26 Abigail
ABIGAIL
Remodelar tu casa es como intentar controlar el caos.
No es posible, y me preocupa que el mero intento esté dañando mi cerebro.
Remodelar una casa con otra persona cuyos planes de diseño no coinciden con los tuyos es como intentar controlar a un grupo de reclusos en un psiquiátrico sin medicación: totalmente infructuoso.
Además, hay un montón de gritos.
—Señora, no sé por qué no está contenta. Estos son de gama alta, es una mejora.
—Sé que no había muchas otras opciones —digo—. Sé que vivimos en medio de la nada —inspiro lentamente por la nariz—, pero seguro que puedes ver que esto no queda bien.
Ojalá pudiéramos tener a Eddy a disposición, pero con el estado de los negocios y la vida profesional de Amanda, parecía más seguro llamar a un fontanero con el que no tuviéramos ningún vínculo.
Decisión de la que me estoy arrepintiendo en este preciso momento.
Los grifos dorados con cabeza de cisne de la ducha y el lavabo no podían desentonar más.
—¿Estás seguro de que no los conseguiste de segunda mano, posiblemente de la demolición de una casa de los ochentas?
—Sé que no le gustan, pero al menos ahora puede abrir el grifo. Ayer estaba enfadada porque no funcionaba.
—Seguro que tenían algo que podría coincidir con todo el equipamiento que encontramos para… bueno, para todo el resto.
—Todo lo que hace es quejarse. He hecho mi trabajo, y voy a ver a Kevin por el pago.
—No voy a aprobar esto.
Se va enojado.
Cojo el teléfono y llamo a Kevin, pero salta el buzón de voz.
Eso significa que está en uno de los prados lejanos, uno de los dos que no cosechamos antes de la tormenta de nieve.
Cuando la nieve se derritió tan rápido, decidimos llevar a las vacas allá para que al menos pudieran comerse parte de la hierba muerta.
Le dejo un mensaje de voz para explicarle el engaño del fontanero.
En una cosa tiene razón. A pesar de lo agresivo que es a la vista, es agradable tener una ducha y un lavabo que en efecto funcionen.
—¿Alguna noticia del tipo del calentador? —pregunta Amanda.
—¡Mira esto!
Mete la cabeza en el baño y da un grito ahogado. —¿Qué demonios?
—¿Verdad? Parece salido de la colección de Mr. T —Me quejo—. Y se niega a cambiarlos. Dice que ya los ha pagado y que ahora que los han instalado, la tienda no los acepta de vuelta.
—Tiene que haberlos conseguido de rebajas —dice Amanda—. Tiene que ser mentira. De ninguna manera pensó que eso combinaría con el azulejo de buen gusto que elegimos.
Echo un vistazo al cuarto de baño que finalmente acordamos hacer.
Listones blancos de imitación a madera en el suelo y en la mayor parte de la ducha.
Azulejos azules de cristal como toque de color en la pared de la ducha, en la parte arriba del lavabo y en algunas líneas en el suelo.
Los azulejos tardaron casi tres semanas en llegar, pero mereció la pena.
—¿El nuevo calentador de agua llega la semana que viene? —pregunta.
—Sí, y le voy a decir a Kevin que debe encontrar a alguien más para instalarlo. No le daré a ese tipo ni un centavo más.
Amanda baja los ojos. —¿Cuándo vienen los pintores a rehacer la sala de juegos?
—Les dije que no vengan, te dije, me gusta.
—No tienes que ser cortés —dice de nuevo—. He admitido que estaba equivocada. Se ve terrible, tal como dijiste que se vería.
—Creo que como pared de color esa pared atrevida es brillante —digo—. Tienes un verdadero talento para el diseño.
—Ja.
—Ey, Gabe me preguntó algo esta mañana, aún no te habías levantado.
Dice que alguien se llevó todas sus pinturas.
Ethan insiste en que no tocó nada. Revisé la basura y no pude encontrar nada.
Sé que no eran cuadros increíbles ni nada, pero antes de presionar a mis hijos por ello, quería ver si tú habías visto algo.
—Oh, sí. En realidad, lo tengo todo yo.
Ni siquiera sé qué responder a eso. Le di la mitad de las habitaciones, aunque tengo el doble de niños, y ella… ¿entró en la habitación de mi hijo y le quitó todas sus pinturas?
—He estado queriendo hablar contigo sobre eso. De hecho, necesito un consejo.
¿Más consejos? Viene siendo como un agujero negro para los consejos últimamente. —Amanda, honestamente, no tengo ni idea de cómo manejar mi propia vida en este momento.
Se queda boquiabierta. —¿Tú… qué?
Casi me largo a llorar. Soy un desastre desde que rompí con Steve por segunda vez.
Sigo pensando en él tanto como antes, lo cual es estúpido.
—Odio mi trabajo ahora que todo lo que hago es monótono.
No tengo norte hacia el que trabajar —Ni siquiera lo había admitido hasta ahora—.
Estoy total y completamente sola, y probablemente siempre lo estaré —Ahora ya es demasiado tarde.
No puedo contener las lágrimas—. Y ser una buena madre implica que tengo que alejarme de la primera cosa que me ha dado vértigo en…
—Me atraganto—. Desde hace mucho tiempo.
