SAMANTHA
No es que no quisiera hacer el amor con mi marido en la iglesia o aquí en la limusina. Lo que me da miedo es que, como siempre, nos perdamos el uno en el otro y nos olvidemos de todo lo demás. Y justo como temía, el coche aparca frente al lugar de la recepción mucho antes de que hayamos terminado.
—Maldición —gruñe mientras acelera el ritmo de sus caderas.
Estoy a punto de correrme y no me importa nada más. —No pares, cariño —le suplico. Sé que debería preocuparme de que el conductor abra la puerta y les muestre a todos los invitados de la boda nuestra forma favorita de pasar el tiempo a solas, pero ni siquiera lo considero.
Dom alarga la mano y echa el seguro de la puerta para que no puedan abrirla, sin dejar de mover las caderas cada vez más rápido. —Dime que estás cerca. No sé cuánto más puedo aguantar.
—Sigue así.
Mis manos se aferran al cuero del asiento. El placer crece y me contraigo a su alrededor.
—Joder, Sammy. No hagas eso.
Sigue embistiendo mientras aguanta con todas sus fuerzas.
Por fin, el orgasmo alcanza su punto máximo y me recorre entera. Él también se deja ir, uniéndose a mí mientras los dos nos precipitamos al vacío. Justo cuando mi clímax termina, sus caderas se detienen. Afloja las manos en mis caderas mientras se inclina sobre mí y me cubre la espalda de besos.
—Joder, esto no pierde la gracia nunca.
Suelto una risita y lo siento palpitar dentro de mí.
—No hagas eso. Lo vas a despertar otra vez.
No puedo evitar reírme y él se retira enseguida.
—Más te vale haber guardado algo para después. Para dondequiera que vayamos.
Sonríe mientras se abrocha de nuevo.
Me pongo el vestido a toda prisa y me arreglo el pelo y el maquillaje antes de que Dom quite el seguro y abra la puerta. El conductor nos espera fuera, sujetando la puerta.
—Disculpe —le dice al conductor—. Tenía que cambiarse.
El conductor esboza una sonrisa y asiente, con una mirada que dice: «sí, claro».
Salgo de la limusina y le cojo del brazo. Me guía hacia el hotel donde celebraremos la recepción en su precioso salón de baile. —¿Por qué no hemos reservado una habitación aquí? —pregunto, admirando lo bonito que es el hotel.
—Confía en mí, vamos a un sitio mejor.
Nos detenemos ante las puertas cerradas y entonces oímos que alguien nos anuncia por los altavoces.
—¡Demos la bienvenida a los novios, el señor y la señora Dominick Young!
Las puertas se abren y avanzamos mientras todos los invitados se ponen de pie y aplauden.
Muchos nos felicitan a nuestro paso hacia la mesa nupcial, donde mi hermano, mi cuñada y Chelsea nos esperan sentados.
Dom me retira la silla, me aliso el vestido y me siento.
Él ocupa su lugar a mi lado, me coge la mano y me besa el dorso.
—Por favor, acompañen a los novios en el primer brindis.
Todos alzan sus copas de champán hacia nosotros. Un camarero se acerca con una bandeja con dos copas.
Dom coge una copa y me la da antes de coger otra para él.
—Por nosotros —susurra, y hace chocar su copa con la mía.
Me llevo la copa a los labios y noto todas las miradas sobre mí. Finjo beber y dejo la copa mientras una oleada de aplausos llena la sala.
Me inclino hacia Dom. —Tengo que contarte un secreto.
Parece preocupado, pero se acerca.
—Estoy embarazada —le susurro al oído.
Se echa hacia atrás y me mira con los ojos como platos. —¿Qué? ¿He oído bien?
Sonrío y asiento. —Me he enterado esta mañana.
Se ríe. —Parece que tendremos que ir al médico en Hawái.
Abro los ojos de par en par. —¿Vamos a Hawái?
—Un fin de semana.
Frunzo el ceño. —¿Nuestra luna de miel dura solo un fin de semana?
