SAMANTHA
El mundo se siente extraño, como si algo enorme hubiera cambiado y yo fuera la única en darse cuenta.
Al volver del trabajo, me puse mi viejo chándal raído. Apagué el móvil, no quiero que nadie me moleste. Solo quiero estar sola y dejarme caer a pedazos.
Me preparé una taza de té a la que quizá le añadí un chorrito de whisky. Ahora estoy sentada en el alféizar de mi apartamento, viendo el mundo pasar a través del cristal salpicado de lluvia.
Observo los faros de los coches que van y vienen por la calle, preguntándome cómo pueden seguir todos con su vida. ¿No lo sienten? ¿Ese cambio en el universo que hace que todo parezca extraño, que algo esté mal?
Sé que hice lo correcto con Dom, pero lo correcto no siempre es lo más fácil. Y rara vez es lo que más placer da. El dolor que siento ahora es solo la punta del iceberg. Si lo hubiera dejado seguir durante semanas o meses, el dolor habría sido mucho peor.
Me pregunto si alguna vez lo superaré, y parte de mí ni siquiera está segura de querer hacerlo.
Unos golpes en la puerta me sacan de mis pensamientos. Confundida, dejo el té y voy a abrir, preguntándome quién será.
Abro la puerta y me encuentro a Dom. Antes de que pueda preguntarle qué hace aquí, entra de golpe y me atrae hacia él para besarme.
Oigo la puerta cerrarse de golpe detrás de él un instante antes de que me haga girar y me presione la espalda contra ella. Sus manos me sujetan las mejillas, me mantienen pegada a él mientras su lengua baila con la mía.
El tiempo parece detenerse y me pierdo en él como siempre lo he hecho. No puedo negarle nada, aunque sé que debería.
Le agarro la camisa con fuerza y lo atraigo hacia mí.
Sus manos se deslizan por mi cuerpo, me rodean la cintura y me levantan contra él.
Mis piernas le rodean las caderas sin pensarlo. Mis brazos se enroscan en su cuello y profundizo el beso mientras mi corazón late con fuerza y la sangre me hierve.
Respiro con dificultad mientras lo beso con una pasión que nunca pensé que volvería a sentir. Sus labios son embriagadores.
Dom ha vuelto. Ha vuelto por mí. ¿Significa esto lo que creo o simplemente está ignorando lo que le pedí?
Salgo de mi aturdimiento y lo empujo por el pecho hasta que me baja y da un paso atrás.
Los dos estamos sin aliento. Me limpio la boca.
—¿Qué haces aquí, Dom?
Me acaricia la mejilla.
—Sé lo que dijiste. Sé que quieres dejarlo.
Le aparto la mano.
—Así es. Ahora, por favor, vete. No puedes seguir haciéndome esto. No soy tan fuerte.
Intento alejarme, pero me agarra la muñeca y tira de mí hacia él.
—Por favor, escúchame. Solo escucha lo que tengo que decirte, Sammy.
No me muevo.
—Fui a ver a Aaron.
—¿Que hiciste qué? —Retrocedo y lo miro a la cara.
Asiente.
—Se lo conté todo.
—¿Todo?
Asiente.
—Le hablé de nuestro pasado. De los sentimientos que intentamos ignorar durante años, y de cómo este acuerdo publicitario era solo una forma de acercarme a ti.
De cómo te convencí con lo de la empresa para que aceptaras, y de cómo, una vez que lo hiciste, nos hicimos amigos y nos enamoramos.
Se lo conté todo, Sam. Le dije que no pensaba alejarme. Y conseguí su permiso.
Me quedo atónita.
¿Cómo es que Aaron no explotó de rabia? ¿Cómo pudo aceptarlo? Nunca esperé que estuviera de acuerdo con lo que pasó entre nosotros.
Frunzo el ceño.
—¿Permiso? ¿Permiso para qué?
—Para esto —responde. Mete la mano en el bolsillo y se arrodilla ante mí.
—Samantha Bethany Long, me enamoré de ti antes de saber siquiera lo que era el amor.
He huido de ese amor durante años, diciéndome a mí mismo que no era verdad, ocultando mis sentimientos por ti.
Pero el destino tenía otros planes. Nos unió y no pude evitar darme cuenta de lo mucho que significabas para mí.
Me enamoré de ti otra vez, Sammy. Y hoy, cuando dijiste que no podías verme fingir...
nunca me has visto fingir, porque te he amado durante años.
Te juro que nunca fingiré contigo. Te daré todo lo que tengo, no solo posesiones terrenales, sino mi mente, mi cuerpo y mi alma.
Solo tienes que decir que te casarás conmigo, y te juro que seré tuyo para siempre. ¿Quieres casarte conmigo?
