Capítulo 1 #3
—Uno de los clanes más antiguos de las Highlands —añadió su madre—.
Cuando el resto de Escocia empezó a vestirse como ingleses, ellos siguieron llevando tartán.
Cuando otros enviaron a sus hijos a Londres para aprender modales, los Sinclair los enviaron a las montañas a aprender a sobrevivir.
Y cuando la mayoría de los clanes olvidaron las viejas costumbres, ellos siguieron aferrándose a ellas.
—¿Todavía usan kilt? —preguntó Audrey, horrorizada.
—Todavía usan kilt —confirmó Alexander.
—Qué espanto.
—Todavía hablan gaélico entre ellos —continuó el duque de Hamilton—. Y tengo entendido que en Glenmuir consideran sospechoso a cualquier hombre que pase demasiado tiempo delante de un espejo.
Eliza ocultó una sonrisa.
—Los Sinclair siempre han sido distintos —dijo ella.
—Salvajes, querrás decir —murmuró Audrey.
Alexander apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.
—No. Orgullosos. Demasiado orgullosos. Los hombres de ese clan llevan generaciones prefiriendo pasar hambre antes que pedir ayuda. Por eso esta carta me preocupa más de lo que debería.
Audrey bajó la vista hacia la firma.
«Malcolm Sinclair».
No le costó imaginarlo entonces. Un hombre criado en un castillo azotado por el viento, rodeado de montañas, de viejas historias de clan y de un orgullo tan grande que había preferido reclamar una esposa antes que pedir un préstamo.
Sintió rabia.
Una rabia limpia, afilada, casi elegante.
Malcolm Sinclair no la conocía. No sabía que ella había aprendido desde niña a mantener la espalda recta aunque le temblaran las manos.
No sabía que prefería el azul al rosa, que odiaba que Douglas la llamara "duquesita" cuando quería irritarla, que podía parecer dócil en un salón y no serlo en absoluto.
Para él no era una mujer.
Era la forma más rápida de salvar su castillo.
—No se llevará a Cathaline —dijo Audrey.
Alexander frunció el ceño.
—No se llevará a nadie.
—Lo sé. Pero no se llevará a Cathaline.
—Audrey...
—Es mi hermana menor.
—Y tú eres mi hija mayor, no mi soldado.
La frase la golpeó.
Porque no fue dura.
Fue triste.
Audrey miró a su padre. Vio al hombre enorme que había espantado pesadillas, castigado imprudencias, reído con sus hijos, amado a su esposa con una devoción que a veces resultaba vergonzosa de presenciar.
Vio a Alexander Hamilton, duque de Hamilton, que habría incendiado Escocia antes de entregar a una de sus hijas.
Y lo amó tanto que casi le cedió la decisión.
Casi.
—¿Qué harás? —preguntó ella.
—Enviaré abogados.
—¿Y si no basta?
—Compraré sus deudas.
—¿Y si lo toma como insulto?
—Me importa muy poco lo que Malcolm Sinclair tome o deje de tomar.
—¿Y si presenta el pacto ante un tribunal escocés?
—Entonces pelearé.
—¿Con qué? ¿Con papeles? ¿Con dinero? ¿Con hombres?
Alexander no contestó enseguida.
Audrey comprendió que esa era la respuesta.
Sí.
Con todo.
Su padre estaba dispuesto a convertir una vieja promesa en una guerra nueva.
Y quizás ganara. Probablemente ganaría. Los Hamilton tenían dinero, influencia, aliados. Tenían Devonshire, Londres detrás y medio reino dispuesto a inclinarse ante sus apellidos.
Pero Brodick quedaría manchado.
La historia se contaría.
Los Sinclair salvaron a los Hamilton. Los Hamilton no pagaron.
No hacía falta que fuera verdad del todo. Bastaba con que sonara creíble.
—La temporada empezará en unas semanas —dijo Audrey en voz baja.
Alexander la miró.
—Y tu te presentarás a ella.
Audrey había esperado aquella temporada como se espera una puerta.
Londres, bailes, vestidos, conversaciones, pretendientes, libertad medida bajo lámparas de cristal.
Era una tontería y no lo era. Era su entrada al mundo como Audrey Hamilton, no solo como hija de Eliza y Alexander, no solo como hermana mayor, no solo como muchacha criada entre familias demasiado grandes.
Y ahora un hombre al que no conocía había cruzado su nombre antes de que ella pudiera escribirlo por sí misma.
—Iba a escoger vestido esta mañana —dijo, mirando la carta—. Eso parecía importante hace una hora.
Eliza se acercó a ella y le tomó la mano.
Sus dedos estaban fríos.
—Sigue siéndolo.
Audrey negó despacio.
—No del mismo modo.
Alexander dio un paso hacia ella.
—No permitiré que ese hombre te robe nada. Ni tu temporada. Ni tu tranquilidad. Ni tu vida.
—Ya ha entrado en ella.
La frase salió simple.
Y por eso dolió.
Alexander cerró la boca.
Audrey retiró la mano de la de su madre con suavidad y tomó la carta de Malcolm.
La dobló.
Una vez.
Otra.
—Voy a ir a Glenmuir.
—No.
Su padre no lo dijo fuerte.
Lo dijo como si la palabra pudiera levantar un muro.
Audrey lo miró.
—Sí.
—Audrey, no tienes idea de quién es ese hombre.
—Por eso voy.
—No es un juego.
—No estoy jugando.
Alexander soltó un juramento bajo, de esos que Eliza fingía no escuchar desde hacía años.
—No voy a dejar que viajes hasta las Highlands para plantarte delante de un hombre rudo, desesperado y sin modales. Porque tú, Audrey, no has sido educada para eso.