Se ríe. —No, pero solo pasaremos un fin de semana en Hawái.
—¿Estás contento? —le pregunto, sin saber cómo se tomará que me haya quedado embarazada tan pronto.
Me pone la mano bajo la barbilla y me inclina la cabeza hacia atrás para mirarme a los ojos. —Nunca he sido más feliz en mi vida.
Se inclina y me besa, y siento que el corazón se me llena de amor.
Pensar que llevo en mi vientre a nuestro bebé, una pequeña vida que es parte de Dom y de mí, me llena de un propósito indescriptible.
En el fondo, siempre he soñado con ser madre, y ahora ese sueño se hace realidad.
Me imagino acunando a nuestro pequeño, notando los latidos de su corazón contra el mío, y sonrío.
Nuestro amor ha creado algo hermoso, algo que cambiará nuestras vidas para siempre.
Estoy deseando conocer a nuestro pequeño tesoro.
Empieza la música y la gente se levanta para comer, beber y bailar.
No les contamos nuestro pequeño secreto. Ni siquiera hablamos de hacerlo. Ya hemos compartido bastante con todos por hoy.
Este secreto será solo nuestro durante un tiempo.
La recepción es divertida. Cumplimos con todas las tradiciones. Bailo con mi padre, él baila con su madre, y luego bailamos juntos. Nos hacemos fotos, hablamos con los invitados y cenamos tarta antes de que nos lleven al aeropuerto para coger el vuelo a Hawái.
Ha sido un día largo y, una vez en el avión, ya no puedo mantener los ojos abiertos. Apoyo la cabeza en su hombro y cierro los ojos. Me quedo dormida al instante y, antes de darme cuenta, estamos aterrizando en Hawái.
Dom prácticamente tiene que cargarme desde el aeropuerto hasta un taxi.
Duermo durante todo el trayecto al hotel.
Pero cuando me despierto, descubro que estamos en el mismo hotel en el que nos alojamos la última vez.
Nos llevan a la mismísima habitación. Y aunque solo hemos estado aquí una vez, me siento como en casa.
Es como si aquí hubiera comenzado nuestro amor. Aunque ambos sabemos que empezó muchos años antes de que llegáramos a esta habitación. Aquí fue donde nos dimos cuenta de que lo nuestro era especial, de que ya no podíamos seguir negándolo ni ocultándolo.
Dom me lleva en brazos hasta la habitación y luego me deja en el suelo.
Le da propina al botones y, en cuanto se cierra la puerta, me quito los zapatos y me acerco a la ventana para contemplar el océano.
Dom se coloca detrás de mí, apartando el tirante de mi vestido del hombro mientras me besa el cuello.
—¿Sabes por qué quería volver aquí?
Me giro hacia él con una sonrisa.
—¿Para encontrar a ese fotógrafo y darle una patada en las pelotas por publicar nuestra foto?
Se ríe.
—No —niega con la cabeza—. Cuando estuvimos aquí, lo único que quería era casarme contigo.
Te miraba y quería pedírtelo tantas veces, pero sabía que no podía.
Sin embargo, fue aquí donde supe que algún día me casaría contigo.
Y para honrar ese momento, me prometí que cuando nos casáramos, volveríamos a esta misma habitación y sabría que todo es exactamente como debe ser —me besa suavemente los labios—. Sabes que nací para ti, ¿verdad?
Sonrío mientras lo miro.
—Estamos escritos en las estrellas.
Asiente.
—Así es. Y por eso nuestro amor nunca morirá. Vivirá mucho más de lo que viviremos nosotros. Todo gracias a esto —me pone la mano sobre el vientre.
Atraigo su boca hacia la mía y me besa con pasión ciega.
Me levanta en brazos y me lleva por el dormitorio hasta el baño.
Me besa mientras abre la ducha y los dos nos quitamos la ropa.
Luego vuelve a levantarme y me mete en la ducha.
Me apoya la espalda contra la pared mientras nuestros cuerpos cobran vida, suplicándose el uno al otro.
