La prometida del Highlander (Los Duques de Escocia 1) Epílogo
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Epílogo

Dos años después, Glenmuir seguía sin parecerse a un palacio.

Audrey agradecía aquello cada mañana.

Las piedras continuaban siendo oscuras, las torres seguían recortándose contra el cielo de las Highlands con una severidad casi orgullosa y el viento aún encontraba maneras ofensivas de colarse por lugares donde, según los albañiles, ya no debería colarse absolutamente nada.

Glenmuir no había aprendido a ser amable.

No se había vuelto elegante en el sentido en que Hamilton Lodge lo era.

Pero ya no parecía una casa resistiendo su propia muerte.

El puente de Achnaburn se alzaba firme sobre el agua, construido en piedra nueva y vieja, con la solidez práctica de las cosas destinadas a sobrevivir a más de una generación.

Por él pasaban ahora carros de comerciantes, rebaños mejor alimentados, hombres con herramientas, mujeres con cestas y niños que antes habrían tenido que esperar días a que el río permitiera cruzar.

El camino norte había sido ensanchado, drenado y reforzado.

No era un camino inglés; nadie habría cometido semejante insulto.

Pero ya no condenaba al aislamiento a quienes vivían bajo la protección de Glenmuir.

Malcolm lo cruzó aquella mañana a caballo, con Ruadh más viejo pero todavía arrogante bajo la silla.

A ambos lados del camino, las tierras que unos años atrás parecían agotadas mostraban una vida distinta.

Había ovejas nuevas en las laderas, ganado más fuerte en los pastos bajos, campos recuperados donde antes solo crecían maleza y resignación.

Los cottages de piedra, restaurados poco a poco con canteros del propio clan, ya no tenían tejados hundidos ni ventanas cubiertas con paños viejos.

El humo salía de las chimeneas en columnas limpias y tranquilas.

Los saludos que recibía al pasar habían cambiado.

Antes tenían necesidad.

Ahora tenían orgullo.

—Laird.

—Buenos días, laird.

—La señora Sinclair dijo que el comerciante de Inverness vendría el jueves.

—Entonces vendrá el jueves —respondió Malcolm.

El hombre sonrió como si aquello fuera una ley natural.

No todo lo había hecho la dote Hamilton.

Lo que había salvado la casa era lo que Audrey había hecho después.

No se había limitado a abrir arcas y permitir que los hombres se felicitaran por ello.

Había exigido cuentas limpias, revisado almacenes, reducido gastos absurdos que nadie se atrevía a llamar absurdos por respeto a antiguos hábitos, negociado lana con comerciantes menos honestos de lo que creían ser, contratado maestros para una pequeña escuela donde los niños aprendían a leer tanto en inglés como en gaélico, y convencido a Malcolm de que pagar a carpinteros y herreros del propio clan no era caridad, sino inversión.

Malcolm había protestado lo bastante para mantener su honor.

Audrey lo había ignorado lo bastante para salvarle tiempo.

Así habían aprendido a gobernar.

Él conocía la tierra, la gente, las heridas y las obligaciones invisibles que no aparecían en ningún libro de cuentas. Ella veía las grietas por donde se escapaba el futuro. Malcolm decidía como laird; Audrey hacía que las decisiones resistieran al invierno.

Cuando regresó al patio, la encontró junto a los almacenes, hablando con un comerciante de lana que había cometido el error de pensar que una dama con guantes caros no sabría detectar una mala cifra.

Audrey Sinclair vestía como una inglesa.

Eso seguía desconcertando a algunos visitantes.

El vestido de aquella mañana era de un azul oscuro impecable, de excelente paño, ajustado con elegancia a su figura.

Llevaba el cabello negro recogido con perfección, botines limpios pese al barro cercano y un pequeño sombrero que habría podido entrar sin vergüenza en un salón de Devonshire.

Sobre un hombro, sin embargo, cruzaba el tartán Sinclair, sujeto con un broche de plata.

