SAMANTHA
La cabeza me da vueltas de la incredulidad.
Todo esto es una locura. Una completa y absoluta locura.
¿Fingir que estoy comprometida con Dominick Young? ¿Se ha vuelto loco?
—No, de ninguna manera. No puedo.
—¿Qué hará falta?
Me cruzo de brazos.
—Busca a otra persona.
—Sabes que no puedo. No puedo confiar en nadie más con esto.
Lo usarán en mi contra y me chantajearán.
Tú no harás eso. Tú no te aprovecharás de mí y sabes que yo no me aprovecharé de ti.
Limpiaré mi imagen, cerraré este acuerdo de marca que traerá aún más dinero a esta empresa.
¿Qué sacas tú de esto? Lo que quieras —promete.
—No quiero nada.
Me levanto y me dirijo hacia la puerta.
—¿Qué tal un coche? ¿Diamantes? ¿Un ático?
No puedo evitar preguntarme a quién cree que está intentando sobornar.
Soy una mujer independiente y ya tengo todas esas cosas. Y lo mejor de todo es que las conseguí por mi cuenta.
Sus ofertas me parecen un intento desesperado de arreglar su imagen, pero no seré un peón en su juego. No me dejaré comprar ni usar como accesorio para salvar su reputación.
Valoro demasiado mi amor propio como para aceptar un arreglo tan superficial.
Niego con la cabeza.
—Ya tengo todo eso y lo pagué yo misma. No necesito tu dinero.
Es entonces cuando su rostro adopta una expresión como si hubiera dado con algo que no puedo rechazar.
—Te daré una participación en la empresa.
Eso me llama la atención. ¿Una participación en la empresa?
¿Eso significa que tendría algo que decir sobre lo que pasa aquí?
Nunca más me vería obligada a ver cómo alguien que me importa se marcha y me deja aquí para lidiar con el desastre.
No estaba contenta con que Aaron se fuera y Dom viniera a reemplazarlo.
Pero sé que si Dom se va alguna vez, tampoco me gustará la persona que elija para sustituirlo.
Al menos de esta manera, tendré voz y voto.
Me cruzo de brazos.
—¿De cuánto estamos hablando?
Parece sorprendido de que siquiera lo esté considerando.
Se encoge de hombros.
—Veinticinco por ciento.
Resoplo.
—La mitad.
Abre los ojos de par en par.
—Ni hablar.
La habitación queda sumida en un silencio ensordecedor mientras nuestras miradas se cruzan, y ninguno de los dos está dispuesto a ceder. Siento la intensidad de su mirada penetrar hasta lo más profundo de mi alma, buscando cualquier signo de debilidad. Aun así, mantengo mi posición.
—Bien, cuarenta y nueve por ciento. Lo tomas o lo dejas.
Se recuesta en la silla, lo piensa y dice:
—Bien. Cuarenta y nueve por ciento.
Extiende la mano para cerrar el trato.
Vaya giro inesperado del destino. Veo una oportunidad de reescribir mi historia.
Cuando mi hermano decidió no dejarme la empresa, lo sentí como una enorme traición.
Pero ahora, con este cambio de los acontecimientos, ya no estaré relegada a un segundo plano.
La idea de tomar las riendas, de tener un asiento en la mesa donde se toman las decisiones, es una oferta que no puedo rechazar.
Sonrío mientras me acerco y le estrecho la mano.
—Es un placer hacer negocios contigo.
Me dirijo hacia la puerta, pero antes de que pueda salir, dice:
—Pasaré a recogerte a las siete para nuestra cita. Ponte un vestidito negro.
Sus palabras hacen que me ponga rígida. Cómo me gustaría poder mandarlo al diablo, pero me muerdo la lengua y sigo adelante.
Ya es bastante difícil mantener a raya mis emociones cuando estamos en la oficina, y ahora voy a estar a solas con el único hombre capaz de derretirme las bragas con solo humedecerse los labios.
Esto va a ser mucho más difícil de lo que pensaba.
Paso el resto del día sin poder creerlo.
No puedo dejar de pensar en lo que acaba de pasar en su oficina. Esta noche voy a tener una cita con Dom. A partir de ahora, soy la prometida de Dom. ¿Cómo me meto en estos líos?
La jornada avanza con lentitud, pero finalmente llega el momento de irme a casa. Salgo corriendo del edificio y vuelvo a mi apartamento.
Me sirvo una copa de vino para calmarme los nervios. Mientras el líquido se desliza por mi garganta, siento que mi corazón acelerado empieza a calmarse, aunque sea solo un poco.
Voy a ducharme y a prepararme para la cita.
Me pongo un vestido negro sin mangas que se ciñe a cada curva de mi cuerpo.
Termina por encima de la rodilla y sé que es justo lo que hace falta para volverlo loco.
Lo combino con unos tacones negros de infarto, y luego me rizo el pelo, dejándolo suelto.
Me maquillo un poco, oscureciéndome los ojos, y me pongo pestañas postizas.
Acabo de terminar cuando alguien llama a la puerta.
Me apresuro hacia ella y la abro para encontrar a Dom al otro lado.
Está para comérselo.
Lleva un traje negro, camisa blanca y corbata negra.
Se ha cortado el pelo y afeitado hace poco; su piel color caramelo luce suave e hidratada.
Me mira con la misma sorpresa en los ojos.
Su mirada empieza en mis ojos, con una sonrisa en el rostro.
Pero a medida que baja por mi cuerpo, la sonrisa se desvanece de sus labios.
—Joder, Sammy —exhala, haciéndome reír.
