DOMINICK
—¿Estás bien? —pregunto mientras la levanto del suelo. Me vuelvo hacia su inútil entrenador—. ¿Qué coño te pasa? Eso es demasiado pesado para ella.
Se le salen los ojos de las órbitas. —Es la misma pelota de siempre. Nunca le había pasado nada.
Sam me pone las manos en el pecho y me aparta de su entrenador. —Está bien. Estoy bien. Todo está bien. No me he hecho daño. Es solo que… no estaba prestando atención —admite.
Sé que no estaba prestando atención porque no ha podido quitarme los ojos de encima desde que entró. Joder, no la juzgo. Yo tampoco he podido apartar la mirada de ella.
Cómo le subía y bajaba el pecho mientras su cuerpo pedía más aire, cómo le rebotaban las tetas mientras corría en la cinta… Me ha dejado con un problema que voy a tener que solucionar más tarde.
—¿Segura que estás bien?
Asiente con una sonrisa forzada. —Genial. —Mira el reloj—. En fin, nuestra hora ha terminado, así que me tengo que ir. —Da unos pasos hacia atrás—. Tengo una… cosa. Tengo una cosa —repite, y agarra su camiseta del suelo antes de salir corriendo hacia la puerta.
Su entrenador me mira y yo lo miro a él. Ninguno de los dos dice una palabra; cada uno se va por su lado.
Vuelvo a mi máquina para terminar el entrenamiento, incapaz de pensar en otra cosa que no sea Sam.
Cuando vi a su entrenador tocarla, quise levantarme y romperle los dedos.
Aaron y yo siempre hemos cuidado de Sam, siempre espantando a todos los tíos que tenían malas intenciones. Lo llevo grabado a fuego: protege a Sammy.
En el fondo, sé que esta no es la única razón de mi rabia. También hay celos. Parte de mí quiere ser el único que pueda tocarla, aunque sé lo mal que estaría.
Incluso me cuesta en la oficina cuando la veo hablar con los tíos. Me invade una oleada de celos cuando ellos le arrancan esas risas preciosas y sonrisas genuinas.
Es irracional, lo sé, pero no puedo evitar sentirme posesivo cuando los veo hablando con ella.
No es mía, no tengo derecho a reclamarla, y no debería sentir esto por ella, pero llevo así desde que tengo memoria.
No es ningún secreto que es una mujer independiente y fuerte, y puede hablar con quien le dé la gana. Pero eso no quita que quiera reclamar cada centímetro de su cuerpo otra vez y enseñarle quién manda.
Fue difícil ignorar a Sammy estas últimas semanas, pero sentí que necesitaba dejarle claro quién mandaba.
Fue un movimiento estratégico, una forma de afirmarme y establecer mi autoridad después de hacerme cargo de la empresa.
Me había subestimado, había dudado de mis capacidades, y no podía dejar que eso quedara así.
Le demostré que iba en serio, sin importar lo que opinara o el papel que tuviera en la empresa.
Mis decisiones han dado sus frutos: los ingresos de la empresa se han disparado más allá de lo que jamás imaginé.
Ahora somos una fuerza imparable, con un valor de millones por encima del que tenía la empresa originalmente.
El apoyo de los fans y los clientes es inquebrantable, y me regodeo en el éxito.
Sin embargo, bajo todo el orgullo y los logros, una parte de mí no podía quitarse de encima la sensación de que necesitaba darle a Sammy otra oportunidad.
Es inteligente, talentosa y tiene potencial para ser un activo valioso.
Quizás mi castigo de excluirla por completo fue demasiado duro, teniendo en cuenta que venía a trabajar y no tenía absolutamente nada que hacer.
Sé que la estaba volviendo loca, y verla constantemente sin hacer nada por la oficina, charlando con los tíos, también me estaba volviendo loco a mí, aunque de otra forma. Empezaba a preguntarme si ignorarla había sido lo correcto.
Cuando observé a Sammy en la degustación, no pude negar el cambio en ella.
Se presentó con ideas impresionantes y una actitud positiva.
Acabé disfrutando de su compañía e incluso planteándome involucrarla más en las decisiones. Fue refrescante y alarmante a la vez lo rápido que había cambiado su percepción. Era como si ahora confiara en mí, como si pudiera ver que sé exactamente lo que hago.
Pero trabajar tan cerca de ella era una batalla constante: mantener el foco en el éxito de la empresa y no dejar que mi mente se fuera a todas las guarradas que me gustaría hacerle.
Ocupa mis pensamientos como una fantasía, y no puedo quitarme de encima el deseo de tenerla una vez más.
Nos salimos con la nuestra una vez. Dudo mucho que pudiéramos repetirlo.
Termino el entrenamiento y doy la noche por acabada. Me voy a casa para ducharme, cenar y acostarme, así mañana puedo llegar a la oficina bien temprano.
Mientras voy conduciendo hacia la oficina, me suena el teléfono y veo que es Aaron. Contesto con una sonrisa. —Hola, Aaron, ¿qué pasa?
—Dom, tenía que llamarte para felicitarte por lo bien que le va a la empresa. Vi la valla publicitaria de Stay Young Live Young en Times Square, y es increíble. Estás llevando las cosas a otro nivel, tío.
