La prometida del campeón (Falsos prometidos multimillonarios nº 2) SAMANTHA #2
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SAMANTHA #2

Niego con la cabeza. —Yo no podría nunca.

—Vas a tener que acostumbrarte —me recuerda—. Vamos a hacer esto muy a menudo. Es lo que queríamos, ¿no? Que todos nos vean juntos. Salir del armario por fin. —Me guiña un ojo.

Terminamos de cenar y salimos a la acera, donde un montón de gente se agolpa alrededor de la puerta.

Todos llevan cámaras y nos hacen fotos o nos graban con sus móviles.

Los paparazzi son implacables: empujan a transeúntes inocentes y gritan: —¿Cuánto tiempo llevas saliendo con la hermana de tu mejor amigo? ¿Has terminado oficialmente con la modelo Rachel Smith? ¿Y qué hay de Sarah Harper?

Dom no responde.

Sus cámaras disparan sin descanso y me ciegan momentáneamente. El corazón empieza a acelerárseme. Nunca he vivido nada parecido a este caos.

—¿Cuáles son tus planes para tu nueva empresa? ¿Volverás a jugar al fútbol americano? —Los paparazzi siguen a lo suyo, avanzan y se empujan para conseguir el mejor ángulo.

Todos hacen un millón de preguntas. Rodeada por ellos, me agarro a Dom con más fuerza.

Debe de notar mi miedo, porque me rodea con el brazo, casi para protegerme mientras me guía hacia el coche.

Me abre la puerta y me dejo caer dentro.

La cierra rápidamente, rodea el coche y se pone al volante. Por fin, arrancamos.

Dejo escapar un largo suspiro. —¿Por qué no les has dicho nada?

Se encoge de hombros. —Es mejor hacerles esperar un poco. Ya haré una declaración oficial más adelante.

Me lleva a casa y llegados a este momento no sé muy bien qué hacer.

Normalmente, una cita termina con un beso de buenas noches. Pero esta no es una cita de verdad. Además, me da miedo que si me besa, nada me impedirá volver a lo de aquella noche. Algo que ninguno de los dos debería dejar que pase ahora que trabajamos juntos.

—Bueno, gracias por la cena —le digo.

Asiente. —Buenas noches, Sammy.

Pongo la mano en la manilla de la puerta, pero soy incapaz de moverme.

Nuestras miradas se cruzan; una atracción magnética nos acerca.

Lo veo humedecerse los labios y en ese momento el mundo a nuestro alrededor desaparece mientras la distancia entre nosotros se acorta. Justo cuando nuestros labios están a punto de rozarse, suena su teléfono y nos devuelve bruscamente a la realidad.

Maldita sea.

Mira el teléfono. —Es tu hermano.

Pongo los ojos en blanco, abro la puerta y salgo.

Subo a mi apartamento y me preparo para acostarme.

No puedo evitar sentirme un poco decepcionada, y no dejo de pensar en nuestra cena y en cómo me habría gustado que terminara: él subiendo a mi apartamento a tomar una copa que habríamos dejado intacta porque ninguno de los dos habría podido resistir más la tentación.

Me duermo enseguida, pero no sin sueños: acabo soñando con nuestra noche prohibida.

—Dom, nunca he... ya sabes, hecho eso con la boca a un hombre.

Se ríe. —¿Quieres decir que nunca le has hecho una mamada a nadie, Sammy?

Asiento, con la boca de repente seca. —¿Me enseñas?

Cierra los ojos un momento, como si rezara en silencio. —Que tu hermano no se entere nunca de esto.

Se pone de pie y me arrodillo ante él. Se baja el bañador por las caderas y su enorme polla queda libre.

Abro los ojos como platos al ver lo grande que es y ya no puedo esperar a probarlo.

Se la agarra y empieza a acariciarse. —Empezaré diciéndote lo que no debes hacer.

Lo miro con los ojos muy abiertos, lista para ser una buena alumna.

Me coge la mano y la pone sobre su gruesa polla. Guía mis movimientos de arriba abajo. Está tan duro bajo mis dedos y su piel es sedosa y suave. Se acerca la polla a mis labios y abro la boca.

—Nada de dientes —dice mientras desliza lentamente la polla entre mis labios, y decir que tengo la boca llena es quedarse corto.

Empieza a moverse dentro y fuera de mi boca mientras su mano me agarra la nuca y guía mis movimientos.

Está duro como una piedra en mi boca y siento que empiezo a arder de deseo.

—Joder, Sammy. Justo así —exhala.

Lo siento llegar al fondo de mi garganta y se me empiezan a llenar los ojos de lágrimas.

Su respiración se vuelve más pesada y su excitación me contagia tanto que noto cómo empiezo a mojarme solo de hacerle sentir tan bien.

Con la mano libre me toco el clítoris y empiezo a frotarme.

Gime al verme tocarme mientras le hago una mamada.

—Cuando me corra en tu boca, me ocuparé de ese coñito apretado y mojado.

Al instante, lo siento correrse en mi boca y me lo trago todo hasta la última gota.

Me limpio la boca. —¿Qué tal lo he hecho?

Me levanta y me pone de pie, luego me coge la barbilla. Me inclina la cabeza hacia atrás para que lo mire a los ojos.

—Eres una jodida natural.

Me despierto temprano porque suena el teléfono.

Ni siquiera abro los ojos para contestar. —¿Diga?

—¿Qué coño estoy viendo? —pregunta Aaron, casi gritando.

—No lo sé. No puedo ver lo que estás viendo, Aaron.

Resopla. —Tú. Tú y Dom anoche, como si estuvierais en una cita. ¿Qué coño?

Me río. —Ah, eso.

—¿Ah, eso? —dice, burlándose.

—Mira, no es lo que parece, ¿vale? —Abro los ojos y me incorporo en la cama.

—Entonces dime qué es antes de que me crea lo que parece.

—A Dom le han ofrecido una oferta increíble con Touch Down —empiezo.

—¿Qué? ¡Guau! ¡Eso es genial!

—Lo sé, ¿verdad? El único problema es que es una empresa familiar y quieren asegurarse de que comparten los mismos valores.

Querían que Dom cambiara su imagen pública.

La única manera de hacerlo es estar comprometido públicamente, demostrar a todos que ha madurado y sentado cabeza, que ahora está con una sola mujer.

Y obviamente, no puede hacerlo con cualquiera. Soy la única en quien confía.

—Entonces, ¿estáis fingiendo un compromiso para que todos crean que de repente es un hombre de familia?

—Sí, exactamente. Vas a ver nuestra relación de mentira por todo internet, estoy segura. En cuanto Touch Down esté satisfecho con su imagen, empezarán con su acuerdo de patrocinio y la empresa ganará un pastón —le prometo.

—Suena demasiado bueno para ser verdad. Mientras vosotros dos no estéis realmente... —Hace como que le dan arcadas.

—Que te den a ti también, hermano. Nunca cruzaríamos esa línea —miento.

Se ríe. —Lo sé, lo siento.

—Ajá —digo, y le cuelgo.