La prometida del campeón (Falsos prometidos multimillonarios nº 2) SAMANTHA
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SAMANTHA

Me despierto por la mañana al oír el móvil de Dom.

La habitación está a oscuras, pero él se da la vuelta y coge el teléfono.

—¿Diga?

—¿Qué coño? —la voz de Aaron atravesó el poco sueño que aún me quedaba. Me incorporo, buscándolo con la mirada.

Dom señala el teléfono y todo encaja.

—¿Qué pasa, tío? —pregunta Dom, obligándome a tumbarme de nuevo.

—Hay fotos tuyas y de mi hermana. ¿Estáis en Hawái?

—Sí, vinimos a celebrar que el acuerdo de la marca salió adelante. ¿Qué pasa? Ya sabes todo lo que estamos haciendo —dice Dom con naturalidad.

—Estas fotos parecen reales, tío. Reales de verdad. ¿Hay algo que no me estés contando? —la voz de Aaron destila escepticismo.

—No sé de qué fotos me hablas, pero te aseguro que nada ha cambiado entre Sam y yo. Todo es una ilusión, ¿recuerdas?

—Hay fotos de vosotros dos cenando, compartiendo postre y besándoos. Te juro que si estás usando a mi hermana... Si sale herida... —advierte.

—No estoy usando a tu hermana. ¡Venga ya! Me conoces de sobra. ¿Te parece que yo haría algo así?

—No, pero nunca pensé que vería una foto tuya besándote con mi hermana pequeña, y mira por dónde —suelta Aaron.

—Mira, tenemos que mantener este acuerdo un tiempo más. No podemos dejar que nadie sepa que todo era fingido. Pondría el acuerdo en peligro y la empresa lo pagaría. Solo estamos siguiendo el plan. El beso... Sí, pasó, pero fue porque el fotógrafo nos lo pidió. Créeme, no lo disfruté.

Le clavo el codo en las costillas. Eso ha sonado demasiado convincente. Entrecierra los ojos mirándome en la oscuridad.

Aaron suelta un largo suspiro. —Vale, si tú lo dices. Pero joder, avísame la próxima vez, ¿vale?

Dom se ríe. —Sí, claro. Por supuesto. Venga, que cuelgo y me vuelvo a dormir.

—Vale, hablamos luego, tío —dice Aaron, y cuelga.

Dom deja el teléfono en la mesita y se vuelve hacia mí. Me envuelve en sus brazos y me acerca más. —¿Por qué me has dado un codazo?

Resoplo. —Has sonado demasiado convincente.

Se ríe entre dientes. —Tenía que serlo. Créeme, no eran más que mentiras. Me encanta besarte. Me encanta tocarte y saborearte —continúa mientras me cubre la espalda y el hombro de besos.

Me doy la vuelta, le rodeo el cuello con el brazo y guío sus labios hacia los míos.

Nuestro beso empieza suave, lento. Como suele pasar con nosotros, va creciendo en urgencia. Sus labios se vuelven más firmes sobre los míos, su lengua se enreda y baila con la mía. Mi cuerpo se calienta y se despereza de la rigidez del sueño.

Levanto la rodilla y la engancho sobre su cadera. Su mano se desliza por mi muslo, me aprieta el trasero con firmeza mientras encaja sus caderas entre mis muslos.

Siento su cuerpo despertar para mí. Lo noto endurecerse hasta que su punta roza mi entrada.

—Dom —exhalo su nombre en la oscuridad.

Su boca se aparta de la mía, me besa la mandíbula, me mordisquea el lóbulo y baja hasta mi cuello. Sus manos exploran mi cuerpo mientras mueve las caderas y se desliza dentro de mí, justo donde debe estar.

Somos uno, y saberlo hace que el corazón se me acelere. Entrelazo los dedos en su pelo y atraigo su boca de vuelta a la mía.

Hay algo diferente. Me besa lenta y suavemente. Sus caderas embisten con fuerza, pero el ritmo es pausado. Es como si cada embestida fuera deliberada, como si escondiera algún significado. ¿O simplemente está cansado por lo temprano que es?

Me doy cuenta de que en todos los meses que llevamos con «este acuerdo», esta «relación secreta», nunca hemos hablado de si hay algo más profundo.

Me dejé llevar, casi olvidándome del acuerdo por completo. Olvidé que se supone que esto es fingido. En algún momento, me enamoré de Dom perdidamente. Y ahora el miedo me consume porque no sé cómo puede acabar esto para nosotros.

¿Cuánto tiempo conseguiremos que Aaron se crea que no estamos juntos de verdad? En algún momento tendremos que decidir si esto va en serio o si cada uno sigue su camino.

Siento que mi cuerpo empieza a tensarse, preparándose para el clímax. Eso me devuelve al presente y mis pensamientos anteriores se desvanecen. —Ahí, cariño —susurro—. No pares.

—Nunca —susurra contra mis labios mientras embiste justo donde lo necesito.

El placer asciende hasta estallar y derramarse sobre mí. Cabalgo las olas que él me regala, gritando su nombre entre gemidos, sintiendo cómo cada centímetro de mi cuerpo se adormece antes de volver a la vida.

Dominick Young no solo se ha colado en mi vida y en mi cuerpo, sino también en mi corazón y en mi alma. Y con este acuerdo sobre la mesa, no sé si algo de esto es real o si él simplemente finge mejor que yo.

Solo pensar en que nuestro acuerdo termine me rompe el corazón.

No estoy segura de poder verlo alejarse de mí, de verlo continuar con su vida de siempre, salir con otras, enamorarse de alguien que no soy yo. Y lo peor es que seré accionista de la empresa. No podré marcharme cuando llegue el momento.

