La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Hamilton Lodge era una residencia hermosa, elegante y proporcionada, construida en los terrenos de Chatsworth House para que los Hamilton tuvieran su propio hogar cuando estaban en Inglaterra.

No era tan grandiosa como la casa de sus parientes Devonshire, pero Audrey la prefería.

Allí las habitaciones no parecían hechas para impresionar a desconocidos, sino para ser vividas.

Había flores frescas en los pasillos porque Eliza no soportaba ciertos olores cerrados.

Había libros en lugares donde no deberían estar porque Edward siempre olvidaba devolverlos.

Había marcas antiguas en la madera de una puerta porque Richard, de niño, había decidido comprobar si una espada de juguete podía atravesarla. Había demasiados recuerdos.

Y, de pronto, una carta escocesa amenazaba con arrastrarlos a todos lejos de aquella mañana perfecta.

El padre cerró la puerta del despacho.

Audrey se quedó de pie.

No iba a sentarse como una niña llamada a recibir una mala noticia.

Su padre lo notó.

—Audrey.

—Quiero leerla.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Ella levantó la barbilla.

—Si no quieres que la lea, es porque habla de mí.

Alexander soltó aire por la nariz.

—Te afecta porque un hombre insolente ha creído que podía escribir a esta casa y utilizar tu existencia como parte de una reclamación. Nada más.

—Eso no suena a nada más.

Eliza se acercó a la mesa. No tocó la carta todavía. La observó.

—Huele a humo —murmuró—. A lana mojada. A cuero viejo.

Audrey no se sorprendió. Su madre llevaba media vida creando perfumes y fragancias. Era capaz de reconocer ingredientes, telas, flores y aromas que el resto de las personas ni siquiera percibían.

—Y a medicina —añadió Eliza.

Audrey miró a su madre.

—¿Medicina?

Eliza apoyó dos dedos sobre el borde del sobre.

—No mucha. Láudano, quizás. O una habitación donde alguien lo usa a menudo. También humedad. La carta ha estado en una casa fría.

Alexander abrió los ojos, irritado.

—Glenmuir puede hundirse en su propia humedad si cree que eso le da derecho a reclamar a mi hija.

—No he dicho que tenga derecho —respondió Eliza con suavidad.

—Pero estás pensando que hay desesperación.

—Sí.

—La desesperación no convierte una amenaza en algo honorable.

—No.

Audrey sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.

—¿Por qué Glenmuir estaría desesperado? —preguntó.

Alexander se pasó una mano por la cara. Fue un gesto breve, cansado, tan poco propio de él que a Audrey le apretó el corazón.

—Porque los Sinclair llevan años hundiéndose. Tierras malas, deudas viejas, cosechas pobres. Orgullo suficiente para rechazar ayuda y no bastante dinero para sostenerlo.

—¿Y nosotros qué tenemos que ver?

Su padre no respondió enseguida.

Eliza sí.

—Hace muchos años, cuando tu padre era niño, los Sinclair lo ayudaron.

Sus padres se miraron.

Él apartó la vista.

Eso sí la asustó.

Su padre nunca apartaba la vista de nada.

—¿Qué ocurrió?

Alexander caminó hasta la chimenea. No hacía suficiente frío para tenerla encendida, pero aun así había brasas bajas. Él las miró como si allí pudiera encontrar una versión más sencilla de la historia.

—Cuando mi madre y yo tuvimos que abandonar Brodick, no todos estuvieron dispuestos a ayudarnos.

Algunos cerraron las puertas. Otros fingieron no reconocernos.

Había peligro en hacerlo. Eso lo entiendo ahora.

Pero entonces... —se interrumpió—. Entonces solo recuerdo lluvia, miedo y a mi madre apretándome tanto la mano que me hizo daño.

Audrey no habló.

Su padre rara vez contaba aquellos años. No los ocultaba del todo, pero tampoco los entregaba con facilidad.

—Fergus Sinclair abrió su casa —continuó Alexander—. Nos dio refugio. Caballos. Dinero. Hombres para cruzar caminos donde nos habrían detenido. Más tarde guardó documentos que probaban lo que muchos querían borrar.

—Tu derecho a volver a ser Hamilton —dijo Audrey.

—Entre otras cosas.

La respuesta fue tan seca que Audrey supo que no debía preguntar más. Todavía no. Eliza tomó la carta y se la ofreció a Audrey.

Alexander giró la cabeza.

—Liza.

—Debe leerla —dijo ella—. No conocerla no la protegerá.

Audrey tomó el papel.

Estaba frío. O quizás solo lo sintió así.

La letra era oscura, inclinada, poco elegante. Nada de adornos. Nada de curvas bonitas. Cada línea parecía escrita por un hombre con poca paciencia y demasiada fuerza en la mano.

Audrey leyó.

Al duque de Hamilton:

No escribo para pedir un favor.

Escribo para cobrar una deuda.

Mi abuelo, Fergus Sinclair, salvó a su madre y lo salvó a usted cuando la casa Hamilton no tenía más refugio que la palabra de quienes aún sabían honrarla. Le dio techo, hombres, caballos y oro. Arriesgó su nombre por el suyo.

A cambio, los Hamilton prometieron unir su sangre a la casa Sinclair si algún día recuperaban Brodick y su lugar en Escocia.

Ese día llegó hace años.

La promesa no se cumplió.

Glenmuir no puede esperar más. Mis tierras se hunden, mis hombres pasan hambre y mi casa no resistirá otro invierno sosteniendo sola una deuda que también es suya.

