La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1)
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Capítulo 1
Audrey Hamilton estaba a punto de decidir si su primer vestido para la temporada de Londres debía ser azul pálido o marfil cuando un hombre empapado cruzó el umbral del comedor de Hamilton Lodge y preguntó, sin inclinarse, cuál de las hijas del duque debía ser entregada a Malcolm Sinclair.
La cuchara de Eliza Cavendish Hamilton se detuvo dentro de la taza.
El cuchillo de Douglas quedó suspendido sobre un panecillo.
Cathaline abrió los ojos con un interés casi indecente.
Edward levantó la vista del periódico.
Y Richard, que intentaba alcanzar a escondidas una porción de tarta de manzana, se quedó con la mano a medio camino.
Audrey no se movió.
No porque no hubiera comprendido la pregunta, sino porque la había comprendido demasiado bien.
El desconocido estaba en la puerta, dejando un pequeño charco de agua sobre el suelo impecable. Llevaba botas llenas de barro oscuro, un abrigo pesado, el pelo pegado a la frente y una expresión tan hosca que parecía haber cruzado toda Escocia solo para arruinar el desayuno de una familia inglesa.
El señor Keller, el mayordomo, apareció detrás de él con el rostro rígido de indignación.
—Mis disculpas, Su Excelencia —dijo, mirando a Alexander Hamilton—. He intentado detenerlo.
—Me han dicho que el duque desayunaba —replicó el recién llegado, con una voz áspera y acento escocés—. No he venido a esperar en un vestíbulo.
Douglas se puso en pie tan despacio que resultó más amenazador que si hubiera saltado de la silla.
A los dieciocho años, su hermano ya tenía la altura de su padre y una desafortunada inclinación a recordar su sangre escocesa cuando le convenía. Esa mañana llevaba barro en las botas, una mancha verde en la manga y la expresión de quien acababa de hacer algo que no pensaba confesar jamás.
—Entonces ha venido a equivocarse de casa —dijo Douglas.
El hombre lo miró de arriba abajo.
—¿Es usted el duque de Hamilton?
—No.
—Entonces no he venido a hablar con usted.
Cathaline dejó escapar un sonido encantado, como si alguien acabara de abrir el telón de una obra prometedora.
Audrey le lanzó una mirada.
Cathaline fingió llevarse la servilleta a los labios.
Era hermosa hasta cuando se portaba mal.
Había heredado de Eliza el brillo claro de los ojos y una delicadeza casi peligrosa, pero también había heredado de Alexander la obstinación.
Con diecisiete años, ya sabía el efecto que causaba al entrar en una habitación y no tenía intención de desaprovecharlo.
—Qué modales tan... escoceses —murmuró.
—Cathaline —dijo Eliza en voz baja.
Su hija sonrió.
—He dicho escoceses, mamá. No he dicho salvajes.
Richard soltó una risa que apagó al instante cuando Alexander levantó la mirada.
El duque de Hamilton no necesitó alzar la voz.
No necesitó ponerse en pie.
No necesitó hacer nada más que mirar al hombre empapado.
Alexander Hamilton estaba sentado en la cabecera de la mesa, con una mano junto a la taza y la otra apoyada sobre el mantel blanco.
Era un duque, sí. Uno de los hombres más importantes del reino.
Pero Audrey sabía que aquel título no era lo que hacía retroceder a los hombres cuando él fijaba los ojos en ellos.
Su padre había sido Roderick antes de volver a ser Alexander.
Había sido lacayo, mercenario, hombre sin casa y hombre sin nombre antes de ocupar salones y firmar cartas con sello ducal. El mundo elegante podía vestirlo con levitas perfectas y llamarlo Su Excelencia, pero había algo en él que jamás había aprendido a ser dócil.
Y el mensajero, por rudo que fuera, lo notó.
Se irguió.
—Traigo carta de Malcolm Sinclair, duque de Glenmuir.
El nombre cayó sobre la mesa como una piedra.
Audrey no lo conocía.
Douglas sí reaccionó. Edward también, aunque apenas fue un parpadeo. Y Eliza... Eliza se quedó demasiado quieta.
Eso fue lo que hizo que Audrey sintiera la primera punzada de inquietud real.
Su madre tenía muchos silencios. Silencios de cansancio, de concentración, de incomodidad, de ternura. Audrey había crecido descifrando esos silencios como otras jóvenes descifraban sonrisas en un salón de baile.
Aquel silencio era de miedo.
No por ella misma.
Por sus hijos.
—Entregue la carta —ordenó Alexander.
El mensajero avanzó sin apartar la mirada del duque. Sacó un sobre del interior de su abrigo y lo dejó sobre la mesa sin demasiada ceremonia.
Ni bandeja.
Ni reverencia.
Ni fórmula cortés.
Solo un sobre húmedo, con un sello rojo oscuro y el olor de un lugar lejano.
Audrey vio el modo en que los dedos de su padre se cerraron sobre el papel.
El sello llevaba un ciervo. Debajo, unas líneas cruzadas que no reconoció.
—Mi señor espera respuesta —dijo el mensajero—. Y no me ha enviado para regresar sin ella.
Douglas dio un paso hacia él.
—Su señor parece tener muchas costumbres desagradables.
—Douglas —advirtió Eliza.
—¿Qué? Ha irrumpido en nuestra casa preguntando cuál de mis hermanas va a ser entregada como si hablara de un caballo.
—No he dicho caballo —replicó el mensajero.
—Le conviene no empeorar la frase.
Richard ya estaba de pie.
