La prometida del campeón (Falsos prometidos multimillonarios nº 2) SAMANTHA #2
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SAMANTHA #2

Niega con la cabeza. —Amiga, ¿te has olvidado de que era noche de tacos?

—pregunta con incredulidad—. ¿Y estás deprimida?

Solo comes ensalada sin pollo cuando estás triste.Suelto una pequeña risa.

Chelsea me conoce muy bien. La mayoría de las chicas recurren a comidas reconfortantes como helado o comida basura cuando se sienten mal, pero yo siempre he sido todo lo contrario.

Cuando la tristeza me agobia, se me quita el apetito y tiendo a optar por comidas ligeras y sencillas que requieren poco o ningún esfuerzo para preparar o comer.

—Lo siento, Chels. Se me olvidó por completo lo de la noche de tacos. Solo he podido pensar en que hoy Aaron se va oficialmente —confieso.

Chelsea me mira comprensiva. —Está bien, Sammy. Por suerte para ti, he comprado vino. El vino lo arregla todo, ¿verdad? —dice con un toque de picardía, intentando animarme.

Me río. —O te hace sentir peor.

Chelsea va hacia el armario, saca dos copas de vino y vierte una cantidad generosa en cada una antes de pasarme una. Me llevo la copa a los labios y doy un largo trago.

Chelsea se apoya en la encimera mientras pone la mantequilla en la sartén para preparar los tacos.

—Entonces, ¿qué vas a hacer, Sam? —pregunta con genuina preocupación.Suspiro antes de responder.

—Supongo que lo único que puedo hacer. Mañana me presentaré y me dejaré llevar.

Intentaré adaptarme a que entre un nuevo jefe y ocupe el lugar de mi hermano.

Ocupando lo que se suponía que iba a ser mi lugar —admito, y la amargura se filtra en mis palabras. Solo pensarlo duele aún más.

Suspira mientras remueve la mantequilla en la sartén. —Lo siento, Sam. Intenta ser positiva con todo esto. Puede que resulte mejor de lo que esperas. Mantén la mente abierta; nunca se sabe —dice, ofreciéndome un rayo de esperanza.

Me encojo de hombros. —¿Qué otra opción tengo?

Chelsea se queda en silencio, con la mirada fija en la sartén chisporroteante, señal de que le está dando vueltas a algo. —Suéltalo, Chelsea —digo con una risita, curiosa por saber qué pensamientos le rondan por la cabeza.

—Bueno... ¿crees que tu hermano podría sospechar de lo que pasó entre tú y Dominick? —baja la voz como si no fuéramos las únicas dos personas en mi apartamento.

Frunzo ligeramente el ceño. —Estoy bastante segura de que, si lo supiera, no le habría vendido la empresa a Dom. Eso seguro.

Doy otro sorbo de vino mientras pienso en las palabras de Chelsea.

Aaron no puede enterarse nunca.

Al poco rato, el apartamento se llena del irresistible aroma de los tacos de bistec con ajo. Chelsea se queda un rato y vemos nuestra serie favorita mientras cenamos y nos ponemos al día. Está perdidamente enamorada de un chico que conoció hace un mes.

Siempre me burlo de ella por enamorarse tan rápido solo para cambiar de novio un par de meses después, en cuanto se aburre.

Sin darnos cuenta, nos terminamos la botella de vino y ya son casi las once.

Cuando Chelsea se va, recojo el desorden y me dejo caer en el sofá. Me siento mucho mejor después de su visita. Ha estado bien olvidarme de la empresa de mi hermano, aunque solo haya sido por un rato. Enciendo la tele porque no quiero quedarme en silencio, y todavía no estoy lista para acostarme.

Como no consigo concentrarme en la tele, la apago. Paseo la mirada perezosamente por el salón hasta que se posa en un viejo álbum de fotos.

Sonrío mientras me levanto a cogerlo.