Reclamo lo pactado.

Una hija Hamilton para Glenmuir.

O Brodick para los Sinclair.

Tiene treinta días.

No busco amor. No busco halagos. No busco una esposa dulce. Busco la palabra dada.

Mi hombre esperará su respuesta.

Malcolm Sinclair, duque de Glenmuir.

Audrey terminó de leer.

Luego volvió al principio.

No porque no hubiera entendido.

Sino porque el enfado le había subido tan deprisa al pecho que necesitó una segunda lectura para asegurarse de no haber imaginado aquella arrogancia.

«Una hija Hamilton».

No Audrey.

No Cathaline.

No siquiera "su hija mayor" o "una dama de su familia".

Una hija.

Como si fueran intercambiables. Como si alguna de ellas pudiera empaquetarse con sus baúles, subirse a un carruaje y enviarse a las Highlands para calmar el orgullo herido de un desconocido.

—Qué considerado —dijo al fin—. Al menos aclara que no busca una esposa dulce. Me habría preocupado decepcionarlo.

Alexander soltó una risa breve. No de diversión.

—No vas a casarte con él.

—Eso espero.

—No esperes nada. Lo digo yo.

Audrey bajó la carta.

—¿Puede reclamar Brodick?

La pregunta fue sencilla.

La respuesta no.

Su padre miró a Eliza.

Eliza bajó la vista.

Audrey sintió que el suelo cambiaba bajo sus pies.

—¿Puede? —repitió.

Alexander habló como si cada palabra le molestara.

—Existe un pacto.

Audrey apretó los dedos sobre el papel.

—Quiero verlo.

—No.

—Padre.

—No voy a enseñarte un documento antiguo para que empieces a creer que tienes alguna obligación hacia un hombre que escribe como si hubiera comprado un caballo.

—Si mi apellido está en peligro, quiero verlo.

—Tu apellido no está en peligro. Ni tu vida. Ni tu futuro.

—Brodick sí.

Esa palabra los silenció a los tres.

«Brodick».

El castillo de la isla de Arran no era solo una propiedad.

Audrey podía cerrar los ojos y verlo: las torres recortadas contra el cielo gris, el aire salado, el color oscuro del mar, los perros corriendo por el patio, Cathaline quejándose del viento, Douglas creyéndose más escocés cada vez que pisaba la isla, Edward desapareciendo en la biblioteca, Richard regresando lleno de barro y alguna anécdota imposible.

Brodick era donde su padre respiraba de otra manera.

En Inglaterra, Alexander Hamilton era un duque. En Brodick era algo más original. Algo que Audrey no sabía nombrar del todo.

Y Malcolm Sinclair había escrito aquella palabra como quien pone un cuchillo sobre la mesa.

Eliza se movió antes que su esposo.

Fue hacia el escritorio, sacó una llave fina que llevaba atada a una cinta y abrió una caja de madera oscura. Audrey no se sorprendió de que su madre supiera dónde estaba. Eliza siempre sabía dónde se guardaban las cosas importantes, sobre todo aquellas que los demás preferían no tocar.

Alexander murmuró su nombre.

—Liza.

—No es una niña —dijo ella.

—Es mi hija.

—También es Audrey, y se parece a mi difunta hermana. Sé que no parará hasta lograr lo que quiere.

La simpleza de aquella frase dolió más que un discurso.

Alexander no contestó.

Eliza sacó un papel amarillento, doblado con cuidado y atado con una cinta negra. Lo puso sobre el escritorio.

—Lo firmó Harriet Hamilton —dijo—. Tu abuela. Cuando tu padre era demasiado pequeño para entender qué se prometía en su nombre.

Audrey desató la cinta.

El pacto era breve. Más breve de lo que esperaba. Eso lo hacía peor. No había páginas y páginas donde esconderse, ni frases complicadas que pudieran confundirse con cortesía. Había nombres, testigos, una deuda y una garantía.

Y allí estaba.

Si la casa Hamilton recuperaba su nombre, sus títulos y sus propiedades escocesas, una unión matrimonial debía sellar la gratitud y la alianza con los Sinclair.

Si esa unión era rechazada cuando un legítimo heredero Sinclair la reclamara, Brodick y las rentas ligadas a sus tierras quedarían como pago de la deuda.

Audrey leyó la cláusula una vez.

Después levantó la vista.

—Esto no puede ser válido.

—Puede discutirse, pero es válido —dijo Alexander.

La honestidad de su padre le dolió.

Audrey dejó el pacto sobre la mesa y miró la carta de Malcolm. Parecían dos papeles distintos, separados por décadas, por muertes, por vidas enteras. Y, aun así, uno había despertado al otro.

—¿Por qué ahora? —preguntó ella.

—Porque Glenmuir se hunde —respondió Alexander—. Y Malcolm Sinclair ha decidido que el honor es más útil cuando viene acompañado de tierras ajenas.

Eliza rozó el borde del pacto.

—O porque ha llegado al final de todo lo demás.

Alexander la miró con furia.

—No lo defiendas.

—No lo defiendo, solo sospecho que está desesperado.

—Que venda sus caballos.

—Quizás ya lo hizo.

—Que venda su orgullo.

—Eso no se vende en Escocia con facilidad —dijo Eliza.

Alexander soltó una risa sin humor.

—Menos aún entre los Sinclair.

Audrey levantó la vista.

—¿Son tan terribles?

—Son Sinclair —respondió su padre, como si aquello lo explicara todo.