La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Malcolm Sinclair estaba en el tejado de la torre norte cuando la piedra volvió a ceder.

No debería de estar allí arriba.

Un duque no subía a los tejados bajo la lluvia. Un duque no se ataba una cuerda a la cintura, hundía las botas en la pizarra mojada y sujetaba con sus propias manos las losas que el viento de las Highlands arrancaba como si fueran hojas secas.

Pero Glenmuir hacía tiempo que había dejado de comportarse como la casa de un duque.

Y Malcolm hacía tiempo que había dejado de pedir permiso a nadie.

—¡A la izquierda! —gritó desde abajo Ewan Sinclair, con las manos alrededor de la boca—. ¡Malcolm, a la izquierda, maldito seas!

—Si vuelves a maldecirme desde tierra firme, subirás tú —respondió él.

El viento se tragó media frase. La otra media bastó para que varios hombres soltaran una risa breve y nerviosa desde el patio.

Malcolm apretó la mandíbula, clavó una rodilla sobre la piedra húmeda y tiró de la losa hasta encajarla de nuevo.

La lluvia le golpeaba la cara, le caía por el cuello de la camisa abierta y le empapaba el tartán Sinclair que llevaba sujeto a la cintura.

No se había vestido para parecer un highlander.

No necesitaba parecer nada. En Glenmuir los hombres seguían usando kilt cuando les apetecía, seguían hablando gaélico cuando querían que los ingleses no entendieran, y seguían creyendo que un clan no era una palabra antigua para adornar escudos, sino una familia por la que uno sangraba si hacía falta.

Malcolm sangraba aquel día.

Tenía los nudillos abiertos, una herida pequeña sobre la ceja y el orgullo bastante más magullado que el cuerpo.

La torre norte se filtraba desde hacía semanas. Esa mañana, después de una noche de viento, el agua había empezado a caer sobre la habitación de Mairi.

Eso sí no lo toleraba.

Podía soportar que el comedor estuviera frío, que las cortinas olieran a humedad, que la mitad de las chimeneas tragaran más humo que aire, que los acreedores escribieran cartas cada vez más educadas y más venenosas.

Podía soportar las grietas, los suelos vencidos y las ventanas que silbaban de noche.

Pero no que su hermana respirara bajo un techo que goteaba.

—¡La cuerda! —ordenó.

Ewan maldijo en gaélico y lanzó el extremo hacia arriba.

Malcolm la atrapó, la pasó alrededor de la pizarra suelta y la tensó con fuerza.

Un hombre más sensato habría esperado a que escampara.

Un hombre con dinero habría mandado llamar a obreros de Inverness.

Un hombre menos desesperado habría cerrado esa ala del castillo y se habría sentado a lamentarse junto al fuego.

Malcolm no era ninguna de esas cosas.

Era un Sinclair.

Y los Sinclair se mantenían en pie aunque el castillo se les cayera sobre la cabeza.

—¡Ya está! —gritó al fin.

—¡Baja de ahí antes de que te mate yo mismo! —bramó Ewan.

Malcolm soltó una risa corta, sin alegría, y empezó a descender por la escalera apoyada contra el muro. La madera resbalaba. El viento tiraba de él con fuerza. Al llegar al suelo, saltó los últimos peldaños y cayó en el patio con las botas hundiéndose en el barro.

Dos mozos corrieron a recoger la escalera. Un viejo pastor, Iain MacRae, se quitó la gorra mojada y la sostuvo contra el pecho.

—Gracias, milord.

Malcolm lo miró.

Iain tenía las mejillas hundidas y las manos torcidas por años de frío. Llevaba tres meses sin poder pagar renta completa. Su nieta tenía tos. Su hijo mayor se había marchado a Glasgow en busca de trabajo y no había regresado.

—No me des las gracias por sujetar mi propio techo —dijo Malcolm—. ¿Habéis recibido el carbón que te mandé?

El viejo asintió.

—Sí, milord. Pero era demasiado.

—Entonces no lo era.

—No podemos pagarlo.

—No te he preguntado si podías.

Iain bajó la mirada.

Ewan, que estaba al lado, esperó a que el anciano se alejara antes de hablar.

—No puedes regalar carbón a todos los arrendatarios que tiemblen de frío.

Malcolm se quitó el agua de la cara con el antebrazo.

—No lo regalo a todos.

—A la mitad, entonces.

—A los que lo necesitan.

—Esa es una forma bonita de decir que no volverás a cobrar un penique antes de agosto.

Malcolm lo miró de lado.

Ewan Sinclair era su primo, su amigo y, con demasiada frecuencia, la única persona del castillo que se atrevía a hablarle como si aún fueran dos muchachos peleando junto al río.

Tenía el pelo rojizo, la nariz rota de una reyerta pasada y una sonrisa demasiado rápida para un hombre que vivía rodeado de desgracias.

—¿Quieres que les cobre en carne y huesos? —preguntó Malcolm.

—Quiero que dejemos de fingir que Glenmuir puede alimentar a todos.

—Glenmuir los alimentará mientras yo respire.

—Entonces respira hondo, primo. Porque el invierno viene con hambre.

Malcolm apartó la mirada.

El castillo de Glenmuir se alzaba frente a él, oscuro, enorme, terco.

Las torres eran gruesas, las ventanas estrechas, las piedras antiguas como la mala suerte.

No era una ruina. Todavía no. A la luz adecuada, con niebla en las colinas y humo saliendo de las chimeneas, podía parecer magnífico.

