La prometida del campeón (Falsos prometidos multimillonarios nº 2)
© inepub.com
SAMANTHA
—No me puedo creer que estés haciendo esto —le digo a mi hermano, Aaron, mientras lo veo recoger sus cosas de la oficina.
Se gira para mirarme con expresión compasiva. —Ya hemos hablado de esto, Sammy.
Pongo los ojos en blanco. —Te dejaste la piel para construir esta empresa. ¿Y ahora qué? ¿Vas a entregársela a otro sin más y largarte? Creía que este lugar te importaba.
Deja caer un libro en la caja que está llenando. —Me encanta este lugar, pero ha sido toda mi vida durante casi diez años. Es hora de pasar página.
—Uno no monta una empresa para aburrirse y abandonarla. Se supone que es tu legado —le recuerdo.
Respira hondo antes de desabrocharse el botón de arriba de la camisa.
Empieza a remangarse. Noto que esta conversación le está subiendo la tensión.
—Sí, me dejé el alma construyendo esta empresa y nunca dejaré de asombrarme de lo que he conseguido y de cómo sigue creciendo.
Pero hay cosas más importantes en la vida.
Esto es solo... —Se encoge de hombros—. Trabajo.
—Se apoya en el escritorio con los brazos cruzados—.
He ganado dinero de sobra para mantener a mi familia de por vida.
Estamos más que bien. Y quién sabe en qué invertiré o qué oportunidades encontraré en el futuro.
Ahora mismo, trabajar ya no es una prioridad.
Ahora mismo, solo quiero disfrutar de mi familia, pasar tiempo con mi mujer, ver crecer a mis hijos, viajar y enseñarles el mundo. ¿Qué tiene eso de malo?
Obviamente, no puedo discutir con él porque tiene razón.
Tiene todo el dinero que necesita para vivir cómodamente.
¿Para qué seguir trabajando cuando puede dedicarse más a su familia y a mis sobrinos, y ser mejor marido para mi maravillosa cuñada?
Me fastidia no poder llevarle la contraria, pero eso no quita que me sienta traicionada.
—Pero ¿por qué has tenido que venderla? ¿Por qué no podías hacer todo eso que dices y dejarme el negocio a mí? O a cualquier otra persona que no fuera Dom, ya puestos.
Siempre he soñado con dirigir mi propio negocio, ser quien lleva las riendas, quien toma las decisiones.
He dedicado incontables horas trabajando sin descanso junto a mi hermano, ayudándole a hacer crecer su empresa.
Así que cuando me dijo que dejaba de ser el director, no pude evitar pensar que me pasaría el testigo.
Parecía la elección natural, la única opción lógica que se me ocurría.
Pero en lugar de eso, me soltó la bomba de que se la vendía a su mejor amigo.
Recuerdo que me quedé con la boca abierta, y sentí como si me hubieran vaciado los pulmones. Fue como un puñetazo en el estómago que me dejó aturdida y sin palabras.
Niega con la cabeza. —Si hubiera hecho eso, seguiría recibiendo llamadas y me estarían arrastrando de vuelta constantemente. Quiero pasar página, dejar este lugar atrás. Además, no podría habérsela dejado a nadie mejor que Dom. Sabes que cuidará bien de esto.
Me duele en lo más hondo saber que mi hermano solo me ve como su hermanita, no como alguien con talento y capacidad propios.
Duele darme cuenta de que todo mi esfuerzo, toda mi dedicación, aparentemente han pasado desapercibidos. Es difícil no tomárselo como algo personal cuando me está dejando de lado.
Dominick Young ha estado en nuestras vidas desde que éramos críos.
Él y mi hermano son los mejores amigos desde que tenían uso de razón.
Jugaron juntos al fútbol americano todos los años, empezando en las categorías infantiles hasta llegar a las de contacto.
Jugaron en el equipo del instituto y luego siguieron con su tradición en el bachillerato y la universidad.
A Aaron siempre le ha encantado el deporte, pero no era su vida como lo era para Dominick. Mientras Aaron sacó su título y montó esta empresa, a Dom lo fichó la NFL, y dedicó su vida al fútbol americano hasta su reciente retirada.
Noto que frunzo el ceño. —¿Qué te hace pensar que es capaz de llevar esto? No ha hecho otra cosa que jugar al fútbol americano. ¿Desde cuándo un deportista entiende de negocios?
Entrecierra los ojos mientras vuelve a mirarme.
—¿Sabes? Algunas personas dijeron lo mismo de mí, y mira dónde estoy.
—Extiende los brazos a los lados, señalando su empresa multimillonaria—.
Cuando monté The Long Game, la gente pensó que era una estupidez.
Que una empresa de suplementos nunca podría crecer tanto.
Y mírala. Somos la única empresa que produce a esta escala.
Hemos dominado el mercado de suplementos y ahora es hora de seguir adelante.
De encontrar algo que me apasione igual.
—Eso está muy bien, pero ¿y yo qué? ¿Pensaste en mí en algún momento al tomar esta decisión? ¿Qué se supone que tengo que hacer? —pregunto, sintiéndome como un cero a la izquierda.
—Pues claro que sí. Ya he hablado con Dom de ti. No tiene intención de despedirte ni de prescindir de ti. Vas a seguir aquí, haciendo lo mismo que hacías para mí, pero para él. A partir de hoy, serás la asistente de Dom en vez de la mía. No es un cambio tan grande.
