SAMANTHA #2
Cuando estamos juntos todo resulta tan natural, casi como si estuviéramos hechos el uno para el otro. Es tan natural que olvido que no somos una pareja de verdad.
Cuando no está cerca, es lo único en lo que pienso, y esto desde luego no formaba parte del plan.
No estoy segura de cómo abordar todo esto, pero sé que tengo que hablar con él porque no puedo seguir fingiendo que finjo.
Es real para mí y tengo que saber si también lo es para él.
Veo dónde me equivoqué. Como siempre, llego tarde a todo. Nunca debí haber aceptado su plan. Ya estaba prácticamente enamorada de él antes de que esto empezara, así que por supuesto solo me he enamorado más.
Pensé que podría mantener las cosas claras, por una participación en la empresa que tanto significa para mí.
Nunca pensé que me harían daño en esto. Y creía que, si pasaba, lo superaría como supero todo lo demás. Pero este sentimiento me cala hasta los huesos. Es esa angustia desgarradora de no poder comer, no poder dormir, no poder vivir sin él, y no puedo ignorarla.
Sé sin lugar a dudas que cuando lo pierda, no va a ser fácil superarlo. Se me va a romper el corazón, y eso me preocupa por varias razones.
Intento apartar esos pensamientos mientras deshago las maletas y pongo la lavadora.
Después de guardar todo, me meto en la ducha para relajarme antes de acostarme.
Me tomo mi tiempo lavándome el cuerpo y el pelo. Me depilo y luego me quedo unos minutos simplemente bajo el chorro de agua.
Apoyo la cabeza contra la pared de la ducha y cierro los ojos.
Mi mente vuelve al instante al fin de semana que pasé con Dom y a lo perfecto que fue todo. Nos tumbamos en la playa, riendo, tocándonos, bebiendo, hablando y haciendo surf. Echamos siestas a media tarde y nos quedamos despiertos toda la noche, dándonos placer.
Mientras pienso en los momentos que hemos pasado juntos, el corazón se me acelera y se me pone la piel de gallina, como si mi cuerpo lo presintiera. Pero entonces el trato vuelve a colarse en mi mente y no puedo ignorar que él ha estado fingiendo mientras yo me enamoraba.
Claro, acostarnos juntos no era parte del trato. Eso simplemente pasó. No puedo culparlo. Él es un tío y yo soy una tía, y si se lo voy a dar sin ataduras, pues claro que lo va a aceptar.
Mi mente reproduce las palabras que dijo la mañana después de que me acostara con él por primera vez.
«Tengo que irme, Samantha, cuídate».
Siento las lágrimas a punto de brotar.
¿Se marchará otra vez sin más? ¿Cómo voy a superarlo una segunda vez si nunca lo superé la primera?
¿Por qué demonios acepté esto?
Enfadada conmigo misma, cierro el grifo y salgo de la ducha.
Me envuelvo en una toalla antes de acercarme al espejo y limpiar el vaho.
Tengo los ojos inyectados en sangre y unas ojeras enormes. Está claro que no dormí lo suficiente este fin de semana.
Cojo el cepillo de dientes y me los lavo antes de peinarme. Me pongo un chándal, con el pelo todavía mojado, y aunque solo son las nueve, me meto en la cama para recuperar el sueño antes del trabajo de mañana.
Cuando llega la mañana, no me siento mejor. No me he librado de la angustia ni de los pensamientos. He llegado al punto de que ni siquiera sé cómo actuar cuando vaya a la oficina y lo vea.
Esto hace que me mueva más despacio durante toda la mañana.
Me tomo todo el tiempo del mundo para prepararme. Me hago un café para llevar y paso por la panadería a por un rollo de canela.
Intento comérmelo durante el trayecto, pero tengo el estómago revuelto. Está lleno de angustia y no hay sitio para la comida.
Cuando me quedan unos cinco minutos de trayecto, suena el móvil y veo el nombre de Chelsea parpadeando en la pantalla.
