La prometida del campeón (Falsos prometidos multimillonarios nº 2) SAMANTHA
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SAMANTHA

Sí, una máquina del tiempo sería perfecta, pienso mientras lo veo salir por las puertas.

Cuando se lo dije antes, supe cómo lo interpretó. Pensó que la quería para retroceder al tiempo antes de que comprara la empresa. Pero no es eso lo que quiero. La quiero para poder revivir nuestra noche. Es como si hubiera despertado algo dentro de mí que ni siquiera sabía que existía.

Ojalá no hubiera dejado que mis emociones se apoderaran de mí esa noche con él. Me he dado cuenta de que la mayor parte de mi problema con que Dom haya tomado el control no tiene que ver con cómo lleva el negocio. Todo se reduce a que esa noche no fue suficiente.

Era bastante fácil ignorarlo cuando no tenía que verlo ni estar cerca de él, pero ahora que ha vuelto a mi vida, es casi imposible ignorar cuánto lo deseo otra vez.

¿Por qué tiene que ser tan irresistible? Es como si cada vez que lo veo, sintiera el corazón acelerarse y las palmas empezaran a sudarme. Pero no puedo caer en eso, simplemente no puedo. Involucrarme con él de nuevo sería un desastre asegurado.

No puedo dejarme llevar por estos deseos, por muy tentadores que sean.

Necesito encontrar la manera de pasar página, de olvidar esa noche y concentrarme en mi trabajo.

Me aparto de la barandilla y voy a mi oficina a recoger mis cosas para irme a casa.

He estado con algunos hombres desde la noche en que Dom me quitó la virginidad.

Solo llevaba un mes en la universidad cuando acepté mi primera cita.

Se llamaba James y me llevó a cenar a un local frecuentado por universitarios.

Después, tomamos unas copas en un bar que él conocía donde servían a menores de edad.

Sabía cómo iba a terminar la noche y estaba emocionada.

Quería volver a sentir eso. Sin embargo, cuando llegó el momento, no fue igual. Comparado con Dom, fue horrible.

Supongo que no deberías empezar con lo mejor, porque todo lo que viene después no se le puede comparar. Perder la virginidad con Dom solo hizo que persiguiera esa sensación una y otra vez con otros hombres, para acabar siempre decepcionada.

Todos se quedaron cortos y me dejaron sintiéndome vacía y decepcionada.

Sacudo esos pensamientos de la cabeza mientras recojo mis cosas y me encamino hacia la puerta.

Estoy más que lista para estar sola en casa, donde puedo derrumbarme sin que nadie lo presencie.

Me despido de todos mientras salgo, prácticamente corriendo hacia la puerta en cuanto estoy lo bastante cerca.

Voy hasta mi coche y me deslizo tras el volante; la mirada se me va hacia la plaza de aparcamiento que ahora reza Dominick Young, CEO.

Veo que Dom sigue aparcado en su sitio. Mientras arranco el coche y empiezo a dar marcha atrás, la luz de presión de los neumáticos se enciende de repente.

—Mierda —murmuro entre dientes, molesta por el mal momento.

Salgo del coche y confirmo mis temores: el neumático trasero izquierdo está completamente pinchado.

Justo cuando estoy pensando en llamar a la asistencia en carretera, veo que Dom viene hacia mí. El corazón me da un vuelco cuando se acerca.

—Oye, Sam, déjame echarte una mano —ofrece.

Intento parecer indiferente, pero por dentro soy un torbellino de emociones.

Sé que me vendría bien su ayuda, pero estoy dividida entre querer estar cerca de él y mantener una distancia prudente.

Con cada paso que da hacia mí, el cuerpo me reacciona como si tuviera mente propia.

Es como si todo mi ser se sintiera atraído hacia él, y los sentidos se me agudizan.

El corazón se me agita al oír su voz, y no puedo evitar fijarme en cómo se humedece los labios antes de hablar, lo que me provoca escalofríos por toda la columna.

Intento reprimir los recuerdos de aquella noche que compartimos, pero siguen inundándome la mente cada vez que está cerca.

Le digo que lo tengo todo controlado. Pero él me cala enseguida, y me siento como una tonta. Por supuesto que no lo tengo controlado. El neumático pinchado es prueba suficiente.

Me dedica esa sonrisa deslumbrante que solo consigue que me fije en sus preciosos hoyuelos.

—Terca como siempre —bromea. A pesar del caos que siento por dentro, hay algo en su seguridad que me tranquiliza.

Sin esperar mi consentimiento, se pone manos a la obra. Se quita la chaqueta del traje y se arremanga, dejando a la vista sus antebrazos tonificados.

Se me corta la respiración al darme cuenta de que me he quedado mirándolo, cautivada por lo que tengo delante.

Intento apartar la mirada para no revelar lo mucho que me afecta su presencia, pero cada vez me cuesta más.

En poco tiempo, Dom termina de arreglar el neumático, y no puedo dejar de lanzarle miradas furtivas.

Gotas de sudor le brillan en la frente, y cuando se desabrocha la camisa y se la quita de un tirón, el corazón me da un vuelco.

—Hace demasiado calor para llevar camisa —dice, y noto cómo el rubor me sube por las mejillas.

Joder, está ridículamente bueno.

