DOMINICK
Dejo un vaso de agua en la mesita de noche antes de poner la alarma.
Aparto las mantas y apago la luz, acomodándome. Todavía es pronto y sé que el sueño no llegará fácilmente. No soy de los que se acuestan temprano y madrugan.
He pasado la mayor parte de mi vida despierto hasta altas horas de la madrugada.
Es un cambio de vida importante para mí, pero lo recibo con los brazos abiertos.
Jugar en la NFL ha sido un sueño increíble hecho realidad.
El fútbol americano siempre ha sido mi pasión, un fuego que arde en lo más profundo. Nunca olvidaré el día en que recibí la llamada diciéndome que me habían seleccionado en el draft de la NFL.
Sigue siendo uno de los momentos más increíbles de mi vida.
Recuerdo vívidamente el momento de firmar mi primer contrato y darme cuenta del inmenso valor que conllevaba ser reconocido como uno de los mejores del país. Fueron unos asombrosos 36,9 millones de dólares, una cifra que me abrumó y me emocionó a la vez.
A partir de ese momento, aproveché las numerosas oportunidades que se me presentaron. Los patrocinios llegaron a una velocidad abrumadora, pero en medio del glamur y los reconocimientos, mantuve los pies en la tierra.
Recuerdo las incontables horas de entrenamiento, los sacrificios y la determinación que impulsaron mi ascenso a la cima. El fútbol americano no es solo un juego para mí; es mi vida.
Pero era hora de un cambio.
El desgaste que este deporte tan exigente ha causado en mi cuerpo ya no se puede ignorar.
Estoy harto de los baños de hielo, las diversas terapias y todas las medidas que tomaba para aliviar el dolor muscular. Es un ciclo implacable, y me doy cuenta de que no puedo someter mi cuerpo a esto eternamente.
Todavía me queda mucha vida por delante y no quiero pasarla curando heridas por jugar al fútbol.
Nunca quise ser uno de esos viejos que simplemente no saben cuándo dejarlo.
Acabo de cumplir treinta y dos años, pero quería retirarme con estilo mientras todavía estaba en mi mejor momento.
Y eso es lo que estoy haciendo. No quiero que mis fans presencien mi declive a medida que envejezco y me deterioro. Quiero despedirme por todo lo alto.
Los fans están enfadados porque me retiro, pero no ven las cosas como yo.
Ya he llegado a la cima. Si sigo adelante, solo puedo ir hacia abajo, y no voy a permitir que mi legado sea ese.
Cuando Aaron me dijo que estaba pensando en vender su empresa, supe que era el cambio que necesitaba.
Siempre he respaldado su empresa públicamente, así que esto no debería sorprender a nadie que me siga.
Y como Aaron y yo somos amigos de toda la vida, nadie lo entiende a él ni a esta empresa mejor que yo.
He usado sus suplementos desde que creó el primero.
Los he promocionado y he ayudado a venderlos a aspirantes a jugadores de fútbol americano.
Convertirme en el director ejecutivo de The Long Game me parece una progresión natural, como si estuviera destinado a esto.
Mis fans ya me ven como una de las caras de la empresa, gracias a los anuncios, las sesiones de fotos y las innumerables apariciones en eventos que he hecho en nombre de mi mejor amigo.
He construido una fuerte conexión con la marca.
Es como si me hubiera estado preparando para este papel desde siempre.
Tener mi propio negocio siempre ha sido algo inevitable para mí, algo que daba por hecho. Nunca fue cuestión de si tendría mi propio negocio, sino de cuándo.
¿Cuándo tendría el valor de alejarme del mundo del fútbol americano? ¿Cuándo dejaría atrás la competición y los focos que se habían convertido en mi zona de confort?
Ahora ha llegado el momento.
Si Aaron no me hubiera propuesto la idea de vender su empresa, me habría aventurado en el mismo ámbito de los suplementos deportivos.
Es una industria que conozco de cabo a rabo, y crear algo desde cero habría sido un desafío emocionante.
Pero al hacerlo, inevitablemente me habría convertido en competencia de Aaron, y eso es lo último que quiero.
Aaron es uno de mis amigos más antiguos y crecimos como hermanos. Nos hemos apoyado en las buenas y en las malas.
La idea de convertirme en su rival simplemente no me cuadra. Así que cuando me propuso pasarme la antorcha, no podría haber estado más feliz. Sentí que era lo más apropiado. ¿Quién, aparte de él, puede dirigir la empresa mejor que yo?
Tengo algunas ideas propias y estoy deseando dar este próximo paso. Lo único que me genera dudas es tener que trabajar con Samantha, la hermana pequeña de Aaron.
No la he visto en años, no desde aquella noche prohibida que pasamos juntos.
Mi mente divaga, pensando en la noche que he guardado bajo llave en mi memoria.
—¿Cómo es posible? —pregunta ella—. ¡Tú! Tú y Aaron, así es como es posible.
Hace un gesto hacia mí, lo que hace que sus pechos, cubiertos únicamente por la parte de arriba de su bikini rojo, se agiten y atraigan mi atención.
—¿En serio nos estás culpando a mí y a tu hermano de que todavía seas virgen? ¡Si ni siquiera hemos estado en la ciudad!
