La prometida del campeón (Falsos prometidos multimillonarios nº 2) DOMINICK
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DOMINICK

—No puedo creer que esté haciendo esto —dice Aaron, ajustándose la corbata.

Lo miro con una sonrisa.

—Sabes lo mucho que esto significa para nosotros, ¿verdad? No solo que nos aceptaras como pareja, sino que hoy vayas a estar ahí conmigo. Es un regalo que jamás podré pagarte.

Sonríe con genuina felicidad.

—Pensé que era lo mínimo que podía hacer. Tú fuiste el padrino en mi boda. Tengo que devolverte el favor.

Me siento para ponerme los zapatos.

—Es curioso.

—¿El qué? —pregunta Aaron mientras nos sirve una copa a cada uno.

—Sé que estoy tomando la decisión correcta. Sé lo que quiero. Nunca he estado tan seguro de nada en mi vida. Ni siquiera del fútbol americano. Pero estoy nervioso.

Se ríe.

—Sí, yo también lo estaba. Creo que forma parte del proceso.

Me pasa un vaso con un chorro de licor oscuro. Se sienta frente a mí y brindamos.

Doy un sorbo, dejo el vaso en la mesa que nos separa y sigo atándome el zapato.

—No estoy nervioso porque tema arrepentirme. Eso es imposible. Pero me pone nervioso salir ahí fuera. Plantarme delante de trescientas personas y compartir este momento tan especial con ellas.

Aaron se ríe.

—¿Y entonces por qué habéis invitado a tanta gente?

—Intentamos reducir la lista, pero fue imposible. Entre nuestras dos familias, la familia extendida con sus acompañantes, los amigos con sus acompañantes, la gente con la que trabajamos o hemos trabajado y sus acompañantes...

Me encojo de hombros.

Asiente.

—Supongo que es el precio de ser la pareja favorita de Estados Unidos.

Pongo los ojos en blanco.

—Venga ya.

Lo miro. —¿Te puedes creer que Touch Down quería patrocinar nuestra boda para grabarla?

Se ríe.

—¿Y qué les dijiste?

—Que ni hablar. Ya es bastante duro tener que compartir este día con trescientas personas. No pienso compartirlo también con todo Estados Unidos.

—Bueno, estaría bien poder verla, que tus hijos pudieran verla.

—La estamos grabando, pero no se va a publicar. Es solo para nosotros. Por mí, habría sido solo ella y yo, y supongo que tú y otros familiares cercanos.

Se ríe.

—Mentiroso. Habríais sido solo tú y ella y quien os casara.

Sonrío con picardía.

—Sí, pero hacen falta testigos, ¿no?

Asiente.

—¿Adónde vais de luna de miel? Sammy me dijo que se lo estabas ocultando hasta a ella.

Sonrío mientras asiento.

—Vamos a pasar otro fin de semana en Hawái, en el mismo hotel en el que nos alojamos la otra vez. Y después nos subiremos a un yate y navegaremos por el océano durante un mes.

Levanta las cejas.

—¿Un mes? Joder, tío. Parece que debería haber conservado esa empresa si te puedes permitir todo esto.

Me río.

—Te vendería una parte, pero tu hermana ya tiene la mitad.

—¿La mitad? Creía que ibas a darle el cuarenta y nueve por ciento.

Me río.

—Ese era el trato. Pero luego lo reconsideré y le di la mitad. Ella me lo ha dado todo, tío.

—¿Eso significa que cuando os caséis, ella se va a quedar con la mitad de tu mitad también?

Lo pienso y me doy cuenta de que no tengo ni idea. Me río y me encojo de hombros.

—Ni idea, pero sinceramente, se lo daría todo si ella quisiera.

Niega con la cabeza.

—Entonces, ¿estás contratando?

Me río mientras levanto el vaso y lo miro.

—¿Cómo? Pero si estás jubilado.

Asiente.

—Sí, pero necesito hacer algo. En casa lo único que hago es engordar, volverme vago y sacar de quicio a mi familia.

—¿Lo dices en serio?

Asiente.

—Sí, llevamos tiempo hablándolo. Soy demasiado joven para jubilarme. No sé en qué estaba pensando.