Pongo los ojos en blanco.
Si supiera lo que hay entre Dom y yo, pensaría de otra manera.
Aparto esos pensamientos; ni siquiera quiero pensar en lo que hay entre nosotros. Me levanto y me dirijo hacia la puerta.
—Ya sabes dónde encontrarme. —Salgo y cierro la puerta con más fuerza de la necesaria.
Aaron sabe que este cambio me ha sentado mal.
No llevo bien los cambios, y eso es exactamente lo que Dom va a traer.
Va a entrar aquí mañana, coger este edificio como si fuera una bola de nieve de esas de cristal y sacudirlo hasta que todo quede del revés. Todo va a ser un caos, patas arriba. Llevo tres años trabajando aquí. Me he acostumbrado a mi rutina y a hacer las cosas de cierta manera.
Ahora, todo va a ser diferente.
Estuve de morros la mayor parte del día, hasta que al final ayudé a Aaron y a los conserjes a bajar todas las cosas de su oficina al coche en el aparcamiento. Aaron se vuelve hacia mí con los brazos abiertos. —¿Hacemos las paces?
Pongo los ojos en blanco mientras me acerco a abrazarlo. —Es el fin de una era.
Suelta una risita. —Actúas como si me estuviera muriendo.
Me aparto. —Es como si lo estuvieras. No voy a volver a verte.
Resopla. —Sabes que eso no es verdad.
No discuto. No tiene sentido.
Aunque no puedo negar que mi hermano y yo tenemos nuestras diferencias y roces, hay un vínculo innegable que surge de trabajar juntos día tras día. La idea de no tenerlo cerca, gastando bromas y compartiendo los altibajos del negocio, deja un vacío en mi corazón.Es agridulce.
Por un lado, me alegro de verdad por mi hermano y su decisión de empezar un nuevo capítulo en su vida.
Se merece ser feliz y sentirse realizado, y si eso significa dedicarse a otra pasión o simplemente pasar más tiempo con la familia, que así sea.
Pero hay una parte de mí, una vocecita en el fondo de mi mente, que nunca se esperó este giro.
Aaron sonríe con suficiencia. —Mañana estaré aquí para darle la bienvenida a Dom y enseñarle el lugar. Ve a descansar y vuelve mañana con mejor actitud.
Le saco la lengua. —Ya no eres mi jefe, así que no puedes decirme lo que tengo que hacer —le recuerdo.
Se ríe mientras se da la vuelta y se monta en el coche.
Lo veo salir marcha atrás de su plaza de aparcamiento habitual y alejarse. Antes de darme la vuelta siquiera, veo a uno de los de mantenimiento que viene a borrar el nombre de Aaron del cartel del aparcamiento. Y trae pintura para poner el de Dom.
No puedo quedarme a ver esto, así que me dirijo a mi coche y me monto. Me abrocho el cinturón y arranco el motor. Miro el cartel que hay delante de mi coche. Tiene mi nombre y me pregunto cuándo lo cambiarán por el de otra persona.
Más pronto que tarde si Dom llega aquí haciendo un montón de cambios para los que no estoy preparada.
Conduzco hasta casa y entro en mi apartamento. Me quito la ropa de trabajo y me pongo unos pantalones de chándal y una camiseta holgada para estar más cómoda.
Me recojo el pelo largo y oscuro en un moño despeinado mientras voy hacia la cocina a preparar algo de cena.
Busco en la nevera y los armarios hasta que finalmente me decido por la ensalada preparada en bolsa. Abro la bolsa, la agito para mezclar los ingredientes y vierto un poco en un bol. Llevo mi ensalada al sofá y enciendo la tele.
Voy cambiando de canal mientras como, pero nada me llama la atención. Mi mente está sumida en el duelo, llorando la vida que conozco.
Todo cambia mañana. Intento sentirme mejor diciéndome que es solo trabajo.
No significa que toda mi vida cambie. Solo significa que mi vida laboral cambia.
¿Y cuánto puede cambiar, al fin y al cabo?
Aaron tiene razón. Dom es lo más parecido a Aaron que voy a tener, y estoy segura de que no va a entrar a cambiarlo todo de golpe.
Sabe lo mucho que este lugar significa para nosotros.
Perdida en mis pensamientos y envuelta en una nube de desesperanza, apenas registro el sonido de alguien llamando a la puerta. Frunzo el ceño, confundida.
¿Quién será? Desde luego, no esperaba a nadie. Dejo mi ensalada a medio comer sobre la mesita y me levanto a regañadientes del sofá para ir hacia la puerta.
Al abrirla, me encuentro a mi mejor amiga, Chelsea, de pie con una amplia sonrisa y bolsas de la compra en las manos.
—Hola, bonica —me saluda con su alegría habitual.
—Hola, Chelsea —esbozo una sonrisa a medias, deseando estar del mismo humor que ella, pero no lo estoy.La invito a entrar y la veo pasar junto a mí, yendo directa a la cocina. Pero sus ojos se posan en mi ensalada abandonada sobre la mesita y la señala con curiosidad.
—¿Qué es eso? —pregunta con evidente curiosidad.
Suelto una risita, la primera de verdad en todo el día. —Es una ensalada, Chelsea —respondo, divertida por su expresión desconcertada.