Ella asiente.
—Todo el mundo sabe quiénes sois vosotros dos. Las chicas del instituto solo me usaban para acercarse a vosotros, y los chicos no me tocarían ni con un palo porque estaban seguros de que los matarías. Créeme, he intentado regalarla. Ni siquiera eso pude hacer bien.
Se recuesta hacia atrás, haciendo que sus tetas queden bajo el agua. Cuando vuelve a incorporarse, la parte de arriba está mojada y pegada a su piel. Veo cómo se le endurecen los pezones ante mis ojos.
De repente tengo la boca seca y me humedezco los labios antes de dar un trago a mi cerveza.
—Lo siento, Sammy. Nunca quise interponerme en tu camino de esa manera.
—No pasa nada. O sea, he vivido a vuestra sombra, la tuya y la de Aaron, toda mi vida. ¿Por qué no también en la edad adulta?
No puedo evitar reírme.
—Ah, ¿así estamos?
Ella sonríe con suficiencia y se encoge de hombros.
—Solo digo que habéis frenado mi desarrollo. Digo yo que querrías echar una mano.
Arqueo las cejas con los ojos muy abiertos. —¿Ayudar? ¿Y cómo se supone que haga eso?
Se le sonrojan las mejillas y se muerde el labio inferior. —Podrías quitarme la virginidad.
—¿Qué? —casi grito de la sorpresa.
—Vamos. ¿Por qué no? Soy mayor de edad, así que no es ilegal ni nada.
Además, sería casi perfecto si fueras tú.
Puedo confiar en ti. Sé que no me harás daño.
Y los dos tendremos claro lo que es esto.
No tiene nada que ver con amor ni sentimientos.
Es solo sexo. Te has acostado con un montón de chicas. ¿Por qué no conmigo?
Estoy nervioso. Siento el estómago hecho un nudo. —¿Por qué no tú? Eres la hermana pequeña de mi mejor amigo. ¿Cómo crees que se lo tomaría?
Se encoge de hombros. —No tiene por qué enterarse.
Niego con la cabeza. —No, ni hablar.
—Vamos, Dom. ¿De verdad quieres que salga por ahí y encuentre a algún borracho para que me quite la virginidad?
No pienso ir a la universidad siendo virgen.
Tengo todo el verano para encontrar a alguien que me la quite.
Y, vamos, eso podría ser peligroso, ¿no?
Podría acabar asesinada, desaparecida y tirada en River's Bend.
¿Y para qué? ¿Porque no quisiste hacerme este pequeño favor?
Me río de lo absurda que está siendo. Niego con la cabeza y me paso la mano por la cara. Cuando la aparto y abro los ojos, ya no está frente a mí. Está a mi lado. —Vuelve a tu sitio y déjalo ya. Esto no va a pasar.
Se gira hacia mí. —Dom.
—Samantha. —Nuestras miradas se cruzan y se me corta la respiración.
No sé si es el alcohol que me corre por las venas, o su cercanía.
O quizá es la forma en que me mira con esos ojos color avellana, pero siento que algo cambia entre nosotros.
Se sienta a horcajadas sobre mi regazo. Mantengo la mirada fija en la suya mientras lleva las manos a la espalda para desatarse la parte de arriba del bikini.
Intento no apartar los ojos de los suyos, pero no tengo tanta fuerza de voluntad.
Al fin y al cabo soy un hombre, y hay una chica preciosa sentada en mi regazo en topless.
Bajo la mirada hacia su pecho y observo cómo el agua le acaricia los pezones duros, de un rosa oscuro. Siempre he soñado con este momento, con ver a Sam como nadie más la ha visto. He soñado con sostenerle los pechos en la mano, sentir su peso.
—Tócame —susurra, casi suplicando.
—No puedo... Si se entera...
—No se enterará —me corta.
Vuelvo a mirarla a los ojos. Los tiene entornados, velados de deseo, mientras me observa desde debajo de las pestañas.
Se humedece los labios y se inclina hacia mí.
Antes de que pueda pensar en cómo salir de esta situación, me está besando.
Su lengua cálida se desliza entre mis labios, buscando la mía.
Siento cómo mi cuerpo reacciona, así que aparto el pensamiento.
Respiro hondo, casi asombrado de que nadie haya descubierto nuestro pequeño secreto. Me dijo que él no se enteraría, y no se ha enterado. Si tuviera la menor sospecha, estoy seguro de que no me dejaría acercarme a su hermana pequeña.
Aaron me recibe en la entrada principal del edificio a primera hora de la mañana. Lleva una amplia sonrisa mientras me estrecha la mano y me atrae hacia él para darme un abrazo. —Ya era hora de que te trajera aquí. Quién iba a decir que solo tenía que venderte el lugar —se ríe—. ¿Estás emocionado?
Asiento. —Nervioso, pero emocionado. Esto va a ser completamente distinto a lo que estoy acostumbrado.
Aunque no podría estar más contento de hacerme cargo de su empresa, empiezo a sentir cierto nerviosismo. La transición del campo de fútbol a la sala de juntas es un camino emocionante, pero desconocido.
Es un mundo completamente diferente.