Me siento de nuevo en el sofá con el álbum en el regazo, lo abro y paso las páginas llenas de fotos de mi infancia.

En la mayoría salimos Aaron, Dom y yo. Sonrío al ver nuestras caras de niños. Supongo que Dom no es tan mal tipo, después de todo.

Al crecer en un pequeño pueblo de Texas, el fútbol americano lo era todo.

Todo el pueblo acudía a ver los partidos del instituto.

Aaron y Dom eran los reyes del lugar, los que todos querían ser. Crecí viéndolos jugar juntos. No fue ninguna sorpresa que Dom llegara a profesional. Todos esperaban que Aaron también lo hiciera, pero el fútbol no significaba para él lo que todos creían.

Crecer a su sombra fue difícil, por no decir otra cosa.

Las chicas del instituto me utilizaban para acercarse a ellos. Y los chicos no querían saber nada de mí porque les aterraba que Aaron y Dom les dieran una paliza.

Así fue también como acabamos con ese enorme secreto entre nosotros.

Mi mente divaga, recordando aquella noche…

Es mi fiesta de graduación y parece que todos están celebrando menos yo.

Aaron y Dom incluso han vuelto para celebrar conmigo, y todo el instituto está aquí, en la cabaña de mi familia.

El alcohol corre libremente y la fiesta está en pleno apogeo.

Aaron se fue a casa con su prometida, Vanessa, hace horas, mientras que Dom decidió hacer de niñera para asegurarse de que estuviera a salvo, ya que soy menor de edad y estoy bebiendo.

Intenté decirles que no iba a ir a ninguna parte, pero me dijeron que no era de mí de quien desconfiaban.

Eran todos los adolescentes borrachos a mi alrededor los que les preocupaban.

La fiesta está terminando y voy a mi habitación a ponerme un bikini para relajarme en el jacuzzi. No tengo ni idea de dónde se ha metido Dom, pero sé que anda por aquí. Solo cuando salgo a la terraza trasera lo encuentro, sin camiseta en el jacuzzi. Le dedico una sonrisa triste.

—¿Puedo unirme?

Se encoge de hombros.

—Es tu casa.

—Técnicamente es de mis padres, pero casi.

Me meto en el agua y me siento frente a él.

—Bueno, ¿has disfrutado de tu fiesta?

Resoplo.

—No. No sabía que iba a tener niñeras.

Se ríe.

—Sí, Aaron dijo que te enfadarías. Echa la culpa a tus padres. Le dijeron que si no venía, no te dejarían hacer la fiesta.

Pongo los ojos en blanco.

—Cómo no. Tengo dieciocho años y todavía me tratan como a una niña.

—Bueno, quizá deberías darle las gracias a tu hermano —me dice, dándole un trago a su cerveza.

Me recuesto y bajo la mirada hacia mi pecho para asegurarme de que la parte de arriba del bikini no se ha movido.

—¿Te sientes mayor ahora que has terminado oficialmente el instituto?

Me encojo de hombros.

—No me puedo creer que esté a punto de empezar la universidad.

—¿Estás emocionada?

—No —respondo sin pensar.

Parece sorprendido.

—¿Por qué? La universidad es genial. Sin padres, muchas fiestas.

—Algo me dice que para mí no va a ser lo mismo.

—¿Por qué?

—No soy como tú y Aaron, ¿vale? No encajo como vosotros. No soy popular. O sea, todavía soy virgen, por el amor de Dios —confieso, y las palabras me salen de la boca sin pensar, efecto del alcohol—. Vamos, ¿cuánta gente llega virgen a la universidad?

Se le enrojece un poco la cara con mi confesión. Frunce los labios antes de preguntar:

—¿Cómo? ¿Cómo es eso siquiera posible? O sea, mírate.

Hace un gesto señalándome y lo miro, y lo veo por primera vez. Dominick Young me desea.

Se me ocurre una idea… Una de la que seguro me arrepentiré.