La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Él le tocó la frente con el dorso de la mano. Caliente. No tanto como la noche anterior, pero todavía demasiado.

Mairi apartó la cara.

—No soy una niña.

—No. Eres una enferma insoportable.

—Eso me honra.

Malcolm tomó el frasco de medicina de la mesita y lo miró. Quedaba poco. Demasiado poco.

—Enviaré por más.

Mairi vio la dirección de su mirada.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

—Cuesta mucho dinero.

—Cállate.

Ella sonrió, aunque la sonrisa se le quebró con un acceso de tos. Malcolm le sostuvo un pañuelo y esperó a que pasara. La tos le sacudió todo el cuerpo. Cuando terminó, Mairi respiró con dificultad y cerró los ojos.

Por unos segundos, Malcolm no fue duque. No fue jefe de clan. No fue un hombre dispuesto a pelear por piedras, deudas y promesas.

Fue un hermano que no sabía cómo salvar lo único que le quedaba de su sangre más cercana.

—Has mandado la carta —dijo ella, sin abrir los ojos.

Malcolm se quedó inmóvil.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Nadie, pero tu cara lo dice todo.

—Deberías dormir.

—Deberías responderme.

Él dejó el frasco en la mesa.

—Sí. La mandé.

Mairi abrió los ojos.

—¿A Hamilton?

—Sí.

—¿Y pediste a una hija?

—Reclamé un pacto.

—Eso es una forma fría de decirlo.

—Es una forma exacta.

—No para la hija.

Malcolm apartó la mirada hacia el fuego.

—No sé cuál será. Ni siquiera sé si vendrá alguna.

—¿Y si viene?

—Entonces cumpliremos lo firmado.

—¿Y si llora?

Él la miró.

Mairi no estaba burlándose.

—No quiero una esposa llorando por los pasillos de Glenmuir —dijo Malcolm.

—Pues no reclames esposas por carta.

La frase cayó entre ambos con una sencillez cruel.

Malcolm apretó la mandíbula.

—No tenía otra opción.

—Siempre dices eso cuando escoges la opción más dolorosa.

—Glenmuir no resistirá otro invierno.

—Lo sé.

—Los arrendatarios no pueden pagar. Los acreedores no esperarán. El techo se abre. Tú necesitas medicinas. Necesitas un médico mejor. Necesitas...

Malcolm cerró la boca.

Mairi respiró despacio.

—No me uses como excusa.

Malcolm no supo qué decir.

Aquella era la parte que más odiaba. No el orgullo herido. No la humillación de reclamar una deuda vieja. Ni siquiera la posibilidad de que Alexander Hamilton enviara abogados, amenazas o una bolsa de dinero envuelta en desprecio.

Lo peor era que Mairi podía verlo demasiado claro.

—Si los Hamilton cumplen, Glenmuir vivirá —dijo él.

—¿Y ella?

—Ella será duquesa.

—Qué generoso. Malcolm, ella es hija de un duque, puede conseguir ser duquesa de cualquier otro modo más fácil. Seguro que cualquier dama de su posición no sueña con dejar Londres para venir a un castillo frío, húmedo y lleno de hombres que se niegan a usar pantalones.

A pesar de todo, Malcolm soltó una risa.

—Usamos pantalones cuando es necesario.

—Lo dudo.

—No hables de lo que no sabes.

—Sé que las damas inglesas se desmayan si ven demasiada pierna masculina.

—Entonces aprenderá a mirar a otro lado.

Mairi lo observó con atención.

—¿Quieres que venga?

—No.

—Eso ha sido rápido.

—No quiero una esposa inglesa.

—Es escocesa por parte de padre.

—Criada en Inglaterra. Eso es peor. Creerá que conocer Escocia es pasar un verano en Brodick con baúles de vestidos, sombrillas y criados suficientes para peinar a un ejército.

—Quizás te sorprenda.

—Lo dudo.

Mairi suspiró.