—Gracias, Dom —logro decir, intentando mantener la compostura mientras me recreo la vista con ese cuerpo de atleta profesional.

No me malinterpretes, es muy fotogénico, pero en persona está aún más sexy de lo que cualquier fotografía podría reflejar.

Trago saliva mientras intento recordarme que ahora es mi nuevo jefe y que toda esta situación está prohibida.

—Cuando quieras, Sammy —responde.

Nos quedamos atrapados en una mirada ardiente, y por un momento, es como si el mundo a nuestro alrededor se desvaneciera. Hay una química innegable entre nosotros, pero sé que no puedo adentrarme en este terreno peligroso.

Se humedece los labios y veo cómo sus ojos empiezan a recorrerme el cuerpo con avidez.

Justo cuando la tensión se vuelve casi insoportable, Austin, del departamento de ventas, nos interrumpe. —Sr. Young, ¿le importaría firmarme este cromo de fútbol americano? —pregunta, mostrando el cromo con una sonrisa expectante.

Un destello de fastidio cruza el rostro de Dom, y no puedo evitar sonreír.

—Será mejor que te vayas antes de que los empleados formen otra cola para conocerte —bromeo, intentando ocultar la decepción en mi voz. No quiero que este momento termine, pero sé que es lo mejor.

Se ríe, claramente divertido por mi comentario, y me abre la puerta del coche. —Conduce con cuidado, Sam —dice, con la mirada fija en mí un momento más de lo necesario.

Asiento, intentando ignorar el revoloteo en mi pecho mientras entro y arranco el coche.

Justo antes de alejarme, le echo un último vistazo, sabiendo que esta atracción no será fácil de ignorar. Pero por ahora, tengo que mantener la distancia y recordarme que algunas puertas deben quedarse cerradas.

Han pasado unas semanas con Dom al frente de la empresa y, por mucho que me gustaría decir que las cosas han mejorado, no es así.

De hecho, las cosas solo han empeorado. Parece que Dom está haciendo todo lo posible por evitarme. Y la verdad, no lo culpo por todos los problemas que causé el primer día.

No puedo evitar preguntarme si la conexión que creí sentir cuando me arregló el neumático fue solo cosa mía. Tal vez simplemente estaba siendo amable.

¿Me hice demasiadas ilusiones con sus gestos ese día? ¿Fue solo cosa de mi imaginación? No logro quitarme de encima la sensación de que malinterpreté toda la situación y dejé que mis emociones se desbocaran.

Ahora puedo verlo con claridad: la cagué por completo. Sin embargo, no tengo ni idea de cómo arreglarlo.

Lo hacía todo aquí para Aaron. La mayoría de los días iba de un lado a otro como pollo sin cabeza. Me gustaba estar ocupada y ser productiva. Trabajar para Dom, sin embargo... bueno, más bien debería decir no trabajar.

Con el paso del tiempo, no puedo quitarme de encima la sensación de que soy solo otro adorno en la pared de la oficina, que me confundo con el fondo.

Parece que Dom no necesita mi ayuda ni mi colaboración para dirigir la empresa.

Es como si no me pidiera nada. Lo hace todo solo.

Y las pocas veces que me he ofrecido a ayudar con algo, me ha rechazado.

Es como si hubiera salido por la puerta y él me mantuviera fuera en lugar de dejarme volver a entrar.

De nuevo, culpa mía. No debería haber actuado así, pero estaba disgustada.

Poco a poco lo voy superando. Al menos, lo haría si me dejaran trabajar.

Cada mañana vengo a la oficina solo para sentarme detrás de mi escritorio.

Es impresionante lo rápido que Dom parece haber cogido las riendas de la empresa, a pesar de no tener experiencia previa en este puesto.

Parece tener un talento natural para liderar y tomar decisiones. Me pregunto si lo subestimé desde el principio.

Antes de que se hiciera cargo, dudaba de que pudiera con las responsabilidades de dirigir un negocio.

Al fin y al cabo, era más conocido por su estilo de vida de playboy y su éxito en el campo de fútbol americano que como hombre de negocios.

Pero me está demostrando lo equivocada que estaba a cada paso.

El gran cambio de nombre ya se ha producido y, para mi sorpresa, no hemos perdido ni un solo cliente. Que el director ejecutivo sea el favorito de los aficionados al fútbol americano solo ha servido para duplicar nuestros ingresos y producción habituales.

Odio haberme equivocado, pero al mismo tiempo me alegro de que a la empresa le vaya bien.

Hay un nuevo letrero en el edificio, un logo pintado en el suelo del vestíbulo justo frente a la puerta, para que lo veas nada más entrar.

Hay carteles en el mostrador del vestíbulo.

Todos los anuncios del vestíbulo se han renovado con la nueva imagen y, para colmo, hay camisetas, bolígrafos, tazas de café, gorras y papelería por toda la oficina con el nuevo logo.

Es como si mire donde mire hubiera un recordatorio.

No solo del gran cambio, sino de cómo actué ese día.

La empresa nunca había tenido tanta visibilidad pública. Dom no para de dar entrevistas sobre por qué dejó el fútbol americano para convertirse en director ejecutivo de una empresa de deportes y salud. Cada entrevista nos trae más clientes.