No necesitaba más para que todos supieran qué era.

No se había convertido en una highlander disfrazada.

Seguía siendo Audrey Hamilton en cada gesto frío, en la barbilla alta, en los ojos azules capaces de helar a un comerciante tramposo antes de que hubiera terminado de mentir.

Y también era la señora de Glenmuir.

—Me temo que se equivoca —decía ella con una calma devastadora—. El precio acordado fue otro.

El comerciante se removió.

—Milady, quizás haya habido una confusión en los papeles.

—Sin duda. La suya.

Malcolm desmontó sin interrumpir. Se apoyó un instante junto a Ruadh y la observó con una satisfacción que no hizo esfuerzo alguno por disimular.

El comerciante, al verlo, pareció aliviado.

Pobre hombre.

—Laird Sinclair, quizá usted pueda...

—Mi esposa ya le ha contestado.

El alivio murió en el rostro del comerciante.

Audrey no miró a Malcolm, pero él vio cómo intentaba no sonreír.

—Volverá mañana con las cuentas correctas —concluyó ella—. Y si no lo hace, enviaré la lana a Aberdeen.

—Milady...

—Buenos días.

El hombre se marchó con la dignidad maltrecha.

Malcolm se acercó.

—Ha sido usted misericordiosa.

—Le he permitido conservar las botas.

—Generoso por su parte.

—Estoy intentando suavizar mi carácter.

—No lo haga. Es una de las pocas cosas que me entretienen antes del mediodía.

Audrey alzó los ojos hacia él.

Y allí estaba todavía.

Aquello que no había desaparecido con el tiempo ni con las cuentas, ni con los inviernos, ni con la llegada de una hija, ni con la costumbre de compartir una cama y una vida. Malcolm seguía mirándola como si cada mañana se sorprendiera de encontrarla allí.

Un grito infantil atravesó el patio.

—¡Papá!

Una niña de dos años corrió desde la escalinata con el tartán torcido sobre un vestido verde y el cabello negro escapándose de una trenza que Jane, sin duda, había considerado perfecta diez minutos antes.

Tenía los ojos verdes de Malcolm, la mirada directa de Audrey y una forma de avanzar por Glenmuir como si el castillo hubiera sido construido para servirle de patio de juegos.

Malcolm se agachó justo a tiempo para recibirla.

La levantó con una facilidad que todavía lograba arrancarle a Audrey una emoción extraña. La niña soltó una carcajada al quedar en alto, con las manos aferradas a los enormes hombros de su padre.

—He ganado a Ewan.

—¿En qué?

—En correr.

Desde la puerta, Ewan apareció respirando con una exageración indigna.

—He sido derrotado de forma injusta. La pequeña Eliza salió antes de la señal.

—Mentira —dijo la niña con absoluta serenidad.

Audrey la miró.

—Eliza Sinclair.

La niña bajó la barbilla un poco.

—No mucha mentira.

Ewan se llevó una mano al pecho.

—La honestidad Hamilton y la estrategia Sinclair. Terrible combinación.

Jane apareció detrás, llevando un lazo en la mano y una expresión que años atrás habría sido horror y ahora era mera resignación.

—Milady, su hija no quiere peinarse como es debido.

Audrey miró a Jane y tuvo que contener una sonrisa.

Su doncella había llegado a Glenmuir varios meses después de la boda, enviada por su madre cuando consideró que los recién casados ya habían tenido una cantidad prudente de independencia y una cantidad imprudente de polvo en los dobladillos.

Jane había llegado convencida de que Escocia sería un destierro húmedo.

Ahora discutía con la señora MacNair sobre mantequilla, corregía a los niños cuando mezclaban inglés y gaélico, sabía qué botas usar para cruzar el patio en invierno y había amenazado a un joven pastor con una tijera de costura por entrar en la cocina lleno de barro.

MacNair decía que Jane seguía siendo demasiado inglesa.

Jane respondía que MacNair seguía siendo demasiado MacNair.