—Pobre mujer.

Malcolm endureció el gesto.

—No la compadezcas todavía. Es una Hamilton. Tendrá fortuna, apellido, familia y medio reino dispuesto a protegerla de mí.

—¿Y a ti? ¿Quién te protegerá de ella?

Malcolm abrió la boca para responder.

No encontró nada adecuado.

Mairi sonrió, satisfecha.

—Vete a cambiarte. La señora MacNair llorará de rabia si sigues mojando el castillo.

—La señora MacNair no llora. Amenaza.

—Entonces ve antes de que te amenace otra vez.

Malcolm se inclinó y besó la frente de su hermana.

Ella le atrapó la mano.

—Malcolm.

—¿Qué?

—Si viene... no la castigues,

Él se quedó quieto.

—No soy cruel.

—¿Estás seguro?

Malcolm retiró la mano despacio.

—Duerme.

Salió antes de que ella dijera algo más.

En el pasillo lo esperaba Ewan, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados.

—¿Te ha regañado?

—No.

—Entonces está peor de lo que pensé.

Malcolm siguió andando.

Ewan lo alcanzó.

—Hamish quiere verte en el salón de mapas.

—¿Ahora?

—Las deudas no respetan que estés empapado.

—Nada en esta casa lo hace.

El salón de mapas era una habitación larga, fría y mal iluminada donde se guardaban documentos de tierras, libros de cuentas y viejos planos de Glenmuir. Sobre una mesa central había velas, papeles, una jarra de whisky y el rostro cansado de Hamish Campbell, el administrador.

Hamish llevaba sirviendo a los Sinclair desde antes de que Malcolm naciera. Era seco, calvo, huesudo y tan pesimista que en días buenos parecía estar ensayando para un funeral.

—Milord —saludó.

—Dime que ha ardido el libro de cuentas y podré tener una mañana feliz.

—No ha ardido.

—Entonces habla.

Hamish empujó varios papeles hacia él.

—El banco de Inverness no esperará más allá de septiembre.

El señor MacPherson exige el pago de los suministros de invierno pasado.

Los arrendatarios del valle oeste han perdido otra parte del rebaño por la humedad.

Y si la torre norte sigue dando problemas, habrá que cerrar todo ese lado antes de noviembre.

—No se cerrará.

Hamish lo miró.

—Con respeto, milord, no hay dinero para no cerrarlo.

—Habrá.

—¿Por los Hamilton?

Ewan dejó de fingir interés por la jarra de whisky.

Malcolm miró a Hamish.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Soy administrador de Glenmuir. Cuando un Sinclair desempolva un pacto de boda y manda a un hombre hasta Inglaterra, me entero.

—Demasiada gente se entera de demasiadas cosas en esta casa —Hamish bajó la voz—. ¿Cree que pagarán?

—Deben hacerlo.

—Eso no responde.

—No lo sé.

Era la verdad.

Y decirla le supo a hierro.

Hamish asintió lentamente.

—Si no lo hacen, habrá que tomar Brodick.

Ewan se removió.

—Eso no será sencillo.

—Nada lo es —dijo Hamish—. Pero el pacto es claro.

Malcolm apoyó las manos sobre la mesa.

«Brodick».

Había escrito esa palabra sin temblar, pero verla en boca de otros le molestó. Brodick no era solo una propiedad. Lo sabía. Para los Hamilton era un símbolo de su casa.

Para los Sinclair era una garantía.

Esa era la crueldad de los pactos viejos. Se firmaban para sobrevivir una noche y terminaban gobernando vidas enteras.

Malcolm se acercó a la ventana.

La lluvia empañaba los cristales. Más allá, las montañas se alzaban oscuras, cubiertas de niebla.

A veces parecía que Glenmuir no pertenecía al siglo presente.

Mientras Londres se llenaba de bailes, trenes, escaparates y caballeros que discutían política bajo lámparas de gas, allí seguían luchando contra el viento, la piedra y la tierra.