¿Cometí un error o hay algún plan divino detrás de todo esto?

Lo único que sé es que si saco a la luz lo que estamos haciendo, podría perderlo todo. Pero si no hablo con él de esto, podría perderme a mí misma. ¿Merece la pena una participación en la empresa?

El sol brilla con fuerza sobre nuestras cabezas mientras Dom y yo estamos al borde de la playa virgen de Hawái. Las olas turquesas rompen contra la orilla.

La idea de hacer algo espontáneo es de Dom.

Dice que ha reservado una clase de surf.

—¿Surf? —pregunto.

Siento una mezcla de emoción y nerviosismo revolviéndose en mi interior.

—¿Estás seguro?

Dom asiente con seguridad.

—Por supuesto. Es nuestro último día aquí, hagámoslo memorable.

Sus preciosos ojos azul hielo me traspasan el alma. ¿Cómo podría decirle que no?

Está irresistible con su bañador. Es de un vibrante tono azul que complementa el color de las olas.

La tela se ciñe a sus musculosos muslos, acentuando su físico atlético.

No puedo evitar admirar cómo sus músculos se marcan y flexionan con cada movimiento.

Y Dios mío, esos hombros anchos hacen que mi cuerpo…

—Vamos, nena —dice, sacándome de mi ensoñación.

Me guiña un ojo, sabiendo perfectamente en qué estaba pensando.

Me río.

—Vale, vamos.

Nos dirigimos a una tienda de alquiler de tablas de surf que hay en la playa.

Nos acercamos a un instructor de surf que nos saluda.

—¡Hola! Soy Jake, vuestro instructor de surf de hoy. ¿Listos para pillar unas olas?

—Desde luego. Estamos preparados para el reto —responde Dom.

Asiento mientras siento un hormigueo de nervios por todo el cuerpo.

Nunca he hecho esto antes, ni siquiera me había imaginado surfeando.

¿Podré con esto?

Jake nos dedica una sonrisa cálida.

—¡Genial! El surf consiste en conectar con el océano y montar esas olas. Vamos a equiparos para empezar.

Nos ponemos los trajes de neopreno y sentimos el material fresco contra la piel. La brisa salada se cuela entre mi pelo, recordándome que estoy saliendo de mi zona de confort.

Echo un vistazo a Dom, que me dedica una sonrisa segura, y por alguna razón eso me calma los nervios.

Mientras nos acercamos a la orilla con las tablas en la mano, Jake nos explica los conceptos básicos del surf. Nos muestra la postura adecuada, la técnica de remo y cómo pillar una ola.

—Recordad, todo es cuestión de sincronización y equilibrio —nos indica Jake—. El océano es poderoso, pero con práctica, estaréis montando esas olas en un abrir y cerrar de ojos.

Remo junto a Dom, con nuestras tablas flotando bajo nosotros. El agua está refrescante contra mi piel y no puedo evitar maravillarme con la belleza del océano que nos rodea.

La voz alentadora de Jake nos llega desde lejos.

—Muy bien, ¡ahora toca pillar unas olas! Mantened los ojos en el horizonte y remad cuando sintáis que es el momento. Estaré aquí mismo para guiaros.

Mientras las olas se acercan, me coloco en la tabla esperando pillar la ola perfecta.

—¡Ahí viene, Sammy! ¡Rema ahora! —la voz de Dom se impone sobre el estruendo de las olas, animándome a continuar.

Remo con todas mis fuerzas, sintiendo una descarga de adrenalina al notar su poderoso impulso.

—¡Ponte de pie! —grita Jake.

Con determinación, me impulso hacia arriba y me equilibro precariamente sobre la tabla. La ola me propulsa hacia delante y, por un breve instante, el tiempo se detiene.

Dom monta la ola a mi lado, con el rostro resplandeciente de emoción. Intercambiamos una mirada y un entendimiento silencioso pasa entre nosotros. Esta decisión espontánea nos ha unido más, permitiéndonos compartir un momento inolvidable.

—¡Buen trabajo, chicos! Habéis captado el espíritu del océano —grita Jake.

Regresamos a la orilla y me giro hacia Dom con una amplia sonrisa en el rostro.

—¿Has visto eso? ¡He hecho surf de verdad!

Dom me atrae hacia él y me da un beso suave en los labios.

—¡Eres una crack, nena!

Me río y le rodeo el cuello con los brazos.

—Gracias, tú tampoco lo haces nada mal.

Miro a Dom, con nuestros corazones latiendo al unísono. Puede que dejemos Hawái, pero este momento quedará grabado para siempre en nuestra memoria.

Llegamos de Hawái el domingo por la noche y me deja en mi casa antes de volver a su apartamento.

Ambos estamos agotados del viaje y acordamos que probablemente necesitábamos una noche tranquila a solas para desconectar. Pero los dos tenemos que lidiar con deshacer las maletas y prepararnos para el trabajo de mañana.

Parte de mí se pregunta si se está cansando de mí.

Mi razón para irme a casa sola: necesito pensar seriamente.

Cuando me pidió que hiciera este viaje con él, pensé que era una gran idea.

Quería pasar el fin de semana en Hawái, tumbada en la playa, tomando cócteles afrutados en cáscaras de coco.

Quería descansar y desconectar. Además, quería estar a su lado todo el tiempo que pudiera.

Pero al hacer todo eso, solo he conseguido darme cuenta de que, en algún momento del camino, mi fingimiento dejó de ser fingimiento.

Me he enamorado de Dominick Young. Me he enamorado de mi jefe, del mejor amigo de mi hermano, algo prohibido.