzarse con pescadores, pastores y vecinos de Arran vestidos de aquella manera.
Pero en el castillo de su familia nadie los llevaba.
Su padre utilizaba ropa inglesa, sus hermanos también, y la mayoría de los invitados que frecuentaban Brodick hacían lo mismo.
Aquello era diferente.
Aquellos hombres parecían haber salido de otro siglo.
Nada que ver con los caballeros de Londres, con sus levitas bien cortadas, sus guantes, sus sombreros y sus sonrisas vacías.
El carruaje dio un fuerte salto sobre una piedra y la señorita Worth soltó un pequeño grito.
—Este camino es una agresión personal —declaró.
—Ya casi hemos llegado —dijo Edward.
Audrey no preguntó cómo lo sabía. Edward siempre parecía saber las cosas justo antes de que los demás las entendieran, en eso se parecía a su madre.
Entonces el carruaje salió de entre dos paredes de roca y Glenmuir apareció ante ellos.
El castillo se alzaba sobre una elevación de piedra, oscuro contra el cielo gris.
Tenía torres gruesas, ventanas estrechas y muros antiguos manchados por siglos de lluvia.
No era elegante. No buscaba serlo. Parecía una fortaleza levantada para soportar enemigos, inviernos y generaciones de hombres obstinados.
Había humo saliendo de algunas chimeneas, pero no de todas. Una torre tenía andamios pobres apoyados contra el muro. Varias ventanas estaban cerradas con tablones. El patio era amplio, irregular, lleno de barro, perros, hombres del clan y criados que se movían con una prisa poco educada.
Audrey sintió una punzada de rechazo tan fuerte que le tensó los dedos dentro de los guantes.
Eso era Glenmuir.
Por ese lugar había dejado atrás Londres.
Por ese lugar había cancelado las pruebas de vestidos, los bailes, las tarjetas de visita, las conversaciones que tal vez habrían sido aburridas pero al menos habrían tenido lugar bajo lámparas limpias y techos que no parecían a punto de derrumbarse.
Por ese lugar Malcolm Sinclair había puesto Brodick en peligro.
—Parece... antiguo —comentó Edward.
La señorita Worth lo miró con severidad.
—Ese es un modo muy caritativo de decir que parece en ruinas.
Audrey no dijo nada.
El carruaje entró en el patio.
Y allí estaba él. Supuso que era él porque lideraba una pequeña comitiva.
Malcolm Sinclair no bajó las escaleras para recibirla.
No se acercó al carruaje.
No sonrió.
Esperaba en lo alto de la escalinata, como si no recibiera a una dama sino a una dificultad que por fin había llegado.
Llevaba una chaqueta oscura abierta sobre una camisa blanca sin demasiada rigidez, botas altas y el tartán Sinclair sujeto con naturalidad a la cintura.
Los cuadros eran de un verde profundo, casi negro, cruzado por líneas azul oscuro y finas marcas rojas.
Sobre un hombro, un plaid del mismo tartán caía sujeto con un broche de plata apagada.
Audrey lo vio y odió, de inmediato, que fuera tan atractivo.
No apuesto de la forma limpia y educada de los caballeros ingleses.
No.
Malcolm Sinclair era otra clase de hombre.
Alto. Muy alto. Ancho de hombros. Fuerte de un modo que no venía de salas de armas ni de paseos a caballo por Hyde Park, sino de cargar piedra, subir colinas, empujar puertas contra el viento y vivir en un lugar que no perdonaba debilidades.
Tenía el pelo negro, húmedo por la lluvia, algo más largo de lo aceptable, y un rostro duro, de líneas marcadas, mandíbula firme y pómulos severos.
No era bello.
Era peor.
Era imponente.
Y eso la irritó profundamente.
La puerta del carruaje se abrió.
Primero bajó un lacayo de uno de los pescantes. Después apareció un joven inglés. Luego descendió una anciana envuelta en capas, con expresión de considerar toda Escocia un error histórico.
Y finalmente apareció ella.
Malcolm Sinclair esperaba una inglesa pálida, rígida y poco agraciada. Una muchacha demasiado delicada para las Highlands y demasiado orgullosa para reconocerlo.
No esperaba quedarse en silencio.
Audrey Hamilton descendió del carruaje con ayuda de su hermano.
Entonces la vio de verdad.
Alta para una mujer. Esbelta. Impecable pese al viaje. El vestido oscuro realzaba la blancura de su piel y el cabello negro que escapaba bajo el sombrero. Tenía el porte de una reina y la mirada de alguien acostumbrado a que el mundo se apartara de su camino.
Era hermosa.
Condenadamente hermosa.
Y eso fue lo primero que le disgustó.
Porque una mujer así no parecía una solución.
Parecía un problema.
Muy serio.
Había imaginado a Audrey Hamilton muchas veces durante los días anteriores.
La había imaginado huesuda, pálida de un modo enfermizo, con boca fina, ojos de reproche y modales afilados como agujas.
Había imaginado a una inglesa rígida envuelta en telas claras, con expresión de desprecio y un cuerpo tan frágil que el primer viento de Glenmuir la doblaría en dos.
No esperaba aquello.
La joven bajó sin titubear.
Llevaba un vestido de viaje oscuro, de un azul tan profundo que bajo la lluvia parecía negro.
La falda estaba cortada con elegancia, el abrigo ajustado a su cintura y los guantes impecables pese al camino.
El sombrero, adornado sin exceso, sujetaba parte de su cabello, pero varios mechones negros escapaban junto a sus sienes.
Su piel era clara, casi luminosa en medio de aquel patio sombrío.
Tenía la barbilla alta, la boca serena y unos ojos fríos, de un azul que no pedía permiso para mirar.
Malcolm sintió que algo desagradable se le movía dentro.
No era fea.
No era insignificante.
No era siquiera simplemente bonita.
Era una belleza altiva, una beldad, una de esas mujeres educadas para caminar por una estancia como si todo le perteneciera sin tener que decirlo. Parecía una reina joven obligada a pisar barro.
Demasiado hermosa para una deuda.
Demasiado fría para una esposa.
Y demasiado Hamilton para su tranquilidad.
Audrey miró el patio.