La prometida del campeón (Falsos prometidos multimillonarios nº 2) DOMINICK #2
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DOMINICK #2

—Tu hermana es el problema —le digo.

—Oh. Sí, me lo veía venir.

—Está furiosa contigo y la está pagando conmigo.

Se ríe.

—Bueno, no es la primera vez.

—No, no es la primera vez, pero joder, tío. Necesito que colabore. Si los demás empleados la ven actuar así, seguirán su ejemplo. He hablado con ella de todo, entiende mi postura, pero sigue siendo tan jodidamente cabezota.

—Yo también hablé con ella de todo. Solo necesita tiempo para asimilarlo. Ya sabes cómo es. Se resiste a cualquier cambio. Te advertí de que aguantarla sería lo más difícil de todo esto.

—Lo sé.

Me froto los ojos.

—Al menos tienes al resto del personal de tu lado. Algo es algo.

—Sí, supongo que tienes razón.

—Respira hondo. Sal antes y vete a tomar algo. Sammy acabará aceptándolo. Solo tienes que tener paciencia.

—Vale, tío. Hablamos luego.

Cuelgo y vuelvo al trabajo, revisando los expedientes de los empleados y tomando notas.

No salgo antes como me sugirió Aaron. Hay demasiado trabajo pendiente.

Repaso todos los paquetes de beneficios e incluso investigo sobre aseguradoras a las que podríamos cambiarnos para ahorrarles algo de dinero a los empleados.

Cada céntimo cuenta, y si trabajan duro para mí, haré todo lo posible por mejorar las cosas para ellos.

El día llega a su fin. Apago las luces del despacho y me dirijo a la puerta. Al salir, varios empleados me paran para pedirme que les firme cromos y pósteres de fútbol para sus hijos y familiares.

—¡Eh, Dominick! ¿Te importaría firmarme este cromo para mi hijo? ¡Es tu mayor admirador! —Alex, de Recursos Humanos, se me acerca con una sonrisa de oreja a oreja.

—Por supuesto, Alex. Considéralo hecho —respondo, cogiendo el cromo y garabateando mi firma.

Antes de que pueda seguir, Lisa, una de las comerciales, me pone un balón delante.

—Sr. Young, ¿podría firmármelo para mi sobrino? ¡Cree que usted es lo más!

Me río y cojo el balón.

—Claro, dámelo.

Es lo último que me apetece hacer hoy, pero quiero causar buena impresión, así que firmo todo lo que me ponen delante. Una vez que acabe con esto, espero no tener que volver a hacerlo.

Conozco a muchos empleados, les estrecho la mano e incluso me hago fotos con ellos. Ya estoy decidido a largarme cuando alguien me para otra vez.

—Hola, Dominick, soy Shannon, la nueva del equipo de marketing —dice con un tono ligeramente provocador.

—Encantado, Shannon.

—Tengo que decir que este lugar se ha vuelto mucho más interesante contigo de jefe —dice, enroscándose un mechón del pelo rubio en los dedos. Le dedico una sonrisa forzada.

—Bueno, estoy aquí para hacer cambios positivos y llevar esta empresa a lo más alto.

Se ríe.

—Oh, de eso no tengo ninguna duda —dice, guiñándome un ojo—. Ya sabes lo que dicen, que las primeras impresiones son importantes. Así que, ¿qué tal si hacemos que esta sea memorable?

Arqueo una ceja, curioso por sus intenciones.

—¿Y cómo propones que lo hagamos?

Da un paso hacia mí.

—¿Qué tal si nos hacemos una foto juntos? Ya sabes, para presumir de mi nuevo jefe con mis amigas.

Su descaro me pilla desprevenido, pero acepto a regañadientes.

—Bueno, supongo que una foto rápida no hará daño.

Shannon saca el móvil y sonreímos para la foto. Se acurruca muy cerca.

Demasiado cerca.

En cuanto dispara, me aparto dejando una distancia evidente entre nosotros.

—Perfecto —dice con una sonrisa—. Ahora tengo prueba de que de verdad eres mi jefe.

Me aclaro la garganta.

—Genial, que pases buena tarde.

Me doy la vuelta y me encuentro con unos cuantos empleados más haciendo cola para las fotos.

Joder. Voy a tener que poner límites por aquí. No necesito fans, necesito empleados. Pero como es el primer día, hago lo que me piden y poso para más fotos con cada uno mientras me voy acercando a la puerta.

Por fin tengo la mano en la puerta, listo para empujarla y salir, pero algo me dice que mire atrás.

Lo hago, y encuentro a Sam de pie en el altillo, apoyada en la barandilla igual que esta mañana cuando llegué. Tiene los ojos clavados en mí y, por primera vez en todo el día, no parece enfadada.

Nuestras miradas se cruzan y solo puedo pensar en nuestra noche. Ella me mira de la misma manera. Sus ojos color avellana están entornados de deseo, llenos de necesidad.

Se me tensa el estómago y me hierve la sangre. Algo me dice que ella tampoco consigue sacarse aquella noche de la cabeza. Aunque ya ha pasado tiempo suficiente para que ninguno de los dos pensara en ello. Supongo que hay cosas que no se olvidan fácilmente.

Aparto la mirada, empujo la puerta y salgo al aire cálido de la tarde, más que listo para dar el día por terminado.

Mientras camino hacia mi plaza de aparcamiento, no puedo evitar sentir satisfacción al ver el cartel de reservado que dice Dominick Young, CEO.

Es un recordatorio de que ahora soy el dueño de este lugar y aquí mando yo, le guste a Sam o no.

Subo a mi elegante Maserati negro, el motor cobra vida con un ronroneo, y lo acelero, listo para irme a casa y relajarme después de un largo día en la oficina. Antes de salir, decido poner música para el trayecto y navego por mi lista de reproducción.

Elijo una canción y empiezo a salir marcha atrás de mi plaza. Pero justo cuando estoy a punto de irme, veo a Samantha junto a su coche con una rueda pinchada. Parece un poco agobiada.

Sin dudarlo, salgo del coche y me acerco a ella.

Le dedico una sonrisa cálida.

—Oye, Sam, déjame echarte una mano.

Me mira sorprendida de que me haya acercado a ayudarla.

—No hace falta, Dom. Puedo llamar a alguien.

Arqueo una ceja con una sonrisa pícara.

—Esto tiene fácil arreglo, Sam.

Resopla y se pone la mano en la cadera.

—Lo tengo todo controlado.

Miro de ella a la rueda pinchada. Desde luego no lo parece.

—Testaruda como siempre —bromeo mientras me quito la chaqueta del traje y me remango, dejando a la vista los músculos tonificados de mis brazos. Su mirada se detiene en mis antebrazos y percibo una chispa de deseo en sus ojos, un leve rubor extendiéndose por sus mejillas.

Finalmente cede, dándose cuenta de que mi ayuda le vendría bien.

—Vale —dice con un suspiro suave.