—Padre, he vivido con Douglas dieciocho años. Puedo soportar a un hombre rudo.
—Douglas no quiere casarse contigo.
—Brodick es nuestro hogar.
Su voz tembló un poco al final.
La odió por eso.
Alexander la miró como si acabara de ver algo que no quería ver: que su hija ya no era una niña a la que pudiera levantar del suelo y sacar de una habitación peligrosa.
—No irás sola —dijo al fin.
Eliza cerró los ojos.
Audrey respiró.
No era permiso.
Pero tampoco era una negativa.
—No pensaba hacerlo.
—Douglas querrá ir.
—Douglas intentará matar al primer Sinclair que vea.
—Entonces irá Edward.
Audrey alzó una ceja.
—Edward tiene dieciséis años.
—Y más juicio que Douglas.
—Eso no es difícil.
—Yo también iré —dijo una voz desde el otro lado de la puerta.
Alexander giró la cabeza con una lentitud temible.
La puerta se abrió apenas.
Richard asomó primero. Luego Cathaline, que no tuvo la decencia de parecer avergonzada. Douglas apareció detrás, con los brazos cruzados. Edward fue el último. Por supuesto.
—¿Cuánto habéis escuchado? —preguntó la madre.
—Lo suficiente —dijo Douglas.
—Casi todo —dijo Cathaline.
—Todo —dijo Edward.
Richard lo miró, indignado.
—¿Por qué lo dices?
—Porque es verdad.
Alexander cerró los ojos.
—Fuera.
—No —dijo Douglas—. Si Audrey va, voy yo.
—Tú irás donde yo diga.
—Soy mayor de edad.
—Tienes dieciocho años y barro en la manga.
—Eso no invalida mi hombría.
—La pone en duda —murmuró Cathaline.
Douglas la ignoró.
—Nadie reclama a mi hermana y se queda esperando tranquilamente en su castillo.
—Ha reclamado una hija Hamilton. Podría ser yo —añadió Cathaline.
—No —respondieron Audrey, Douglas y Alexander a la vez.
Cathaline parpadeó.
—Qué falta de confianza tan hiriente.
Audrey cruzó la habitación y tomó las manos de su hermana.
—No vas a ir a Glenmuir, tu lugar está aquí.
Cathaline la observó. Por una vez, no hizo teatro.
—Lo sé.
Y en esas dos palabras hubo miedo.
Audrey la abrazó.
Fue breve. Cathaline no era dada a abrazos largos cuando no los iniciaba ella, pero se aferró un instante a su hermana mayor.
Richard entró sin permiso.
—Yo también puedo ir.
—No —dijo Alexander.
—Siempre decís que no.
—Porque siempre tienes catorce años.
—Eso cambiará.
—Cuando cambie, hablaremos.
Richard apretó los labios con esa mezcla de niño ofendido y futuro hombre orgulloso que Audrey reconocía cada vez más en él.
Edward, en cambio, miró la carta sobre el escritorio.
—Treinta días —dijo.
Todos se giraron hacia él.
—Eso pone, ¿no? —continuó—. No ha dado una fecha larga. No quiere negociar mucho. Quiere obligarnos a movernos.
—Gracias por hacerlo más agradable —murmuró Cathaline.
Edward no se inmutó.
—Si Audrey va, debe hacerlo pronto. Antes de que él pueda mandar otra carta. O antes de que haga público el pacto.
Alexander respiró con fuerza.
—No me gusta que tengas razón.
Audrey miró de nuevo la carta.
«Malcolm Sinclair. Duque de Glenmuir».
Highlander rudo, orgulloso, sin cortesía suficiente para pedir lo que quería como un caballero.
El hombre que había puesto Brodick en una balanza y a ella en la otra.
El hombre al que iba a conocer.
No sintió emoción romántica. Ni curiosidad dulce. Ni ese temblor absurdo del que hablaban algunas jóvenes cuando imaginaban a sus futuros esposos.
Sintió rabia.
Y algo más.
Una especie de impulso feroz por no dejar que él decidiera la historia antes de que ella apareciera en ella.
—Responde a Malcolm Sinclair —dijo Audrey.
Alexander la miró como si aún esperara que cambiara de opinión.
—¿Qué quieres que escriba?
Audrey sostuvo la carta entre los dedos.
—Dile que viajaré a Glenmuir.
—Audrey...
—Y dile otra cosa. Dile que si quiere una prometida Hamilton, tendrá que atreverse a mirarla a la cara.
Alexander permaneció inmóvil unos segundos.
Luego tomó la pluma.
Keller llevó la respuesta al mensajero media hora después.
Audrey se quedó junto a la ventana del despacho y observó al hombre de Glenmuir salir de Hamilton Lodge bajo la lluvia. Antes de montar, abrió la nota y la leyó allí mismo, sin esperar a estar en el camino.
No sonrió.
Pero levantó la mirada hacia la casa.
Y Audrey, aunque estaba demasiado lejos para escuchar sus palabras, vio cómo decía algo al mayordomo.
Keller regresó minutos después con el gesto más ofendido de toda su carrera.
—El mensajero ha pedido que transmita un comentario, señorita Hamilton.
Alexander se puso rígido.
Audrey no apartó los ojos de la ventana.
—¿Qué comentario?
Keller tragó saliva.
—Ha dicho: "Mi señor esperaba una deuda. Parece que recibirá problemas".
Por primera vez en toda la mañana, Audrey sonrió.
—Entonces Malcolm Sinclair y yo empezamos entendiéndonos perfectamente.
La lluvia golpeó los cristales con más fuerza.
Y Audrey supo, con una certeza fría y extraña, que su temporada no la esperaba en Londres.
La esperaba en Escocia.