SAMANTHA #3
Sus ojos se oscurecen ligeramente, casi como si me estuviera imaginando en pantalones de yoga. Enseguida disimula esa mirada. —Hablando de pantalones de yoga, ¿conoces algún buen gimnasio por aquí? Necesito retomar mi rutina de ejercicios de verdad.
Asiento. —Sí, conozco algunos. ¿Dónde te alojas? Podría recomendarte algo cerca.
—Ahora mismo estoy alquilando el ático de The SkyLux.
—Oh, eso está bastante cerca de donde vivo. Hay un gimnasio entre tu casa y la mía. Se llama Unlimited.
Asiente. —Lo he visto.
—Es muy bueno. De hecho, pensaba ir a entrenar esta tarde después del trabajo. ¿Quieres que quedemos allí?
Arquea las cejas sorprendido. —Sí, claro.
Asiento. —Llegaré sobre las siete.
—Nos vemos entonces. —Se da la vuelta y entra en su oficina, y me quedo preguntándome qué acaba de pasar.
¿Qué demonios acabo de hacer?
Soy un manojo de nervios de camino al gimnasio.
¿Por qué le dije a qué gimnasio voy? ¿Por qué no sugerí uno al otro lado de la ciudad?
¿Por qué lo invité a ir conmigo? Ir al gimnasio es mi tiempo personal.
No tengo que hablar ni ser agradable con nadie.
Corro y sudo, y normalmente acabo hecha un desastre.
Ahora he invitado al hombre en el que no puedo dejar de pensar a verme así. ¿Qué me pasa?
Abro la puerta del gimnasio con la esperanza de que le haya surgido algo, pero me detengo en seco cuando lo veo charlando con un par de empleados dentro.
Por supuesto, están emocionados de tener a una celebridad como él aquí, y veo a las chicas mirándolo embobadas.
No es ninguna sorpresa; es encantador, exitoso y una figura prominente en el mundo del deporte y los negocios.
Suelto un largo suspiro y me acerco a ellos.
Se gira hacia mí con una sonrisa burlona. —Oye, me preguntaba si aparecerías.
Sonrío al ver que mi entrenador personal se acerca. —Hola, Sam —dice Tom, mi entrenador.
Le devuelvo la sonrisa.
Dom me mira. —¿Vienes mucho por aquí, entonces?
—Ya te lo dije.
—Sí, pero pensé que solo intentabas mandarme al peor gimnasio de la ciudad para dejarme plantado.
Me río. —No, este es un buen gimnasio. En fin, que disfrutes del entrenamiento.
Siento que el arrepentimiento me invade y vuelvo a regañarme.
¿Por qué pensé que era buena idea dejar que me viera hecha un desastre sudoroso después de entrenar?
Me alejo para empezar mi rutina de entrenamiento habitual con Tom.
—¿Lista para ponerte a trabajar?
—Hagámoslo.
Tom me lleva a calentar antes de empezar.
No puedo evitar observar a Dom mientras se mueve libremente por el gimnasio. Está claro que conoce los ejercicios que mejor le funcionan y no necesita contratar a un entrenador.
Intento concentrarme en mi entrenamiento, pero no puedo evitar lanzarle miradas furtivas a Dominick mientras hace sus ejercicios.
Es casi de locos lo bien que está. El sudor le cae por la frente y hace que su cabello sedoso brille; la camiseta se le pega al cuerpo y revela cada contorno esculpido que mis manos ansían tocar.
La forma en que se muerde el labio mientras se concentra solo aumenta mi atracción prohibida, y tengo que recordarme que no se me caiga la baba.
Siento el calor crecer dentro de mí y me hierve la sangre. ¿Tiene idea de lo que me está provocando?
Sacudo la cabeza para aclararme las ideas; no esperaba que me distrajera tanto.
Tampoco esperaba pillarlo mirándome. Está levantando pesas mientras nos observa a Tom y a mí. Cuando Tom me pone la mano en el estómago para corregirme la postura, veo que algo cruza el rostro de Dom. ¿Son celos? ¿Está celoso de que otro hombre me toque?
Después de unos quince minutos de ejercicio, estoy que ardo y me quito la camiseta.
La tiro al suelo antes de subirme a la cinta con solo los pantalones de yoga y el sujetador deportivo.
Hago todo lo posible por mantener la vista al frente, pero fracaso estrepitosamente: mis ojos se desvían y se encuentran con los de Dom.
Si pensaba que tenía calor antes, no es nada comparado con ahora.
Su mirada clavada en la mía solo ha hecho que me hierva más la sangre.
Veo cómo sus ojos recorren mi cuerpo, casi como si estuviera grabando cada una de mis curvas en su memoria.
Es como si me desnudara con la mirada, una danza de seducción silenciosa que me despoja de cada capa de ropa hasta dejarme sin nada.
Me muerdo el labio, dividida entre la parte racional de mi cerebro, que me dice que es mala idea sentir esto por él, y el deseo abrumador de disfrutar de este pequeño juego; pero sé que es territorio peligroso.
Tengo que quitármelo de la cabeza para concentrarme en correr antes de tropezar y estamparme contra la pared de atrás.
Después de correr una milla, me bajo de la cinta y Tom insiste en que nos pasemos el balón medicinal.
Odio este ejercicio porque tengo una fuerza de brazos de mierda, pero lo hago porque para eso le pago.
Mis ojos se encuentran con los de Dom una vez más y me quedo atrapada, incapaz de apartar la mirada.
Tom no parece darse cuenta y me lanza el balón medicinal. Me da en el pecho y caigo de culo. La vergüenza me invade, pero enseguida se me pasa cuando Dom se apresura a ayudarme a levantarme. Sus manos en mis brazos hacen que se me encoja el estómago de deseo.