—Siempre tendrás un sitio. De hecho, puedes empezar cubriéndome mientras estoy de luna de miel.

Me pongo de pie. —Pero ni se te ocurra tirarte a tu mujer en mi escritorio. Ese ya está reservado.

Arruga la cara.

—Qué asco, tío. Ahora no voy a poder sentarme ahí sin pensar dónde ha estado el culo de mi hermana.

Hace un sonido de arcada.

Me río.

—En realidad, la tenía inclinada sobre él, no sentada encima.

Se le escapa otra arcada.

—¿Por qué me haces esto? Podrías haberte callado y tan tranquilo.

Me encojo de hombros.

—Ya lo sé, pero es que me encanta joderte.

Niega con la cabeza y se levanta.

—Voy a necesitar emborracharme antes de la boda.

—Pues lo llevas claro. Es la hora.

Las risas y las bromas cesan mientras me mira. Me ajusta la corbata y me lanza una mirada que me dice que está orgulloso de mí, y en este momento, eso lo significa todo.

Tenía tanto miedo de perder a mi mejor amigo que casi dejé que ese miedo dominara mi vida. Nunca imaginé que las cosas pudieran ser así, pero me alegro, porque ahora sé que lo tengo todo. Estoy a punto de casarme con la mujer de mis sueños y mi mejor amigo estará aquí, a mi lado, para presenciarlo.

—¿Listo?

—Siempre lo estoy —le digo mientras me dirijo hacia la puerta.

Hace un año, el matrimonio ni se me pasaba por la cabeza. Vivía despreocupado, como un mujeriego, sin pensar jamás en sentar cabeza. Pero ella lo cambió todo. Sammy me robó el corazón, y abandoné mi antigua vida sin pensármelo dos veces.

Ahora tengo el increíble honor de estar con la mujer que me robó el corazón hace tantos años.

Hoy comienza nuestra vida juntos para siempre, y no podría ser más feliz.

Entramos por la puerta lateral a la capilla abarrotada. Ocupamos nuestros puestos y miro a los asistentes; de pronto ya no me parece tan egoísta compartir este momento. Ahora me siento honrado de tener a tanta gente en nuestras vidas que quiera compartirlo con nosotros.

Sonrío al contemplar todos esos rostros conocidos.

—No está mal la asistencia —susurra Aaron mientras el ministro se acerca a su puesto.

El ministro me saluda con un apretón de manos.

—Me alegro de verte de nuevo, Dominick.

Le estrecho la mano.

—Igualmente. Gracias por hacer esto por nosotros.

Sonríe y asiente.

—Es un honor.

La música empieza a sonar, suave y queda. Todos se ponen de pie y se vuelven hacia las puertas, esperando a que se abran.

El corazón me empieza a latir con fuerza mientras siento mariposas en el estómago. Veo a la niña de las flores y al paje de los anillos entrar primero. Llegan al altar antes de que salga la esposa de Aaron, con su vestido negro de dama de honor.

Entonces la música cambia, y mi vida también. Sammy aparece y está absolutamente deslumbrante.

Se me para el corazón mientras contengo la respiración; una parte de mí teme que me mire, se dé la vuelta y salga corriendo.

Su vestido es increíble, perfecto, como el de una princesa de cuento de hadas.

Es blanco, con pequeños bordados de pedrería que lo hacen brillar como diamantes.

La falda es larga y vaporosa, mientras que el cuerpo es ceñido.

Tiene pequeñas mangas de encaje que dejan los hombros y los brazos al descubierto.

Realza todas sus curvas, insinuando apenas sus pechos perfectos sin perder la elegancia.

Camina demasiado despacio para mi gusto.

Una parte de mí quiere ir hacia ella, cogerla en brazos y traerla aquí de una vez para acabar con esto.

Me obligo a quedarme quieto, negándome a arruinarle este momento o avergonzarla de ninguna manera.

No me doy cuenta de que he estado conteniendo la respiración hasta que la tengo delante y por fin respiro hondo.

—Lo conseguiste.

—No me lo perdería por nada del mundo —susurra.