Se me llenan los ojos de lágrimas con sus palabras. Las manos me empiezan a temblar. Sonrío y me tapo la boca con la mano temblorosa mientras se me escapa una risa.
—Era la propuesta que siempre había soñado.
Se ríe.
—¿Eso es un sí?
Asiento.
—Sí, claro que me caso contigo.
Me desliza en el dedo el anillo que he llevado durante meses.
Siempre he sabido que ese es su sitio.
Se levanta de golpe, me atrae hacia él y me besa.
Me estrecha con fuerza antes de levantarme en brazos y llevarme por la sala hasta mi dormitorio, mientras nuestras manos compiten por quitarnos la ropa.
Me saca la sudadera por la cabeza y la deja caer al suelo antes de tumbarme en la cama.
Su boca se separa de la mía para besarme la mandíbula, el cuello, la curva del pecho.
Se lleva mi pezón endurecido a la boca, lo rodea con la lengua y hace que el corazón me lata cada vez más rápido, más fuerte.
—Joder, te quiero, Sammy. Siempre te he querido y siempre te querré —sigue bajando con besos hacia mi cintura. Cuando el pantalón le estorba, se echa atrás, me lo baja por las piernas y lo tira al suelo.
Contempla mi cuerpo, completamente desnudo porque no llevaba nada debajo del chándal.
—Mmmm, me estabas esperando, ¿eh?
Sonrío, feliz de que esté aquí. Ha vuelto y es mío. Y lo más importante: siempre lo será.
Hoy no pierde el tiempo provocándome. Va directo al grano, su lengua separando mis pliegues mientras se abre camino hasta mi clítoris.
Lo succiona y dejo escapar un jadeo, mi cuerpo ya a punto de estallar de lo tensa que estoy.
Mientras succiona, su lengua aletea sobre mi botón.
Las manos se me aferran a las sábanas y los dedos de los pies empiezan a encogerse.
Levanto la cabeza de la almohada para mirar mi cuerpo.
Debe notar que lo observo, porque sin apartarse, alza la vista hacia mí y nuestras miradas se cruzan.
En ese mismo instante, desliza dos dedos dentro de mí y todo mi cuerpo estalla en mil pedazos.
—Ohhh.
La cabeza me cae hacia atrás contra las almohadas y cierro los ojos. No tengo control mientras me entrego a él de todas las formas posibles.
Las oleadas de mi orgasmo me atraviesan como el mar en plena tormenta.
Son altas, las caídas profundas, y me zarandean tanto que ya no sé dónde está arriba y dónde abajo.
Mi cuerpo se queda sin oxígeno, los pulmones me arden y suplican aire.
El corazón me late tan fuerte y rápido que no me sorprendería que se parara de tanto trabajar.
Mi cuerpo no me pertenece ahora mismo y no tengo forma de controlarlo.
Todos los músculos están tensos, agarrotados como en un espasmo.
Los sonidos que salen de mi boca son directamente pornográficos mientras grito su nombre entre las escasas bocanadas de aire que logro tomar.
Tan rápido como empieza, termina, pero me transforma. Estoy débil, cansada y completamente agotada mientras él va subiendo por mi cuerpo. Se baja los vaqueros por las caderas. Mientras se libera, dice:
—Yo también busqué.
—¿Qué? —pregunto, aturdida.
—Dijiste que solo te habías acostado con cuatro personas después de mí. Que ninguna se comparaba, así que al final te rendiste.
Asiento.
—Yo también te busqué en cada mujer con la que estuve después de ti —se agarra con la mano y guía la punta dentro de mí, dolorosamente despacio—. Nadie se comparará jamás contigo, con lo que siento cuando estoy dentro de ti.
Embiste con más fuerza, más rápido que antes, y me deslizo por la cama un par de centímetros. Atraigo su boca hacia la mía.
—Te quiero —susurro.
—Siempre te he querido y siempre te querré —termina por mí, contra mis labios.
Lo abrazo con fuerza mientras me embiste hasta que sus caderas empiezan a ralentizarse.
Noto que se está agotando y que le quedan solo minutos para correrse, pero no estoy lista para que esto termine.
Empujo contra su pecho hasta que rodamos y quedo encima.
Con las manos en su pecho, empiezo a moverme arriba y abajo sobre él.
Me froto contra él mientras sus manos permanecen en mis caderas, meciéndome.
Observo sus ojos azules mientras van y vienen entre mi rostro y mi cuerpo.
Se humedece los labios mientras sus manos suben a acariciarme los pechos, con los pulgares rozándolos perezosamente.
Entrecierra los ojos mientras lo monto y su mano baja entre nosotros.
Recoge mi humedad antes de rodearme y meter un dedo en mi trasero; la otra mano vuelve a mi clítoris y lo frota.
Me siento estimulada de todas las formas posibles.
