La Promesa (El Rancho de Birch Creek 2) 25 Amanda
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25 Amanda

AMANDA

Siempre he pensado que las pulseras, camisetas o lo que sea con las iniciales de «¿Qué haría Jesús?

» son un poco tontas. ¿Quién sabe lo que haría una persona perfecta que vivió hace miles de años?

O incluso si sabes lo que Jesús haría, ¿es realmente un estándar que podríamos cumplir?

Quiero decir, él era perfecto, y nosotros no.

Entonces, ¿por qué molestarse en intentarlo?

En realidad, pensé que el estándar «¿Qué haría Abigail?» sería más fácil de alcanzar. Pensé que, al vivir con ella aquí teniéndola como mi modelo a seguir, sería capaz de tomar decisiones más inteligentes. Podría ser una mejor madre. Con su ayuda, podría hacer que mi nuevo negocio funcionara.

Es agradable tener la posibilidad de literalmente preguntarle qué haría ella en mi lugar.

Excepto que odio su respuesta.

Llevo todo el día con ganas de terminar mi contrato con Lololime.

No importa que ella haya dicho que tiene sentido para ellos enviarme a un chico guapo.

No importa que Abigail dijera que las tareas diarias son duras y que solo las cosas duras merecen la pena, simplemente no quiero volver a tener que tratar con ellos.

Mis gastos no son tan elevados, sobre todo ahora.

Aunque podrían echarnos del rancho en cualquier momento.

Ese es un pensamiento que me baja a la realidad.

Gracias a la interferencia de Donna y su hermano, los amigos de los alienígenas están intentando echarnos.

Y entonces tendría que volver a pagar el alquiler y los servicios públicos para vivir en un apartamento caro en el Upper East Side.

Lo que tengo que hacer es calcular cuántos ingresos tengo ahora mismo sin contarlos a ellos.

Entonces podré hacerme una idea de cómo serían las cosas si hiciera lo que quiero hacer.

No soy alguien que utilice el papel muy a menudo, pero esto parece algo que necesita ser expresado con un bolígrafo.

Después de rebuscar en el cajón de los trastos de la cocina e ignorar once rotuladores, tres resaltadores y cinco lápices sin punta, por fin encuentro un bolígrafo azul. ¿Y ahora qué? Necesito papel.

Buscar en el cajón de los trastos es un fiasco.

Encuentro cortaúñas, unos cuantos cupones surtidos, vendas elásticas, una lima de uñas, un cepillo de dientes con las hebras aplastadas, pastillas para la garganta y unos asquerosos bastoncillos de algodón, todo inútil.

En la sala de estar no hay nada, en parte porque Abby limpia compulsivamente y en parte porque ya nadie usa papel.

Mi habitación es igual de decepcionante. Y la de Maren, y la de Emery también.

Definitivamente podría encontrar papel en la habitación de Abby –ella es abogada– pero ella no está en casa y entrar ahí se siente como una gran violación.

¿Me atrevo a hurgar en la habitación de Ethan y Gabe? Gabe siempre está garabateando sobre algo.

Saco mi teléfono y empiezo a hacer mi lista de otros patrocinadores en la aplicación de notas, pero es difícil alternar entre mi cuenta bancaria y la lista y realmente quiero un trozo de papel.

Finalmente, me meto en la habitación de Gabe.

Ese niño siempre está coloreando o dibujando algo. Seguro que en su habitación hay papel.

Bingo.

Los dibujos ocupan casi cada centímetro libre de pared.

Abby siempre está hablando de cómo debería empezar a deshacerse de ellos cuando él está en la escuela.

Nunca se dará cuenta si algunos desaparecen.

Cojo una hoja que hay en un rincón cerca de la papelera –podría decirse que se ha caído dentro– y le doy la vuelta.

Para mi gran consternación, ya hay algo escrito al otro lado. ¿Alguien más me ha robado la idea? Ya están usando el papel de Gabe… Me fijo en algunas palabras.

[Querida Amanda,]

Eso me llama la atención primero, obviamente. Quiero decir, es mi nombre. ¿Gabe me está escribiendo a mí?

Entonces me fijo en la palabra Clyde. No es un nombre común, pero lo conozco: es el nombre del padre de Paul. El abuelo de Emery y Maren.

Es un poco difícil distinguir toda la carta, con el dibujo de crayón oscuro de Gabe en el reverso, pero me concentro y lo descifro todo.

[Querida Amanda,

Al principio, tenía un plan cada noche antes de acostarme. Me levantaba al día siguiente y me ponía mi camisa más bonita. Una que no tuviera ninguna mancha. Una que me pongo para ir a la iglesia cada domingo.

¿Sabías que después de aquel día, después de que eligieras a Clyde en vez de a mí, me negué a sentarme en nuestro banco habitual, justo una fila detrás de tu familia?

No podía sentarme tan cerca, y me preocupaba que, si lo hacíamos, mirarías por encima del hombro a mi hermano y le sonreirías, esa sonrisa cómplice, y mi corazón se rompería allí mismo, en el medio de todo. Todo el mundo lo vería.