—Queridos hermanos, estamos aquí reunidos para celebrar la unión de Samantha Bethany Long y Dominick Lincoln Young en santo matrimonio. Si alguien tiene alguna razón por la que estos dos no deban casarse, que hable ahora o calle para siempre —dice el ministro.

Vuelvo a contener la respiración mientras miro de reojo a Aaron.

Me mira y sonríe con suficiencia.

Imbécil.

El ministro carraspea.

—Muy bien. Continuemos. Dominick, repite conmigo.

—Yo, Dominick Young, te tomo a ti, Samantha Long, como mi legítima esposa, para tenerte y conservarte desde este día en adelante, en lo próspero y en lo adverso, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, para amarte y respetarte, hasta que la muerte nos separe —recito cada palabra mientras deslizo el anillo en su dedo.

—Samantha, repite conmigo —indica, y clavo la mirada en ella mientras pronuncia sus votos.

—Yo, Samantha Long, te tomo a ti, Dominick Young, como mi legítimo esposo, para tenerte y conservarte desde este día en adelante, en lo próspero y en lo adverso, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, para amarte y respetarte, hasta que la muerte nos separe.

Desliza la alianza en mi dedo.

—Por el poder que me ha sido conferido por el estado de Texas, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.

No hace falta que me lo diga dos veces. La atraigo hacia mí, la rodeo con los brazos y pego mis labios a los suyos.

Todos los asistentes se ponen de pie y aplauden, pero los ignoro por completo.

Nadie va a interponerse cuando se trata de besar a mi esposa por primera vez.

Le sostengo el rostro entre las manos, manteniéndola pegada a mí mientras disfruto cada segundo.

Aaron carraspea para indicarme que ya es suficiente. Lo ignoro, negándome a apartarme hasta que haya terminado. Es entonces cuando me doy cuenta de que nunca voy a terminar. Nunca voy a tener suficiente de ella, pero en algún momento esta gente se va a cansar de estar ahí de pie, aplaudiéndonos.

—Dom, estás en una iglesia —me recuerda Aaron, y oigo reír al ministro.

Por fin, voy frenando el beso y me aparto.

—Lo siento —le digo.

Se encoge de hombros.

—Me gusta tu entusiasmo —responde—. Les presento al señor y la señora Young.

Los asistentes aplauden y la música vuelve a sonar mientras enlaza su brazo con el mío y recorremos juntos la alfombra blanca.

Una vez que cruzamos las puertas, nos refugiamos en la habitación donde me preparé, mientras escoltan a los invitados afuera para esperar nuestra salida.

Le agarro las caderas y la empujo contra la pared mientras vuelvo a besarla.

—Te quiero tanto, señora Young.

Se ríe contra mis labios.

—Yo también te quiero, señor Young.

Vuelvo a besarla mientras empiezo a subirle el vestido.

—Dom, ¿qué haces?

—Quiero hacerle el amor a mi esposa —le digo.

Me empuja el pecho.

—Ni hablar.

—¿Qué? Nunca me habías dicho que no.

Se ríe.

—Estamos esperando a que salgan los invitados para volver a la capilla a hacernos las fotos con el cortejo nupcial. No vamos a estropear esto —dice, señalando su maquillaje y su vestido.

Suelto un gruñido.

—Vale —acepto a regañadientes.

Minutos después, nos llevan de vuelta a la capilla, donde nos hacemos fotos con los del cortejo nupcial y con nuestros padres. Luego nos sacan afuera, donde la gente nos lanza alpiste. Por fin subimos a la limusina y ella enseguida empieza a quitarse el vestido.

—Bien, por fin —digo, desabrochándome los pantalones.

Se ríe.

—Me estoy poniendo el otro vestido.

—¿Hay otro vestido? —Estoy confundido.

Señala la bolsa que cuelga frente a la ventanilla.

—Oh.

No puedo evitar sentirme decepcionado.

Sonríe con picardía.

—Venga. Tenemos que darnos prisa.

—Puedo ser rápido —prometo mientras me bajo los pantalones hasta las rodillas—. No hagas esa cosita especial que haces o me vas a arruinar los pantalones negros.

Se ríe y me da un manotazo juguetón. En cuestión de segundos la tengo inclinada sobre el asiento y la penetro por detrás.