—Gracias, tío. Tu apoyo significa mucho, y no podría haberlo hecho sin la base sólida que dejaste —digo agradecido—. ¿Qué tal las vacaciones con Vanessa y los niños?
—Están encantados con Nueva York, y esa valla publicitaria fue como una señal del universo de que no podría haber vendido mi empresa a nadie mejor. Lo estás petando.
—Voy aprendiendo sobre la marcha —me río.
—Entonces, ¿cómo va todo con Sammy en la oficina? ¿Ya está todo en marcha después del bache inicial? —pregunta, y parece que le interesa de verdad.
Suelto una risita. —Decir que tuvimos un bache es quedarse corto, pero las cosas han mejorado mucho. Está demostrando lo que vale, y creo que ahora vamos a una. Lo cual es un milagro, ya sabes lo cabezota que es tu hermanita.
Se ríe. —Bueno, parece que Sammy por fin reconoce lo que vales, ¿eh? Me alegra que haya entrado en razón.
Asiento. —Sabía que acabaría cediendo, solo me alegra que haya sido antes de lo esperado.
—Bueno, tengo que volver con mi mujer y los niños —dice, y puedo oír a sus hijos de fondo pidiendo que les haga caso.
—Claro, tío. Disfruta de las vacaciones con la familia —respondo, y cuelgo mientras salgo del coche y me dirijo al edificio de oficinas.
Según me acerco a la oficina, mis pensamientos se desvían hacia Sammy.
Cada mañana, me muero por verla, por empaparme de su belleza. Me pregunto qué llevará puesto, el color de sus carnosos labios mullidos y cómo se habrá peinado. Me fijo en cada detalle de ella, y nunca deja de captar mi atención y mantenerla.
Al entrar en el edificio, mis ojos se dirigen instintivamente hacia su oficina.
Ahí está, una visión de belleza que nunca deja de cortarme la respiración.
Su cabello oscuro y exuberante cae en cascada sobre sus hombros, enmarcando su rostro de muñeca.
Hoy lleva un vestido negro ceñido que acentúa cada curva, dejando lo justo a la imaginación.
Sus carnosos labios color cereza resultan tan tentadores, insinuando el atractivo que se esconde tras su fachada profesional.
Al sentirse observada, alza la vista hacia mí, pero no aparta la mirada; al contrario, sus ojos color avellana se clavan en los míos y un escalofrío me recorre la espalda.
Se lleva un bolígrafo a los labios y observo, hechizado, cómo lo coloca provocativamente entre ellos.
Se me pone dura de inmediato.
Necesito alejarme. Si no lo hago, entraré ahí y le demostraré lo poco que me gusta que me provoquen.
Le hago un gesto silencioso con la cabeza y me alejo, apresurando el paso hacia mi despacho.
Sé que cruzar esa línea tiene consecuencias, y no puedo permitirme perder el control.
—Tu reunión de las diez ha llegado y los he acompañado a la sala de conferencias —dice Sam, asomándose a mi despacho.
—Gracias. —Dejo mi trabajo ordenado en una pila para cuando vuelva y me levanto del escritorio, dirigiéndome a la sala de conferencias. Entro y me reciben un hombre y una mujer. Les dedico una sonrisa y les estrecho la mano.
—Es un placer conocerle por fin, Sr. Young. Soy Gavin y esta es mi hermana Olivia —dice el hombre, estrechándome la mano.
—Encantado de conocerlos —respondo, estrechándoles la mano—. Por favor, siéntense. ¿Les apetece algo? ¿Agua, café?
—No, estamos bien, gracias —dice Olivia, abriendo su carpeta—. Como sabe, queremos asociarnos con usted. Nos han llegado noticias de los cambios que ha hecho aquí y de lo bien que le ha ido. También hemos oído que quiere crear una línea de ropa, ¿es cierto?
Asiento. —Gracias. Nos ha ido bastante bien. Esperaba cierto rechazo tras cambiar el nombre, pero la empresa no ha hecho más que crecer desde que la adquirí. Y sí, estoy considerando crear una línea de ropa, aunque me temo que no será a corto plazo.
—Entendemos perfectamente que quiera consolidar su cartera de clientes antes de ampliar su línea de productos —dice Gavin—. Por eso esperamos que esta idea que tenemos pueda funcionar para ambos.
Me inclino hacia delante; tienen toda mi atención.
—Les escucho —les hago un gesto para que continúen.
—Bueno, estoy seguro de que conoce nuestra marca, Touch Down. La empresa la fundó nuestro padre hace muchos, muchos años y producíamos equipamiento de fútbol americano. La mayoría de los institutos y universidades nos encargaban sus uniformes de equipo.
Asiento; conozco bien su marca.
—Tras su jubilación, nos dejó la empresa y pensamos: ¿por qué limitarnos a los jugadores de fútbol americano?
¿Por qué no expandirnos y abarcar todos los deportes?
Y no solo para deportistas, sino para cualquiera que quiera mantenerse activo y en forma.
Fue entonces cuando empezamos a producir equipamiento para otros deportes junto con nuestra línea de ropa deportiva.
Vuelvo a asentir.