Una fortaleza de otros siglos, plantada en mitad de las Highlands como si desafiara al mundo a intentar moverla.

Pero Malcolm conocía cada grieta.

Cada gotera.

Cada deuda.

Conocía el ala cerrada porque no había dinero para mantenerla. Conocía la plata vendida, los caballos vendidos, los tapices empeñados y las joyas familiares guardadas solo porque Mairi había llorado cuando intentó desprenderse del broche de su madre.

Conocía también los nombres de las familias que dependían de él.

Ese era el verdadero peso.

No el título.

La gente.

—¿Ha vuelto Callum? —preguntó.

Ewan negó.

—Todavía no.

Malcolm miró hacia el camino que serpenteaba entre las colinas, apenas visible entre la lluvia.

Cinco días.

Hacía cinco días que había enviado a Callum hasta el ducado de Devonshire con la carta para el duque de Hamilton.

Cinco días desde que había hecho lo que llevaba años negándose a hacer.

Cinco días desde que había abierto la caja donde se guardaba el pacto y había decidido que el orgullo no alimentaba a los niños, no calentaba a los enfermos y no sostenía piedras viejas contra el viento.

Una hija Hamilton para Glenmuir.

O Brodick para los Sinclair.

Había escrito esas palabras con mano firme.

—Volverá —dijo Ewan.

—Lo sé.

—¿Y si vuelve con abogados?

—Los escucharé.

—¿Y si vuelve con dinero?

—Lo devolveré.

—¿Y si vuelve con una amenaza?

Malcolm sonrió, pero no hubo calidez en su gesto.

—Entonces al menos Hamilton recordará que es escocés.

Ewan soltó un silbido bajo.

—No digas eso delante de él. Alexander Hamilton tiene fama de partir hombres por menos.

—Alexander Hamilton vive junto a Chatsworth, desayuna con manteles blancos y deja que sus hijos se preparen para temporadas en Londres. Si alguna vez fue escocés, se le está curando.

—Eso tampoco lo digas delante de él.

—No pienso ir a Inglaterra a decírselo.

Ewan se encogió de hombros.

—Mejor. No creo que los ingleses nos dejen entrar dos veces si te oyen hablar así.

Malcolm empezó a caminar hacia la entrada del castillo.

El barro le salpicaba las botas y la lluvia le pegaba la camisa al pecho.

Al cruzar el patio, varios hombres se apartaron a su paso, no por miedo, sino por costumbre.

En Glenmuir se respetaba al duque, pero se respetaba más al jefe del clan.

Y Malcolm, aunque el mundo moderno prefiriera títulos escritos en papel, seguía siendo ambas cosas.

La puerta principal se abrió antes de que la tocara.

La señora MacNair apareció en el umbral con un chal negro sobre los hombros, los labios apretados y la mirada feroz de una mujer que había criado a medio castillo sin pedir permiso a nadie.

—Si vuelve a subirse al tejado con ese tiempo, le pondré yo misma una cuerda al cuello y lo ataré a una silla.

—Buenos días a usted también.

—No se haga el gracioso conmigo, milord. Gotea en la entrada como un perro.

—Los perros de Glenmuir tienen mejor aspecto que yo.

—Y más sentido común.

Ewan soltó una carcajada.

La señora MacNair lo fulminó con la mirada.

—Usted tampoco se ría. Lo animan demasiado entre todos.

Malcolm entró en el vestíbulo. El interior olía a piedra húmeda, humo de turba y lana secándose demasiado cerca de una chimenea pobre.

Sobre los muros colgaban antiguos escudos Sinclair, un par de espadas viejas que ya nadie usaba salvo para recordar batallas muertas, y un tapiz de colores apagados que mostraba un ciervo bajo una luna roja.

Los ingleses habrían llamado a aquello sombrío.

Malcolm lo llamaba hogar.

—¿Mairi? —preguntó.

El gesto de la señora MacNair se suavizó.

—Ha tosido menos desde que la cambiamos de habitación. Pero tiene fiebre otra vez.

Malcolm sintió que el frío de la lluvia se le hundía en los huesos.

—¿Ha tomado la medicina?

—Sí. Y se ha quejado de que sabe peor que una blasfemia.

—Entonces no está tan mal.

La mujer lo miró con tristeza.

—No bromee con eso.

Malcolm no respondió.

Subió las escaleras sin detenerse a cambiarse. El agua que caía de su tartán fue dejando marcas en los peldaños. La señora MacNair gruñó algo sobre hombres imposibles y suelos mojados, pero no lo siguió.

La habitación de Mairi estaba en el ala sur, donde el viento entraba menos y la chimenea todavía tiraba bien.

Al abrir la puerta, lo recibió el olor de la medicina, de la cera barata y de las hierbas secas que la señora MacNair colgaba cerca del fuego como si pudieran convencer a la muerte de pasar de largo.

Su hermana estaba incorporada sobre varias almohadas. Tenía el pelo rubio oscuro trenzado a un lado, la piel demasiado blanca y los ojos grises demasiado grandes para una cara que había adelgazado en exceso. Al verlo, frunció la nariz.

—Pareces un cadáver recién sacado del lago.

—Y tú pareces una reina maleducada.

—Soy una Sinclair. La educación se la dejamos a los ingleses.

Malcolm se acercó a la cama.

—¿Cómo te encuentras?

—Aburrida. Lo cual es peor que enferma.

—No lo es.

—Lo es cuando todos te miran como si fueras a morirte.