—Cállate y entra.
Lo agarro del brazo y tiro de él hacia dentro.
—Solo tengo que coger el móvil y el bolso.
Me doy la vuelta y voy hacia el salón, donde cojo el móvil de la base. Lo meto en el bolso antes de girarme hacia él. Me quedo de piedra cuando lo encuentro arrodillado con un anillo en la mano. Jadeo y luego me recompongo.
—¿Qué demonios estás haciendo, Dom?
Sonríe con suficiencia. —Nunca he hecho esto antes, así que pensé que más valía hacerlo bien.
Me río. —Esto no es real, tonto. Levántate.
Niega con la cabeza. —Una vez que te ponga este anillo en el dedo, será real.
Será real para el mundo y será real para cualquier tipo con el que quieras salir.
Una vez que te pongas este anillo, me perteneces hasta que esto termine.
No te pueden ver por ahí con nadie más. No te pueden ver sin este anillo.
Su manera de decirlo me hace replantearme todo, porque tiene razón.
Al aceptar ese anillo, estoy vendiendo una parte de mi vida.
Tiempo que nunca recuperaré. Sin embargo, sería estúpida si rechazara una propuesta de compromiso de Dominick Young.
Simplemente... va en contra de las reglas entre amigas, sea real o no.
Tengo que decir que sí. —Está bien, pregúntamelo entonces.
Sonríe con picardía. —Samantha Young, ¿me harías el hombre más feliz de la tierra aceptando este compromiso falso, pero también muy real?
Me río. —Sí, Dom. Acepto estar falsamente comprometida contigo.
Me desliza el anillo en el dedo antes de ponerse de pie y guardar la caja. Miro el anillo.
Es precioso: la piedra central, impecable, está rodeada por un delicado halo de diamantes más pequeños y emana una belleza atemporal.
Me pregunto si lo compró expresamente para mí. —Esta no es la propuesta que había imaginado.
Sonríe con sorna. —Considéralo un ensayo.
Le doy un manotazo en el brazo, sabiendo que se refiere a nuestra noche y a cuando le dije que necesitaba práctica antes de ir a la universidad y estar con alguien más. —Eso no tiene gracia.
—Vale, lo siento —dice—. Vamos a comer.
Me ofrece el brazo y yo enlazo el mío con el suyo.
Un rato después, estamos en un restaurante muy elegante donde casi todos nos miran. —Es hora de poner en práctica esas dotes de actriz —dice en voz baja.
Esbozo una sonrisa mientras lo miro con cariño. —Lo tengo controlado.
Nos acompañan a nuestra mesa y nos sentamos. Él pide una botella de vino.
—Tú pagas la cena, ¿verdad?
Echa la cabeza hacia atrás con un suspiro. —Por supuesto. Pide lo que quieras.
Me río. —Pues mar y tierra.
Se ríe. —No esperaba menos de ti.
Hacemos el pedido y nos quedamos solos para disfrutar de nuestra mutua compañía. —Bueno, cuéntame qué has hecho desde que me fui.
Niego con la cabeza. —Poca cosa.
Frunce el ceño. —Venga ya. Han pasado años. Algo habrás hecho. ¿Conociste a algún chico? ¿Conseguiste por fin la práctica que buscabas? —sonríe con picardía.
Ladeo la cabeza. —¿Es tu manera de preguntarme si me he acostado con alguien?
Se encoge de hombros. —Simple curiosidad.
Niego con la cabeza. —Fui a la universidad. Claro que salí con gente.
—Pero —levanta un dedo— ¿te acostaste con ellos?
—Por supuesto.
Lo miro fijamente. No le cuento lo imposible que ha sido encontrar a alguien tan bueno como él. Algo me dice que ya tiene el ego bastante inflado.
—Vaya, esperaba seguir siendo el único con acceso a tu templo —dice sonriendo mientras levanta la copa de vino y da un sorbo.
—¿En serio? Tengo casi veinticinco años. ¿Te crees que solo me he acostado contigo?
Se encoge de hombros. —Pensaba que era imposible que llegaras virgen a los dieciocho, pero lo conseguiste.
Niego con la cabeza. —Vale, grandullón. ¿Con cuántas chicas has estado desde entonces?
Abre mucho los ojos. —Demasiadas para contarlas. Por eso estamos aquí, haciendo esto.
Eso me hace reír.
Sonríe con suficiencia. —Además, yo no te pedí un número.
—Cuatro —le digo.
Parece sorprendido. —¿En serio? ¿Solo eso?
Asiento, temiendo que me pregunte por qué es tan bajo. Por suerte, el camarero llega con la comida y dejamos de hablar mientras empezamos a comer.
Es difícil mantener una conversación de verdad cuando sientes que hay mil ojos clavados en ti.
Los flashes de las cámaras no paran y los susurros llenan el ambiente. Es abrumador, como vivir en una pecera. Intento adaptarme, pero tanta atención resulta agobiante.
¿Cómo aguanta esto todos los días? No puedo evitar sentirme como una extraña, una intrusa en este mundo de famosos.
Me inclino hacia él y susurro: —¿Cómo aguantas esto?
—¿El qué? —frunce el ceño, sin entender.
Está claro que esta es su realidad, el foco constante bajo el que vive día tras día.
—Todo el mundo mirándote y observando cada movimiento que haces. En serio, ni siquiera puedo disfrutar de la comida.
Por fin mira a su alrededor y cruza la mirada con varias personas. Se encoge de hombros. —Supongo que te acabas acostumbrando, aprendes a ignorarlo.