24 Donna
DONNA
Aiden por fin ha aprendido a abrocharse el cinturón de seguridad del coche sin ayuda.
—Pero, mamá —dice—. He olvidado mi fiambrera.
Pongo los ojos en blanco, pero no me enfado.
Es lo que hacen los niños pequeños. Vuelvo corriendo por la puerta lateral del garaje y entro en mi preciosa cocina, con brillantes encimeras de granito.
Saco la nueva fiambrera de Aiden del frigorífico Thermador, sonrío al ver el perro azul brillante que lleva en la parte delantera y vuelvo al coche.
Después de dejarlo en el colegio, me estiro un momento en el coche antes de volver a salir. Tengo que parar en True Value para comprar algunas cosas antes de volver a casa. Es tan agradable no tener que trabajar más. No estar desesperada por dinero. No tener que escatimar y ahorrar.
Lleno mi carrito con todo lo que quiero.
Pizza congelada, leche ecológica y queso de marca.
Por diversión, incluso cojo un paquete de donuts.
¿A quién le importa? Me lo puedo permitir.
Y no hay nadie que me diga que es una mala decisión.
Cuando paso por delante de una vitrina, mi reflejo me recuerda que hace poco me he arreglado el pelo: está brillante, con mechas y perfecto.
Vuelvo a llevar ropa bonita, de temporada, aunque nadie de por aquí notaría la diferencia.
Amanda Brooks lo haría, probablemente. —Ey, Venetia.
Conozco esa cara amable desde que era muy pequeña. Sonríe cuando se vuelve para mirarme. —¿Sí, querida?
—¿Has visto a Amanda Brooks últimamente? Me gustaría ir a verla… ¿Qué cosas suele coger cuando viene? ¿Manzanas? ¿Plátanos? Quiero llevarle algo.
Venetia frunce el ceño. —¿Amanda Brooks? —Ella sacude la cabeza—. Se marchó, ¿recuerdas? Se mudó hace un año, cuando la gente de los alienígenas las demandaron y se llevaron el rancho de Jed —Ladea la cabeza—. ¿Cómo pudiste olvidarlo? Tú fuiste quien se lo robó y luego se lo diste a tu hermano.
Parpadeo. ¿Es cierto? ¿Realmente hice eso?
—Sí —Steve Archer está de pie detrás de Venetia—. Tú lo hiciste. Arruinaste todo.
—No —le digo—. Quiero decir, no fue culpa mía. Rompieron las reglas.
—La única razón por la que perdieron ese rancho fue porque tú las jodiste —dice Steve—. Eres una egoísta. No te importa nadie más que tú misma.
Entonces suena mi teléfono. —¿Hola? —Estoy desesperada por algo que interrumpa esta conversación… no, este ataque. Esa es una palabra más adecuada.
—¿Srta. Ellingson?
—Sí, soy Donna.
—Soy Alice, la secretaria de la escuela primaria. Su marido, un tal Charles Windsor IV, está aquí, recogiendo a su hijo.
Me ahogo.
—Sólo te llamo por cortesía, ya que se está retirando más temprano de la escuela.
—No —le digo—. No puedes dejar que se lleve a Aiden.
—Es su padre —La nota de reprobación en su tono es clara—. Tiene el derecho.
Pero no debería poder llevarse a Aiden. —Es un criminal. Debería estar en prisión.
—Es culpa tuya que no esté ahí —dice Steve—. Todo por tu culpa.
Venetia se une a él. —Todo es tu culpa. Eres una fracasada. Eres una mentirosa. Eres una persona terrible que deja libres a los criminales. Es culpa tuya que Aiden esté ahora con él, aprendiendo a robar y a mentir tan bien como su padre.
Me incorporo bruscamente en la cama y me seco el sudor de la frente.
Un sueño.
Sólo era un sueño. Todas las razones por las que hago lo que hago siguen siendo válidas, y sigo sabiendo que es la mejor decisión para Aiden.
Parte de nuestro trato, por supuesto, es que Charlie no tendrá la custodia de Aiden.
Sólo tendrá visitas supervisadas. Inspiro y espiro, y luego vuelvo a inspirar y espirar.
—¿Mamá?
Aiden está de pie en la puerta.
—¿Qué pasa, cariño? ¿El abuelo está gritando otra vez? ¿Te ha despertado?
—No —dice Aiden—. Tú me despertaste.
Esto me desconcierta por un momento. ¿Yo le he despertado? Mi padre grita por la noche cuando tiene pesadillas sobre las cosas terribles que ha hecho. Pero yo no tengo pesadillas, hago lo que es mejor para mi hijo.
—¿Estás bien? —Aiden me da palmaditas en la rodilla.
—Estoy bien, cariño —le digo—. Es mi trabajo preguntarte ese tipo de cosas.
—Bueno —Se mete en la cama a mi lado. No le animo a que duerma conmigo, quiero que sea independiente y se sienta seguro en su propia vida.