—Hola, bonica.
La voz de Chelsea suena aliviada cuando responde:
—¡Por fin contestas! ¿Qué te pasó? ¡Desapareciste este fin de semana!
Suspiro.
—Me fui de viaje con Dom.
Hay una pausa al otro lado.
—Eso es genial, aunque no pareces muy emocionada. ¿Qué tal? ¿Lo pasasteis bien?
Dudo un momento, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.
—Fue... increíble. Ese es el problema, Chelsea.
Hay un tono de preocupación en su voz mientras indaga más.
—¿Cómo que el problema? ¿Pasó algo?
—Creo... creo que me he enamorado de él. Me está destrozando porque esto nunca debía ser real. Me siento como una idiota.
El tono de Chelsea se suaviza, y casi puedo imaginar su sonrisa reconfortante.
—Oh, Sam, noto lo mucho que estás sufriendo. Enamorarse de alguien sin esperarlo puede ser abrumador. Pero recuerda que solo eres humana, y a veces los sentimientos no se pueden controlar.
Me muerdo el labio, sopesando las opciones que tengo por delante.
—Lo sé, pero ¿y si él no siente lo mismo? Y mi hermano nunca aprobaría que fuéramos algo real, se volvería loco. Estoy pensando en acabar con esta farsa con Dom. Es más seguro así, ¿no?
—Es tu decisión, Sam, pero recuerda que el amor no siempre sigue un plan. Quizá merezca la pena hablar con él sinceramente.
—No lo sé, Chels, pero ya he llegado a la oficina. Te llamo luego, ¿vale?
—Vale, cuéntame cómo te va. Recuerda que, pase lo que pase, estaré aquí para ti.
Sonrío; es una amiga estupenda.
—Gracias, Chelsea.
Cuelgo, salgo del coche y camino hacia el edificio.
Cuando llego a la oficina, no voy a verlo como haría normalmente.
Voy directamente a mi despacho y enciendo el ordenador para revisar cualquier correo importante que pueda haberme perdido mientras estábamos fuera. Para mi sorpresa, Dom tiene una mañana bastante ocupada, llena de reuniones, y tampoco viene a mi despacho.
Salgo del edificio a comer, sabiendo que si me quedo en mi despacho, seguro que lo veo.
No estoy preparada para verlo.
Todavía no sé qué voy a decirle y necesito tiempo extra para ordenar mis pensamientos.
No es hasta que entra en mi despacho al final del día cuando sé lo que tengo que hacer.
—Oye, ¿me has estado evitando hoy? —pregunta, entrando y sentándose en el borde de mi escritorio. Se inclina y me besa mientras me sujeta la barbilla. El beso es suave y breve.
Me aparto, sintiendo cómo se me rompe el corazón, pero me recuerdo que si duele así ahora, solo dolerá más cuando nuestro trato termine.
—Sí, lo he hecho —confieso.
Parece sorprendido mientras me levanto y empiezo a recoger mis cosas para marcharme.
—¿Puedo preguntar por qué?
Le doy la espalda mientras meto mis cosas en el bolso.
—Dom, es demasiado.
—¿Qué es demasiado?
—Esto, nosotros, el trato. Es demasiado y creo que tenemos que dejarlo.
Me giro para salir de mi oficina, pero él me agarra de la muñeca, deteniéndome.
—Dime qué está pasando, Samantha —dice, con los ojos suplicantes.
—No quiero hablar, Dominick. Solo déjame irme —digo en un hilo de voz.
—No hasta que me digas qué pasa —dice, escrutándome con la mirada.
—Todo este fingimiento empieza a parecerme demasiado real. No puedo seguir haciéndolo. No voy a seguir dejándote fingir mientras yo me enamoro. Duele demasiado. Lo siento, pero tengo que irme.
Me quito el anillo y lo deposito en su mano antes de alejarme, con una lágrima rodándome por la mejilla.