—Steve —Amanda también abre los ojos. Antes de que me dé cuenta, me atrae hacia ella y me abraza con fuerza—.
Nunca estás sola, sabes. Por eso he vuelto.
No por Lololime. O porque mis hijas me lo suplicaran.
O porque pensara que tendría una fogosa vida de romances —Ella inhala una bocanada de aire—. Volví por ti.
Algo dentro de mi corazón explota. Mi propia hermana apenas me llama. Mi madre y mi padre solían estar más presentes, justo después de que Nate muriera, pero están viviendo su jubilación, y no puedo culparles. No entienden por qué vine aquí.
No estaba muy segura.
Parecía que era lo correcto para Ethan, e Izzy, Whitney y Gabe estaban entusiasmados. Era un alivio alejarse de los constantes recuerdos de Nate, y del dolor de crear nuevos recuerdos sobre los viejos.
Pero me pregunto si mi verdadera razón no es la misma que la de ella.
Por primera vez en un año, no me sentía sola aquí, con Amanda en esta misma casa, antigua y pequeña.
Pero ella intentando ser como yo, y pidiéndome consejos…
me he sentido como si tuviera siete hijos en vez de sólo cuatro.
Sentía que arrastraba al mundo entero detrás de mí, y que nada de lo que hacía era suficiente.
—Necesito una amiga —le digo.
—Y yo he estado siendo un poco molesta —dice Amanda—. Sólo te he puesto más exigencias. Ayúdame a hacer galletas. Ayúdame con mis hijas. Dime qué hacer y cómo vivir —Cuando por fin me suelta, las lágrimas corren por sus mejillas hinchadas—. Lo siento.
—Creo que necesitas encontrar un mejor modelo a seguir —le digo—. Apunta más alto.
Entonces se ríe, y la incongruencia entre sus lágrimas y su risa también me hace reír.
—Ni siquiera estoy segura de qué es lo que me causa gracia —admito.
—¿Apuntar más alto? —Su risa se intensifica—.
La Mujer Maravilla no es lo suficientemente alto.
Eres la madre perfecta. La abogada perfecta.
La amiga perfecta. Siempre haces todo lo que hay que hacer.
Dices lo correcto y haces lo correcto. Pones a tus hijos por delante de todo lo demás.
Mientras tanto, yo probablemente ya habría hecho un bebé con Steve, y estaría discutiendo con él sobre qué nombre ponerle.
Lo absurdo de su afirmación y el estrés de las últimas semanas me derrumban y caigo en la misma risa desquiciada que ella.
—Estoy harta de hacer siempre lo correcto —le confieso—.
Quiero decir simplemente, oh, bueno. ¿A quién le importa lo que está bien y lo que está mal?
Quiero hacer lo que me dé la gana, comerme una tarrina entera de helado, no salir a correr, y decirles a mis jefes que se jodan. Que renuncio.
—Pero renunciar es fácil. Las cosas que importan requieren trabajo duro —Cuando Amanda repite mis palabras como un loro, me dan ganas de golpearme.
—Soy una idiota.
—Eres una genia —dice—. Pero tal vez necesites darte algunos días de trampa. Puedes comerte un gran bol de helado sin perder el control, ¿sabes?
—¿Y si quiero cambiar el helado por otra cosa? —Se me seca la boca sólo de pensarlo.
—Quieres comer un gran bol de un sexy doctor de caballos, ¿no?
—Suena asqueroso cuando lo dices así.
—Oh, no lo creo —Amanda me pellizca las costillas—. No te culpo en absoluto.
Dejo caer la cara entre las manos.
—Ey, ven conmigo. Voy a mostrarte por qué soy un monstruo horrible que roba las obras de arte de un niño.
Estaba a punto de arrancarle la cabeza por eso, pero ahora me doy cuenta de que debería haberle concedido el beneficio de la duda.
Mientras la sigo a su habitación para ver los objetos robados, pienso en lo lejos que hemos llegado.
Antes la despreciaba, temía cada interacción.
Pensaba que no teníamos nada en común y que nuestros objetivos ni siquiera eran similares.
Me pregunto cuántas veces hacemos eso como humanos, hacer suposiciones sin tomarnos el tiempo de mirar y escuchar.
¿A cuántas otras personas en este mundo descarto sin pensarlo, cuando quizá nos están costando las mismas cosas?
¿Y si todos nuestros problemas son variaciones de los mismos temas?
¿Cuánto podríamos aprender unos de otros si dejáramos de gritar «yo» y empezáramos a escuchar?
—Vale, sé que estabas enfadada antes.
—No estaba…
Levanta la mano y se sienta en la cama, cogiendo un montón de papeles de la mesilla. —Lo estabas, y yo también me habría puesto furiosa. Pero mira —Da una palmadita a la cama a su lado.
Me siento.
En lugar de enseñarme los sencillos pero muy coloreados dibujos de Gabe, me entrega cartas con dibujos en el reverso. —¿Qué son?
Ella sacude la cabeza. —Lee.
[Querida Amanda,
Me siento tonto haciendo esto. Debería caminar por el sendero y llamar a tu puerta. Pero cada vez que pienso en hacerlo, me imagino cómo te veías, cómo me sentí yo, cuando elegiste a Clyde en vez de a mí.