Nunca me habían tocado así. Nunca pensé que me gustaría.
Para mi sorpresa, provoca una mezcla de emociones que me hace querer explotar, y lo contengo todo lo que puedo para disfrutarlo más tiempo.
Pero él sabe cómo darme placer como ningún otro, y en cuanto ve que me estoy conteniendo, me arranca el orgasmo sin contemplaciones.
Se incorpora y atrapa mi pezón con la boca; ya no tengo elección. Me está reclamando de todas las formas posibles. Las emociones, las caricias, es demasiado y me empuja al límite con más fuerza que nunca. Me deshago con fuerza y rapidez, creando un desastre que corre por su cuerpo y empapa mi cama.
Cuando ve lo fuerte que me corro, solo lo excita más.
—Joder, nena —dice entre dientes apretados.
Se asegura de que termine antes de volver a ponerme las manos en las caderas.
Aprieta el agarre, me levanta y me deja caer sobre él tan fuerte y rápido como puede.
Las patas de mi cama empiezan a arañar el suelo de madera y los muelles del colchón chirrían en protesta.
Sus gemidos me llenan los oídos, mezclados con una retahíla ahogada de palabrotas.
De repente, suelta un gemido fuerte y lo siento vaciarse dentro de mí.
Pero parece que él también se corre más fuerte que nunca.
Normalmente son dos o tres embestidas antes de quedarse flácido.
Pero hoy se contrae dentro de mí seis veces —las cuento todas— y cada una me sacude el cuerpo con un estremecimiento.
Los dos nos desplomamos en mi cama, sin aliento y agotados. Me estrecha contra él y me besa en la coronilla.
—Dios mío —exhalo—. Eso ha sido...
No hay palabras que puedan describir lo increíble que ha sido.
Sonríe con suficiencia.
—Lo sé. Nunca me he corrido tan fuerte en mi vida.
—Yo tampoco —sonrío mientras noto que me arde la cara—. Y parece que voy a tener que lavar la ropa de cama.
Se ríe.
—La verdad, es un espectáculo que quiero volver a ver.
Su boca se funde con la mía y, antes de darme cuenta, está intentando ver cuánto podemos mojar la cama antes de darlo por terminado esta noche.
Me subo a los lujosos asientos de cuero de la limusina. Dom sube detrás de mí, increíblemente guapo con su elegante traje negro.
Se inclina y nos sirve dos copas de champán.
—Vamos, Dom, dame una pequeña pista. ¿Adónde me llevas?
Se ríe y niega con la cabeza con gesto juguetón.
—Lo siento, nena, pero si suelto la sopa, ya no será sorpresa. Confía en mí, va a ser increíble.
Me miro el vestido que he elegido, un sencillo pero elegante vestidito negro que se ciñe a mis curvas en los sitios justos. Solo espero que sea apropiado para adonde me lleve.
—Bueno, espero que este vestido sea adecuado para la ocasión.
El corazón me da un vuelco mientras la mirada de Dom me recorre, con los ojos deteniéndose en cada curva. Se humedece los labios y, en cuanto lo hace, tengo que apretar los muslos para contener el torrente que noto entre ellos. Este hombre me enciende el cuerpo con solo una mirada.
—Estás absolutamente deslumbrante, nena. La palabra perfecta se queda corta.
Noto que me arde la cara mientras me entrega una copa de champán.
—Gracias.
La limusina se detiene suavemente en una zona amplia y el corazón se me acelera de anticipación.
—¿Vamos? —Dom me tiende la mano.
Salimos del coche y abro los ojos con sorpresa al ver el elegante helicóptero negro que espera cerca.
—¿Esto es...? —empiezo a preguntar con la voz llena de asombro.
—Una cita en helicóptero —confirma mientras toma mi mano y deposita un beso en el dorso.
Me conduce hacia el helicóptero que nos espera. Solo cuando subo y me abrocho el cinturón de seguridad lo asimilo de verdad. Es tan romántico que casi no puedo contener la emoción.
El helicóptero despega con un ascenso suave, dejando el suelo atrás y lanzándonos hacia la vasta extensión de la noche. A medida que nos elevamos, la ciudad bajo nosotros se transforma en un tapiz fascinante de luces brillantes.
Me giro hacia Dom y nuestras miradas se encuentran; me pierdo en las profundidades de sus ojos azul hielo. Sus labios esbozan una suave sonrisa mientras se inclina hacia mí, y su cálido aliento me roza la piel.
—Feliz cumpleaños, Sammy —susurra.
Abrumada por la felicidad, susurro:
—El mejor regalo de cumpleaños, cariño.
Me inclino hacia él y nuestros labios se encuentran en un beso apasionado e inolvidable mientras seguimos volando bajo las estrellas.