Capítulo 2 #3
El mensajero estaba pálido, empapado y cubierto de barro hasta las rodillas. Tenía la boca partida y los ojos hundidos de agotamiento. Su abrigo parecía haber vivido una guerra.
Malcolm sintió una punzada de culpa.
Lo había enviado a aquella distancia con una orden que no admitía fracaso.
—Siéntalo junto al fuego —ordenó—. MacNair, whisky. Caldo caliente. Y que alguien vea su caballo.
—El caballo está peor que él —dijo uno de los mozos.
—Entonces que lo atiendan primero.
Callum intentó incorporarse.
—Milord...
—Si te levantas, te tumbo yo.
El hombre obedeció. No por debilidad, sino porque conocía a Malcolm.
La señora MacNair llegó con una manta y empezó a cubrir a Callum mientras murmuraba que los hombres de Glenmuir tenían menos juicio que una cabra en celo. Callum no protestó.
—La respuesta —dijo, buscando dentro de su abrigo.
Malcolm tomó el sobre.
El sello de Hamilton estaba intacto.
Durante un instante, el vestíbulo entero pareció contener la respiración. Ewan se colocó a su lado. El administrador apareció en la escalera. Varios criados se quedaron inmóviles en los corredores. Incluso la señora MacNair dejó de gruñir.
Malcolm rompió el sello.
Había esperado una negativa.
Había esperado una amenaza.
Había esperado una carta larga, llena de palabras limpias y venenos escondidos. Había esperado que Alexander Hamilton ofreciera dinero con la superioridad de un hombre que se sabía rico. Había esperado abogados, condiciones, insultos.
No esperaba aquello.
Leyó la nota una vez.
Después otra.
Al duque de Glenmuir:
La señorita Hamilton viajará a Glenmuir.
Si Su Excelencia quiere una prometida Hamilton, tendrá que atreverse a mirarla a la cara.
Alexander Hamilton, duque de Hamilton.
El silencio se volvió incómodo.
Luego Ewan empezó a reír.
No mucho. Lo suficiente para irritarlo.
—Seguro que es Audrey —dijo su primo—. La morena estirada.
Malcolm dobló la carta despacio.
—Cállate.
—No han enviado abogados.
—No.
—No han enviado dinero.
—Ya sé leer.
—Han enviado a una hija.
—Todavía no la han enviado. Vendrá.
—La morena, estoy convencido. Su padre sabe que puede intimidarte o hacerte desistir; quizás las dos cosas. —Malcolm lo miró fijamente. Ewan levantó las manos—. Solo intento ayudarte.
«Audrey Hamilton».
Malcolm también estaba convencido de que era ella. Dudaba mucho que el duque hubiese enviado a su hija menor después de la descripción que le había dado su primo.
—¿Qué más dijo Hamilton? —preguntó a Callum.
El mensajero aceptó el vaso de whisky que le ofrecía la señora MacNair y bebió antes de responder.
—No dijo mucho, milord. Miraba como si quisiera arrancarme la garganta. Su hijo mayor también.
—Eso no me sorprende.
—La casa era... —Callum buscó la palabra— demasiado limpia.
Ewan sonrió.
—Una tragedia.
Callum asintió, muy serio.
—Y había flores en todas partes.
La señora MacNair se santiguó como si aquello confirmara la decadencia inglesa.
—¿Viste a las jóvenes? —preguntó Malcolm antes de poder detenerse.
Ewan giró la cabeza hacia él con una sonrisa lenta.
Malcolm lo ignoró.
Callum dudó.
—Las vi poco.
—¿Y?
—Creo que la morena, señor.
Ewan tosió para ocultar una risa.
—Lo sabía.
Callum bajó la vista hacia el vaso.
—No parecía asustada.
Algo en el vestíbulo cambió.
Malcolm no supo por qué aquella frase le interesó más que todo lo anterior.
—¿No?
—No, milord. Parecía... enfadada.
Ewan soltó otra carcajada.
Malcolm no rio.
Pero la imagen se formó en su cabeza sin permiso: una joven morena, huesuda y altiva, con una tez tan pálida que rozaba lo enfermizo como era común en las inglesas.
La imaginó con la espalda recta, la barbilla levantada y unos ojos glaciares que parecían buscar defectos en todo cuanto miraban.
Sus labios no se curvaban por amabilidad ni por alegría, sino por una desagradable sensación de superioridad.
En conjunto, un horrible destino para un hombre como él.
Audrey Hamilton, la prometida que no había pedido.
Hamish, el administrador, bajó los últimos escalones.
—Entonces vendrá.
—Sí —dijo Malcolm.
—¿Cuándo?
Malcolm miró la carta.
No había fecha exacta. Eso también era una respuesta.
Audrey Hamilton no pensaba correr como una muchacha obediente llamada por un hombre de las Highlands.
Viajaría cuando ella decidiera. Con su padre detrás, seguramente con escolta, doncella, baúles y suficiente orgullo inglés para llenar medio castillo.
—Pronto —dijo.
—Habrá que preparar habitaciones —intervino la señora MacNair.
—El ala este no —dijo Hamish—. Hace demasiado frío.
—El ala sur está cerca de Mairi —respondió Malcolm.
—Una dama inglesa no querrá estar cerca de una enferma —murmuró Ewan.
Malcolm le lanzó una mirada.
—Una dama inglesa puede querer lo que le apetezca. Tendrá la habitación verde.
La señora MacNair frunció el ceño.
—La chimenea de la habitación verde tira mal.
—Entonces arréglela.
—¿Con qué dinero?
—Con amenazas, si hace falta. A veces funcionan mejor.
Ewan cruzó los brazos.
—¿Vas a recibirla con el tartán de gala?
Malcolm bajó la vista hacia su ropa empapada y manchada de barro.
—La recibiré vestido.
—Eso ya será un avance.
—No voy a disfrazarme de caballero inglés para tranquilizarla.
—Nadie te pide que uses pantalones.
—Mejor.
La señora MacNair levantó los ojos al cielo.
—Dios nos asista. Una Hamilton en Glenmuir. Una inglesa de salones en mitad de nuestras goteras.
—Medio inglesa —corrigió Ewan—. Tiene padre escocés.
Malcolm guardó la carta dentro de su chaqueta.
—Si su padre fuera escocés de verdad, no habría hecho falta recordarle una deuda.
Callum, agotado, cerró los ojos junto al fuego.
Hamish no discutió.
Ewan tampoco.
—Que preparen la habitación verde —añadió Malcolm.
—¿Para la prometida? —preguntó Ewan.
La palabra le rozó la espalda como una mano inesperada.
«Prometida».
No esposa. Todavía no.
Pero tampoco desconocida.
Malcolm miró la lluvia.
—Para la Hamilton.
Ewan se acercó a su lado.
—¿Y tú qué vas a preparar?
Malcolm tocó el borde de la carta dentro de su chaqueta.
—Prepara mi tartán de gala —dijo al fin.
Ewan alzó las cejas.
—¿Vas a recibirla como duque?
Malcolm no apartó los ojos de las montañas.
—No. Como un Sinclair —El viento golpeó la puerta con fuerza. Malcolm sonrió sin ganas—. Y que nadie olvide avisarle de una cosa: aquí no somos caballeros ingleses.