No quiero que me necesite. Pero cuando se acurruca contra mí de vez en cuando, nunca lo rechazo.
Ansío sentir a mi bebé, que esté seguro en mis brazos, aunque solo sea durante unas horas.
Pero cuando se queda dormido, yo ya no puedo volver a dormirme. Sigo pensando en ese sueño.
Llevo un año diciéndome a mí misma que si puedo esperar a que pasen las cosas, conseguiré lo que necesito y todo irá bien.
Sé que la pobre y dulce Venetia y el listo y empático Steve no me arponearán en la tienda.
Sé que no es culpa mía que Abby y Amanda se fueran a casa ese mes.
Sé que Charlie no podrá venir a robarme a Aiden.
Pero es difícil deshacerse de la sensación de que incluso cuando haya esperado tanto como prometí, incluso cuando consiga dinero de los padres de Charlie, incluso cuando haya echado a las viudas de los Brooks y pueda comprar el rancho y luego regalárselo a Patrick a cambio de las ganancias del seguro de vida libre de impuestos de papá, incluso entonces, las cosas no serán realmente perfectas.
Salgo de la cama, con cuidado de no molestar a Aiden, y leo el acuerdo al que llegué con los Windsor.
Como hago siempre, repaso cada palabra con atención.
Ahí se establecen las fechas, las cantidades y la dirección del edificio de apartamentos que están vendiendo.
Contiene registros fiscales que demuestran que, aunque se trata de una propiedad valiosa, el impuesto sobre las plusvalías será bastante elevado, porque toda la base de la propiedad se ha depreciado a lo largo de los años.
He hecho esto docenas de veces: repasar las condiciones del acuerdo cada vez que empiezo a preocuparme por si estoy haciendo algo mal. No es nada nuevo. Pero esta vez, a diferencia de las otras cincuenta veces que lo he hecho, no me siento mejor, no realmente.
«Las personas importan más que todas las demás cosas». Las palabras de Amanda Saddler siguen regresando a mi mente.
Aiden importa. Por eso estoy haciendo todo esto.
Pero cuando sea mayor, cuando entienda lo que pasó en sus años de formación, y me pregunte por qué hice lo que hice, ¿qué le diré?
Tendré que decirle que sus abuelos dan miedo.
Son malas personas, y también lo es su padre, y para mantenerlo a salvo, tuve que convertirme en el mismo tipo de persona terrible que ellos.
Sólo que empiezo a dudar de que eso sea cierto.
Abigail Brooks no da miedo.
En realidad, sí que da miedo. Me aterrorizó, y metió miedo en los corazones de todas las enfermeras de ese hospital.
Pero da miedo como daría miedo un ángel vengador. Indignación por lo que es correcto. Justicia terrible. El juez, jurado y verdugo que impide que los malvados dañen a los buenos.
Yo, en cambio, me he convertido en lo mismo que desprecio.
Y un día, Aiden va a verlo. O peor, no lo verá porque no le estoy enseñando nada mejor.
¿Le estoy fallando al tratar de mantenerlo a salvo?
Mi madre era muy religiosa y mi padre siempre se burlaba de ella por eso.
Verla rezar, y luego ver a mi padre golpearla, realmente causaba gracia.
Hay una razón por la que Patrick y yo nunca fuimos a la iglesia.
Si Dios existe, ¿no habría impedido que papá le pegara a mamá, nuestra madre devota y amante de Dios?
Creer en Dios siempre ha sido como animar al equipo perdedor en la Super Bowl. Un ejercicio deprimentemente inútil.
Pero ¿y si Dios sólo trabaja a través de nosotros? ¿Y si le preocupan menos unas cuantas victorias aquí y allá, y en cambio pone su atención en ayudarnos a que seamos nosotros mismos los que hagamos esas cosas bien?
Cuando sale el sol, por primera vez, miro esa luz que se extiende por el horizonte y espero que mañana las cosas sean mejor de lo que son hoy.
Sopeso la vida que estoy viviendo con la vida que quiero tener en el futuro, la persona que quiero que Aiden descubra que soy, y me doy cuenta de que estoy yendo por el camino equivocado.
Puede que sea demasiado tarde para arreglarlo.
Pero tengo que intentarlo.
Reúno todos los documentos que he mantenido ocultos todo este tiempo. Los guardé como garantía, para asegurarme de que los Windsor cumplieran su parte del trato. Pero ahora, ahora son mi penitencia. Son mi única manera de salir de la terrible vida que yo monté para mí.
Cuando llega la enfermera, estoy preparada. He dado de desayunar a papá, ignorando sus insultos y sus desprecios, y esquivando el puño cerrado que utiliza para intentar golpearme cuando no hago inmediatamente lo que me pide. —Ya no puedes controlarme —le digo.
Mi padre no tiene ni idea de lo que digo, ni siquiera de quién soy, al menos esta mañana, pero no lo digo por él. Lo digo por mí. Dejo a Aiden en el colegio, cruzo la calle y aparco, recojo mis documentos con cuidado y los escaneo de uno en uno, mientras hago una pausa entre mis tareas diarias.