—Yo puedo llamar a los lacayos.
—Tú puedes sentarte —dijo Audrey sin mirarlo.
—No soy un niño.
—Entonces no actúes como uno.
Richard abrió la boca, ofendido, pero Edward le tocó el brazo con calma.
Edward, con dieciséis años, era el único de sus hermanos capaz de observar antes de reaccionar. Tenía una serenidad que a veces molestaba a Douglas y una inteligencia que hacía que todo el mundo terminara escuchándolo, incluso cuando no quería.
—El mensajero está asustado —dijo Edward.
El mensajero giró la cabeza hacia él.
Douglas frunció el ceño.
—No parece asustado.
—No de nosotros —aclaró Edward—. De volver a Glenmuir sin respuesta.
El comedor volvió a quedar en silencio.
Audrey miró otra vez al hombre empapado. Tenía la mandíbula tensa, los nudillos blancos y los ojos cansados. No parecía un villano, no. Parecía alguien que había recibido una orden y que sabía que fallarla tendría consecuencias.
Aquello la inquietó más que su falta de modales.
Alexander rompió el sello.
Leyó la carta.
Una vez.
Después otra.
Audrey observó cómo el rostro de su padre cambiaba. No mucho. Alexander Hamilton sabía dominarse cuando quería. Pero Audrey lo conocía. Vio la furia en la rigidez de su boca. Vio algo más hondo en la forma en que dejó de respirar durante un instante.
Eliza también lo vio.
—Ale —murmuró.
Solo ella lo llamaba así. Y solo cuando algo importaba demasiado.
Alexander dobló la carta con una calma terrible.
—Señor Keller, lleve a este hombre a la cocina. Que coma y se caliente. Después esperará mi respuesta.
—Mi señor dijo que...
Alexander levantó los ojos.
—Comerá. Se calentará. Y esperará.
El mensajero pareció dispuesto a protestar. Luego decidió conservar la vida.
—Como diga, Su Excelencia.
Keller lo acompañó fuera. Las puertas se cerraron tras ellos.
Durante unos segundos, nadie habló.
Hasta Cathaline, que casi siempre encontraba un comentario para cualquier desgracia, guardó silencio.
Audrey dejó su servilleta sobre la mesa.
—¿Quién es Malcolm Sinclair?
—Nadie importante —dijo Douglas.
—No te lo he preguntado a ti.
—Soy tu hermano. Responder por ti forma parte de mis obligaciones.
—No cuando no sabes la respuesta.
—Sé lo suficiente. Un hombre que manda a preguntar por una hija del duque como quien reclama una silla no merece que se pronuncie su nombre en esta mesa.
—Douglas tiene razón —dijo Richard.
Audrey lo miró.
—Tú has decidido que tiene razón porque quieres pelearte con alguien.
—Eso no significa que me equivoque.
Edward no dijo nada. Seguía mirando la carta.
—La letra no es de secretario —dijo al fin.
Alexander lo miró.
—¿Cómo?
—La dirección. Es fuerte. Irregular. La escribió él mismo. Un hombre acostumbrado a ordenar, no a pedir.
—Magnífico —murmuró Douglas—. Un bruto con pluma.
—No he dicho bruto.
—No hacía falta.
Audrey sintió un impulso absurdo de sonreír, pero se le murió antes de nacer.
Su padre no había retirado la mano de la carta.
—Malcolm Sinclair es el duque de Glenmuir —dijo Alexander al fin—. Su familia posee tierras en las Highlands.
—¿Y qué quiere? —preguntó Audrey.
Alexander no respondió.
Ese silencio fue peor que cualquier explicación.
Eliza se puso de pie.
—En el despacho —dijo.
Audrey la miró.
Su madre parecía frágil al levantarse. No lo era. Audrey lo sabía. Eliza Cavendish Hamilton había sobrevivido a demasiadas cosas como para ser frágil. Sin embargo, había en ella una suavidad que hacía que el mundo quisiera bajar la voz a su alrededor.
Alexander también se levantó.
—Audrey, ven conmigo.
Douglas apartó la silla.
—Yo también.
—No —dijo su padre.
—Si esto afecta a Audrey...
—He dicho no.
Douglas apretó la mandíbula.
Cathaline se alzó con una dignidad ensayada.
—Yo soy otra hija Hamilton. Si alguien reclama hijas, creo que también tengo derecho a indignarme.
—Tú tienes derecho a quedarte aquí —replicó Audrey— y a no convertir esto en una escena.
Cathaline se llevó una mano al pecho.
—Qué cruel eres cuando intentas parecer tan perfecta.
—Y tú eres insoportable cuando intentas parecer ofendida.
—No lo intento. Me sale de forma natural.
Richard dio un paso adelante.
—Yo puedo vigilar al mensajero.
—Tú puedes terminar tu desayuno —lo corrigió Eliza.
—Nadie me deja ser útil.
Edward se levantó sin hacer ruido.
—El mensajero llevaba barro de camino largo —dijo—. No solo del patio. Y tenía las manos arañadas. Ha viajado deprisa.
Alexander asintió una sola vez.
—Gracias, Edward.
Fue suficiente.
Audrey entendió el mensaje: aquello no era una simple carta de cortesía. Habían enviado a un hombre desde las Highlands hasta el ducado de Devonshire con prisa, bajo la lluvia, con una orden que le daba miedo incumplir.
Malcolm Sinclair no había escrito para iniciar una conversación.
Había escrito para imponer una.
Audrey siguió a sus padres hasta el despacho.