Ambas se habrían echado de menos de una forma insoportable de haberlas separado.

—Llévela dentro —dijo Audrey.

—Sí, milady —respondió Jane.

Eliza se abrazó al cuello de Malcolm.

—¡Papá!

—Tu padre tiene asuntos que atender —quiso poner orden Audrey.

—Tu padre siempre tiene tiempo para cinco minutos —replicó Malcolm.

Sorcha había dicho, después del nacimiento de la pequeña Eliza, lo que Audrey no había sabido que temía oír.

Lo había hecho sin crueldad, con sus manos viejas, su voz áspera y una compasión que parecía avergonzarla.

Lady Sinclair no tendría una casa llena de hijos.

Quizás ninguno más. Quizás Dios ya había sido generoso al conceder una niña sana después de un parto difícil.

Audrey había esperado a estar sola para decírselo a Malcolm.

No había llorado.

Eso habría sido más sencillo.

Se había sentado junto a la ventana de su habitación y había hablado con la rigidez de quien teme confesar una falta. Que quizás no podría darle un heredero varón. Que quizás Glenmuir esperaba más. Que quizás...

Malcolm no la dejó terminar.

—Soy feliz así. No necesito más.

—Pero el clan...

—El clan aprenderá a no opinar sobre mi cama.

—Malcolm.

—Y si alguien necesita un heredero para dormir tranquilo, que venga a decírmelo a mí.

Nadie vino.

Quizás porque el clan amaba a la niña de ojos verdes como si hubiera nacido de todas sus piedras. Quizás porque Glenmuir, después de tantos años pensando solo en sobrevivir, había aprendido que una vida bastaba para llenar una casa entera de esperanza.

Aquella tarde, cuando las cuentas estuvieron cerradas, el comerciante corregido, la trenza de Eliza reconstruida por tercera vez y Jane enfrentada a MacNair por una cuestión de tartas que nadie salvo ellas consideraba vital, Malcolm llevó a Audrey a la muralla baja.

Desde allí se veía el valle, el puente de Achnaburn, los cottages restaurados y las columnas de humo que subían hacia el cielo gris. La niña jugaba abajo con Mòrag y otros niños, vigilada por Ewan, quien fingía severidad con un fracaso conmovedor.

Malcolm llevaba algo en la mano.

Audrey lo notó enseguida.

—¿Qué has hecho?

—Nada.

—Eso nunca es verdad.

Él le tendió una pequeña caja de madera oscura.

Audrey la miró.

—Malcolm.

—Ábrela.

Dentro había un broche.

No de plata vieja, como el que usaba a diario con el tartán.

Este era de oro trabajado, antiguo, con forma de ramas entrelazadas alrededor de una piedra escocesa de tono ahumado y profundo.

No brillaba como los diamantes Hamilton.

Tenía otra clase de belleza. Más sobria.

Más honda. En los bordes se apreciaban marcas de restauración reciente, hechas con cuidado para no borrar la edad de la pieza.

Audrey levantó la vista.

—Es antiguo.

—De las mujeres Sinclair. Llevaba guardado más de treinta años. Mi madre lo usó una vez, según MacNair, antes de que Glenmuir decidiera que incluso reparar joyas era una frivolidad.

Audrey tocó el broche con la punta de los dedos.

—Lo has mandado a restaurar.

—Sí.

—No necesitaba una joya.

—Yo sí.

Malcolm tomó el broche y se colocó detrás de ella para prenderlo en el tartán que le cruzaba el hombro.

—La primera vez solo pude regalarte flores del campo.

Audrey sonrió, recordando unas flores pobres dentro de un ridículo demasiado elegante. Todavía las guardaba entre las hojas de un libro.

—Me gustaron más que muchos diamantes.

—Lo sé —Él terminó de ajustar el broche y dejó las manos un instante sobre sus hombros—. Pero ahora puedo regalarle ambas cosas.

Audrey miró el valle.

El puente.

Los tejados.

La escuela pequeña de donde salían voces infantiles.