Por último, una vez que todos han terminado y es hora de mi pausa para comer, marco un número que he temido cada vez que lo he visto durante más de un año.
—¿Hola? Oficina del fiscal del condado.
—¿Es Andrew Soco?
—Él habla.
—Sé que se nos acaba el tiempo, Sr. Soco, así que se lo voy a poner fácil. Un mate, si es usted aficionado al baloncesto.
—¿Sra. Windsor?
—Por favor, llámeme Sra. Ellingson.
Prácticamente se atraganta. —Sí, señora, como usted quiera.
—Estoy a punto de enviarle por correo electrónico un montón de archivos. Podré describirlos lo suficientemente bien como para que sean admitidos como prueba, estoy segura.
—Sra. Ellingson —dice.
—¿Sí?
—Esta es la mejor noticia que he oído en toda la semana. No, en todo el mes. Quizá en todo el año.
—Me alegra oír eso —digo—. Porque me preocupa que vaya a arruinarme la vida.
—¿Puedo recomendarle que contrate un abogado?
—¿Estoy en peligro de ser procesada también?
—En absoluto —dice—. Pero usted sabe que actualmente hay un caso civil pendiente contra su marido también, y por supuesto, mi conjetura es que su silencio tuvo algo que ver con un acuerdo con respecto a su acuerdo de divorcio.
No lo confirmo ni lo niego.
—Y ahora que va a testificar, probablemente va a tener que renegociar eso.
Se me hace un nudo en el estómago. —Gracias por el consejo.
—Estaré encantado de recomendarle a algunos nombres —dice.
—En realidad, tengo una idea —le digo—. Ella no está certificada en California. Me pregunto si eso importará.
—Sin duda recomendaría recurrir a alguien que lo sea —dice el Sr. Soco—. Pero quizá ella sea un buen punto de partida.
—Gracias.
—Fijemos una hora para hablar una vez que haya revisado los archivos que me está enviando.
—Trabajo todo el día —digo—. ¿Podemos…?
—Usted dígame la hora y yo me acomodaré.
Una vez enviados los archivos, sólo me quedan unos cinco minutos de mi pausa para comer. Pienso en posponer lo siguiente, pero eso no me ayudará. Y con el plazo de prescripción a punto de expirar, las cosas van a ir deprisa. Me obligo a marcar con dedos temblorosos.
—¿Hola? —Abby pregunta.
—Abby, soy yo, Donna.
—Hola. ¿Qué puedo hacer por ti?
Sé que es una frase común, pero espero que lo diga en serio. —Sería totalmente comprensible si me dices que me vaya a freír espárragos. De verdad, lo entendería Pero necesito ayuda y no tengo a nadie más a quien pedírsela.
—¿Ayuda legal?
—Ajá.
—Tengo que advertirte —dice Abby—. Mis honorarios son bastante altos.
Debería haberlo sabido. Obviamente es una excelente abogada.
—El caso es que mi marido malversó bastante dinero y ahora está siendo demandado por ello —Le cuento el resto tan rápido como puedo: el proceso de divorcio, mi involucramiento como testigo en contra de él y la forma en que estoy rompiendo el trato que tenía con sus padres.
—Bien. Ahora viene la parte difícil —Su voz ha bajado a un susurro—.
Si llevo un caso jugoso como este a mi bufete, bueno.
No soy socia allí. Así que ni siquiera me llevaré una parte de los beneficios —Suspira de una manera exagerada—.
Sinceramente, entre tú y yo, lo mejor para mí podría ser hacer esto para ti pro bono.
—¿Qué es eso?
—Significa hacerlo gratis: mi empresa nos exige hacer algún trabajo gratis todos los años. Y siempre estoy buscando algo. Me estarías ayudando, si pudiera anotar todo esto como trabajo pro bono.
Es una pésima mentirosa. Absolutamente horrible. Eso debería preocuparme, tal vez, ya que es abogada, que es básicamente ser una mentirosa profesional. Pero no puedo preocuparme demasiado por eso cuando estoy ocupada llorando.
—Vamos a reservar un tiempo para hablar de ello este fin de semana, ¿de acuerdo?
—Gracias —le digo.
—Por supuesto. Recuerda, realmente me estás haciendo el favor.
Resoplo, y eso se convierte en un sollozo fuerte y feo. —De acuerdo.
—Donna —Ella espera.
—¿Sí?
—Estoy orgullosa de ti.
No tenía ni idea de lo mucho que necesitaba oír esas palabras –palabras que ninguno de mis padres había dicho nunca– hasta que ella las dijo. —Gracias.
—No tendrás que hacer esto sola.
Si me preguntaba si había tomado la decisión correcta, si alguna parte de mí estaba insegura, arrepentida o tenía dudas, Abigail Brooks las borra en ese momento. La mujer que no me había hecho nada, la mujer a la que agravié de forma descarada va a ayudarme otra vez, gratis. