La prometida del campeón (Falsos prometidos multimillonarios nº 2) DOMINICK #2
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DOMINICK #2

—Genial, joder. ¿Y si se gastan las pilas y me quedo encerrado aquí? —Me aparto y voy hacia el escritorio para pulsar los botones del mando.

—Dios, qué dramático eres —dice mientras se acerca y me quita el mando. Pulsa el botón y lo deja sobre mi escritorio—. Listo.

Sonrío. —Ahora, ¿por dónde íbamos? —pregunto mientras vuelvo a ponerle las manos en las caderas.

—Creo que estábamos justo... —Se acerca más—. Aquí —dice antes de juntar su boca con la mía.

La beso con fuerza, con urgencia, sin saber cuándo empezará a llegar la gente, pero sabiendo que la necesito igual.

No he pensado en otra cosa en todo el fin de semana, esperando el momento de volver a estar dentro de ese cuerpecito perfecto.

Sus manos se deslizan hacia mi cinturón y lo desabrochan mientras le subo la falda por las piernas.

Cuando me libera de los pantalones, la hago girar.

Apoya las manos en mi escritorio para sostenerse mientras llevo mi boca a su cuello y su oreja.

Le bajo las bragas por las caderas, me agarro y me guío hacia su interior.

Me hundo en su calor con la sensación de haber vuelto a casa.

—Oh, joder, Sammy —gruño junto a su oído.

—Lo quiero rápido y duro —dice, y tensa el cuerpo a mi alrededor.

—Joder, te lo daré como quieras si vuelves a hacer eso.

Obedeciendo, tensa los músculos alrededor de mi polla otra vez y se me ponen los ojos en blanco.

Muevo las caderas contra ella y suelta un gemido apenas audible.

Al instante quiero follarla aún más duro, más rápido, arrancarle los mismos sonidos de la otra noche.

Pero no sé cuándo empezará a llegar el personal, así que me obligo a ir rápido.

El vaivén de mis caderas cuando la penetro hace que sus músculos tiemblen a mi alrededor mientras se deshace.

Cuando la siento laxa contra el escritorio, me dejo ir y me corro.

Me quedo sin aliento cuando salgo de ella. Me guardo dentro de los pantalones y le subo las bragas. Ella se alisa la falda mientras me abrocho los pantalones y me meto la camisa.

Se gira para mirarme.

—Entonces, ¿así va a ser nuestra jornada laboral de ahora en adelante?

—Joder, espero que sí —le digo, y se echa a reír.

Los meses pasan volando y tengo a Sam a mi lado en todo momento.

Touch Down cumplió con lo pactado y nuestra línea de ropa deportiva por fin está despegando.

Sam aportó muchas ideas a la hora de crear la ropa deportiva femenina.

Cosas en las que yo nunca habría pensado, como sujetadores deportivos cuyo relleno no se sale al lavarlos.

No tenía ni idea de que esto fuera un problema para las mujeres, así que ella interviene cuando mi desconocimiento me limita.

Como estamos en pleno lanzamiento, Sam y yo tenemos que seguir apareciendo juntos en público.

No podemos dejar que esto termine demasiado pronto. No podemos permitir que nada descarrile nuestro acuerdo. Como todos, incluido su hermano, están acostumbrados a vernos juntos, aprovechamos cada oportunidad que se nos presenta.

Este fin de semana celebramos el lanzamiento de la marca en Hawái, solos los dos.

Aterrizamos en Hawái justo antes del atardecer y cogemos un taxi del aeropuerto al hotel.

El hotel en Hawái es un auténtico oasis de lujo, enclavado frente al océano resplandeciente y rodeado de exuberantes jardines tropicales.

Este lugar transmite relajación desde el momento en que llegas.

Nos registramos y nos enseñan nuestra preciosa habitación.

En el salón hay un gran ventanal con vistas perfectas al océano.

El dormitorio tiene un balcón donde podemos desayunar mientras amanece.

La cama es enorme, con un millón de almohadas.

El baño tiene jacuzzi y ducha de vapor. Sam está impresionada con la habitación, y me hace feliz verla feliz.

Y lo mejor de todo es que, aunque nuestra relación es secreta, aquí no tenemos que escondernos.

Después de deshacer las maletas y refrescarnos, bajamos al restaurante a cenar.

La mesa donde nos sentamos está en la terraza y el aire es cálido, cargado de salitre.

Pido una copa fuerte y ella pide algo afrutado con más chupitos de los que debería tener cualquier bebida.

Le da sorbos mientras esperamos la comida.

No puedo quitarle los ojos de encima con ese conjuntito rojo que lleva.

Vino preparada para la playa: una faldita de tela y una especie de top de tubo que solo le cubre los pechos; los brazos y el estómago quedan al aire, y no puedo dejar de mirarle el ombligo, pequeño y ovalado.

¿Cómo puede algo tan simple provocarme sin cesar?

Por fin nos traen la comida, y no puedo evitar reírme y negar con la cabeza mientras se menea en el asiento de pura emoción.

Nunca he visto a nadie disfrutar tanto de la comida como ella. Su meneo me indica si lo que come está bueno o no. Solo unas pocas veces no ha hecho su bailecito delante del plato.

—La cena está buena esta noche, ¿eh?

Se ríe y se tapa la sonrisa con la mano.

—Lo estoy haciendo otra vez, ¿verdad? ¿El bailecito?

Me río y asiento.

—Me parece increíblemente sexy.

Resopla.

—Algo te pasa. La comida no debería hacerme tan feliz.

Apuro mi copa.

—¿Te cabe el postre?

Sonríe.

—Siempre, pero tienes que compartirlo conmigo.

Se ha convertido en nuestro pequeño ritual.

Ella siempre pide postre e insiste en que lo comparta con ella.

Sabe de sobra que no soy goloso, pero insiste y no puedo negarme.

Mientras compartimos brownies con helado, chocolate caliente y nata montada, un fotógrafo se acerca y nos hace una foto.

Como estábamos compartiendo el postre, me había movido para sentarme a su lado, y nos juntamos para la foto.

—Venga, enseñadme algo de amor —dice, apuntando la cámara de nuevo.

Suponemos que el hombre solo está haciendo fotos a todos los huéspedes para vendérselas a las parejas, así que Sammy se inclina y me besa. No puedo evitar devolverle el beso y el fotógrafo nos hace varias fotos.

Cuando nos separamos, ha desaparecido.

—¿Adónde se ha ido? —pregunta Sammy—. Quiero la foto.

Me encojo de hombros y miro alrededor, pero no lo veo.

—Quién sabe. A lo mejor podemos comprarla al final del viaje —le digo mientras dejo propina en la mesa para el camarero.

Volvemos a la habitación mientras Sammy se queja de haber comido demasiado. Abro la puerta, me coloco detrás de ella y le desato el top.

—Quizá un baño en el jacuzzi te ayude a sentirte mejor —le susurro al oído y le beso el cuello.

—Mmmm —dice. Se gira hacia mí y me presiona los pechos desnudos contra el cuerpo. Le devuelvo el beso, la levanto en brazos y la llevo al baño. Ella termina de desnudarse mientras lleno la bañera.

Entonces entramos los dos y ella pulsa el botón para activar los chorros. Ambos nos derretimos al instante.