Sus manos exploran mi cuerpo, tocando, acariciando, apretando, hasta que mueve las caderas y se desliza dentro de mí, justo donde debe estar.
Dejo escapar un gemido al sentirlo dentro de mí otra vez, sabiendo que así es como debemos estar.
Siempre hemos estado conectados por la amistad, por los enamoramientos, por las relaciones.
Nuestras mentes llevan años conectadas. Nuestros corazones y almas, toda la eternidad.
Y ahora, nuestros cuerpos también se pertenecen.
Siento el placer crecer hasta que estalla. Él mueve las caderas más rápido, observando mi rostro mientras me empuja al límite antes de dejarse caer conmigo. Finalmente, sus caderas aminoran el ritmo mientras me besa con suavidad, lleno de emoción y amor.
Le sonrío mientras sale de mí y me deja en el suelo.
—Te quiero, Sammy.
—Yo también te quiero, Dom.
Terminamos de ducharnos y nos metemos en la cama completamente desnudos.
La habitación está oscura y fresca, así que nos enredamos el uno en el otro y caemos en un sueño profundo.
No sé cómo hemos llegado hasta aquí, pero sé que alguna fuerza divina tuvo algo que ver.
Ya fuera Dios, el destino, el sino o simplemente el amor, nos juntaron por una razón, y esa razón es que Dom y yo fuimos creados el uno para el otro.
Luchamos contra ello con todas nuestras fuerzas.
Nada de lo que hicimos logró mantenernos separados por mucho tiempo.
Al final, nos rendimos, cedimos, y de ello surgió lo más hermoso del mundo. Amor ciego.
No importa lo que la vida nos depare, no importa qué batallas tengamos que librar, estaremos juntos pase lo que pase, porque por fin hemos ganado la lucha contra el mundo exterior que intentó separarnos.
No sé adónde vamos, pero sé de dónde venimos.
Y sé que si luchamos con tanta fuerza para estar juntos, seguiremos luchando con más fuerza aún para seguir estándolo.
—¿Cómo se llama? —pregunta Aaron mientras Dom le pasa a nuestra hija recién nacida.
Miro a Dom y él asiente.
—Se llama Erin.
Mi hermano mira a la bebé, luego a mí y finalmente a Dom. Se le llenan los ojos de lágrimas.
—¿Lo decís en serio?
Me río y Dom asiente.
—Erin Danielle Young.
Aaron se sienta con ella en brazos, mirándola.
—Gracias, chicos. No me lo puedo creer —nos mira—. Después de lo mucho que os compliqué la vida al principio, ¿le ponéis mi nombre a vuestra primogénita?
Dom le quita importancia con un gesto.
—En todo caso, solo nos empujaste a estar juntos.
Estamos juntos, ella está viva, gracias a ti.
Porque me viste en nuestro primer día de entrenamiento de fútbol americano de niños y decidiste hacerte mi amigo.
Si no fuera por ti, no habríamos crecido juntos.
No habría conocido a tu hermana y no nos habríamos enamorado.
De verdad, te debemos más de lo que podrías imaginar.
Aaron sonríe.
—Supongo que no lo había visto así.
La bebé empieza a moverse en sus brazos. Él se levanta, se acerca y me la pasa.
Miro a mi pequeña, asombrada por su belleza. Tiene el color de piel de su papá y el cabello oscuro. Sus ojos son azul hielo, con las pestañas más largas y gruesas que he visto. Tiene pequeños hoyuelos como su papá y ya nos tiene comiendo de su manita.
Dom se sienta en el borde de mi cama y se inclina para mirar este pequeño milagro que hemos creado. Lo miro.
—Te quiero.
Me besa los labios con suavidad.
—Yo te quiero —me besa—. Siempre te he querido y siempre te querré —me dice.
El corazón se me hincha de felicidad, de amor y de todas las emociones buenas que puedan existir. Soy feliz, me siento amada y tenemos toda la vida por delante. ¿Qué más podría pedir?
FIN.
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