El patio donde su hija corría como si nada en el mundo pudiera cerrarle el paso.

No vio riqueza ostentosa. No vio lujo. No vio a Malcolm convertido en un hombre distinto.

Vio lo que habían construido y no era poco.

Audrey apoyó una mano sobre la de él.

—Lo estamos haciendo bien.

Malcolm inclinó la cabeza hasta rozarle la sien.

—Sí.

Durante un rato no hablaron.

No hacía falta.

Abajo, Eliza Sinclair gritó algo en gaélico que no habría aprobado ninguna institutriz inglesa.

Jane protestó. MacNair corrigió la pronunciación desde la puerta.

Ewan se rio. El humo siguió saliendo de las chimeneas, el puente siguió sosteniendo el camino y Glenmuir, pobre una vez, orgulloso siempre, respiró bajo el viento de las Highlands como una casa que ya no esperaba caer.

Entonces, desde el patio, llegó el ruido de un carruaje.

Audrey frunció el ceño.

—No esperábamos a nadie.

Malcolm se enderezó despacio.

—En Glenmuir rara vez eso impide que lleguen. Podrían ser los MacKinnon. Cuando deciden visitar un castillo, suelen considerar el aviso previo una pérdida de tiempo.

Bajaron juntos. Audrey aún llevaba el broche de oro sobre el tartán Sinclair cuando cruzó el patio junto a Malcolm. La puerta del carruaje se abrió antes de que el mozo pudiera acercarse, y una mujer descendió sin esperar ayuda.

Isla Mairi Sinclair había regresado a Glenmuir.

Estaba más delgada de lo que Audrey habría querido, pero también más erguida, más viva, con color en las mejillas y una furia tan clara en los ojos que hasta Ewan dejó de sonreír.

Malcolm dio un paso hacia ella.

—Mairi.

—No empieces —lo cortó ella—. Estoy bien, he comido, he dormido, he obedecido a médicos ingleses durante dos años y he permitido que Morna me tratara como si fuera un cachorro enfermo. Ya he cumplido con todo el mundo.

Audrey intentó no sonreír.

—Bienvenida a casa.

Mairi la miró. Su expresión se suavizó por un segundo.

—Gracias. Veo que Glenmuir sigue en pie.

—Con esfuerzo —dijo Malcolm.

—Eso también lo veo.

Ewan se acercó con cautela.

—Prima, ¿debo preguntar quién ha muerto o a quién vienes a matar?

Mairi levantó la barbilla.

—A nadie. Todavía.

MacNair apareció en la puerta.

—Eso no es una respuesta tranquilizadora.

—No quiero tranquilizar a nadie.

Malcolm cruzó los brazos.

—¿Qué ha ocurrido?

Mairi apretó los labios, y por primera vez Audrey vio que bajo la furia había algo más peligroso. Algo herido. Algo que no quería enseñar delante de nadie.

—Douglas Hamilton —dijo al fin, pronunciando el nombre como si fuera una ofensa personal.

Ewan parpadeó.

—Eso ha sonado sospechosamente específico.

Mairi lo ignoró. Miró a Malcolm, luego a Audrey, y añadió con toda la dignidad que una Sinclair podía reunir después de viajar furiosa durante días:

—Y si alguien vuelve a decirme que los Hamilton son una familia razonable, juro que prenderé fuego a la próxima carta que llegue de Devonshire. Lo siento, Audrey.

Audrey miró a Malcolm.

Malcolm miró a Audrey.

Y, por primera vez después de una tregua de paz, Glenmuir volvió a sentir que otra guerra se acercaba.

Pero esta vez venía vestida de mujer.

Gracias por acompañarme hasta el final de esta historia y por abrir las puertas de Glenmuir junto a Malcolm y Audrey.

Espero que su viaje haya encontrado un lugar en tu corazón.

Te espero en la siguiente entrega de Los Duques de Escocia, donde una nueva historia de amor está a punto de comenzar.

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