Quizás eso era lo que les quedaba.

Ser antiguos.

Ser tercos.

Ser Sinclair.

—Hamilton debió cumplir hace años —dijo Malcolm.

—Alexander Hamilton era un niño cuando se firmó el pacto.

—Ahora no lo es.

—Ahora es rico.

—Y vive como inglés.

Ewan alzó las cejas.

—Técnicamente, tú también eres un duque.

—Yo no he olvidado lo que soy.

—No. Tú has convertido recordarlo en una ocupación a tiempo completo.

Malcolm lo miró.

Ewan sonrió sin miedo.

—¿Qué sabes de sus hijas? —preguntó Malcolm al fin.

El cambio de tema no engañó a ninguno de los dos, pero Ewan lo aceptó.

—¿De las Hamilton?

—No hay muchas más hijas que puedan enviarnos.

—Dos —dijo Ewan—. O eso me contó una mujer de Inverness que sabe más de la sociedad inglesa que de su propia familia.

—¿Dos?

—La mayor, Audrey. Diecinueve años. Pelo negro, según dicen. Muy correcta. Muy estirada. Lleva el nombre de una difunta duquesa de Devonshire o algo así. Una de esas jóvenes que deben de saber mirar a un hombre como si estuviera mal colocado en una habitación.

Malcolm imaginó una espalda recta, un vestido claro, labios apretados y ojos capaces de medir la calidad de unas botas embarradas.

Le desagradó de inmediato.

O eso intentó decirse.

—¿Y la otra?

—Cathaline. Diecisiete. Rubia. Bonita. Consentida. Por lo visto, todo el mundo la adora aunque nadie sabe por qué.

—Espero que envíen a la rubia.

Ewan soltó una carcajada.

—¿Desde cuándo te importan las rubias?

—Desde que supe que la de pelo negro es una estirada.

—Ni siquiera la has visto.

—No hace falta. Se llama Audrey Hamilton. Con ese nombre no puede sonreír mucho.

—La rubia podría llorar desde la frontera hasta aquí —dijo Ewan.

—Las lágrimas se secan. No necesito una esposa que me quiera. Necesito una alianza y no creo que eso sea posible si la dama en cuestión es una remilgada inglesa con aires de grandeza que me mira por encima del hombro.

—Sí, mejor la rubia.

—Cállate.

Ewan se sirvió más whisky.

—¿Y si Hamilton te manda dinero?

—Lo devolveré.

—¿Y si te manda abogados?

—Los recibiré con poco fuego y mal whisky.

—¿Y si manda a su hija?

Malcolm miró otra vez hacia las montañas.

—Entonces tendré una prometida.

La palabra sonó extraña.

Demasiado grande para aquella habitación fría. Demasiado limpia.

Prometida.

Una Hamilton sentada a su mesa. Una inglesa durmiendo bajo sus techos húmedos.

Una mujer de Londres escuchando gaélico en los corredores, viendo hombres en tartán entrar con barro hasta las rodillas, descubriendo que en Glenmuir no había cenas brillantes ni temporadas, sino viento, cuentas vencidas y un clan que miraría a cualquier forastera como una amenaza.

—La compadezco un poco —comentó Ewan.

Malcolm se giró hacia él.

—No será maltratada.

—No he dicho eso.

—Será respetada.

—Tampoco he dicho lo contrario.

—Entonces ¿por qué la compadeces?

La puerta se abrió de golpe y un mozo entró casi sin aliento.

—Milord. Callum ha vuelto.

Malcolm se irguió. Ewan dejó el vaso.

—¿Está vivo? —preguntó.

—Sí, señor. Pero apenas.

Malcolm salió del salón de mapas con el tartán todavía húmedo y la camisa pegada al cuerpo. Cruzó el corredor, bajó las escaleras y llegó al vestíbulo justo cuando dos hombres ayudaban a Callum a entrar.