Así que convencí a mamá y papá de que era mejor sentarse atrás, en el fondo a la izquierda. Nadie se daría cuenta si llegábamos tarde. Nadie se daría cuenta si Clyde y yo no nos peinábamos. Fue todo un logro para mí, convencer a mamá de que ya no nos hiciera desfilar hasta el frente.

Y como la mayoría de mis ideas, fue un despropósito.

Simplemente estaba más lejos de ti, pero seguía viendo las miradas de reojo que se echaban con Clyde. Aún veía la]

Se corta ahí, lo que significa que debe haber una segunda página. ¿Qué más vio? ¿Quién está escribiendo esto?

Estamos en casa de Jed. Debería haber sido obvio para mí, pero mi cerebro tarda unos tres segundos en detenerse completamente sobre la carta y volver a funcionar. Clyde era su hermano y esta Amanda eligió a Clyde en lugar de a él. En lugar de ¿Jed?

Y Amanda Saddler vive calle arriba. Probablemente habría ido a la iglesia con ellos. Sé que ella ha estado aquí por mucho tiempo.

Su cerdo se llama Jed.

Un escalofrío recorre todo mi cuerpo.

¿Había algún tipo de gran historia de amor entre Jed y Amanda?

¿Y cómo estaba involucrado el padre de Paul?

Me muero por saberlo. Sin pensar en las consecuencias, empiezo a descolgar dibujos.

Como si fuera una extraña búsqueda del tesoro, cada dibujo tiene la misma letra garabateada en el reverso.

Muchos empiezan con «Querida Amanda», pero más de la mitad son continuaciones de lo que supongo que eran otras cartas.

Podría retorcerle el pescuezo a Gabe por pintarrajear el reverso de todas estas cartas, aunque, como yo, es probable que él sencillamente se alegró por encontrar papel. La próxima vez que vaya al True Value, compraré todos los cuadernos y hojas sueltas que tengan en stock.

Las siguientes tres horas de mi vida las paso juntando páginas como si fueran piezas de un rompecabezas.

Evidentemente nunca envió ninguna de estas cartas. Muchas de ellas simplemente se detienen, incompletas, y varias muestran signos de haber sido arrugadas y luego alisadas de nuevo.

¿Por qué las guardaba?

Y lo que es más importante, si nunca iba a entregarlas, ¿por qué seguía escribiéndolas?

Leo fragmentos aquí y allá a medida que los voy emparejando, pero no me he sentado a leerlas todas, sobre todo porque me parecen profundamente íntimas.

Además, quiero leerlas en orden, de ser posible.

¿Puedo justificar su lectura sin preguntar antes a Amanda Saddler?

¿Querría Jed que se las enseñara ahora? Después de todo, no era nada joven cuando murió.

Si hubiera querido que ella las tuviera, podría habérselas llevado enseguida.

Finalmente, encuentro la segunda mitad de la carta que empecé.

[curva de tu mandíbula. La elegancia de tu cuello. La perfecta caída de tu cabello sobre la frente. Nada de eso ha cambiado.

Sólo yo que estaba más lejos de eso.

Más lejos de ti.

Exactamente como estoy ahora, todavía.

Día tras día tras día, al igual que el banco tras banco tras banco que puse entre nosotros, el tiempo sigue rodando entre nosotros, y mis propias inseguridades siguen destruyendo mis planes para acortar de alguna manera este espacio.

Cada día desarrollo un plan para el día siguiente, y luego, cuando llega, soy incapaz de pasar a la acción.

A veces incluso me pongo mi camisa más bonita.

Salgo de mi habitación y mi madre me mira como si estuviera loco.

«Jed, ¿qué estás haciendo? No es domingo».

Sé que no es domingo. Ese es el día para adorar a Dios.

Pero paso los otros seis adorándote, Amanda. Sólo a ti. Siempre a ti.

En realidad, si te soy sincero, me paso los siete pensando en ti.

Parece que ese ha sido el trabajo de mi vida.

Desde el momento en que te vi por primera vez, ordeñando aquella vaca manchada, hasta la semana pasada, cuando dejé el arado de tu padre y te vi trabajando en el jardín, eres el principio y el fin para mí.

Sólo soy demasiado cobarde para decírtelo.]

No está firmado. No es que no haya tenido espacio en el papel. Simplemente queda trunca. Como si esa fuera toda su razón: tiene demasiado miedo.

Ni siquiera me molesto en hacer una lista de lo que son mis ingresos ahora mismo sin Lololime.

Sé que va a ser una cantidad patética. No he estado buscando activamente oportunidades para representar a otras marcas, y ellos tampoco me están buscando.

La mayoría de mis publicaciones giran en torno a Lololime.

Es lo que ha sucedido de forma natural, ya que he dejado que se apoderaran de mi vida.

Para ser sincera, es lo que creía que quería.

En lugar de tratar frenéticamente de ganarme la vida con docenas de marcas, me he centrado en una sola.

Desde luego, ha sido más fácil de gestionar.

Pero parece que me están quitando mis opciones.

Vuelvo a mirar la carta y, de repente, tengo que saber qué sentía Amanda. Está claro que esto consumió la vida de Jed, pero nunca hizo nada al respecto. ¿Y Amanda? ¿Lo amaba? ¿Lo odiaba? ¿No sentía nada por él?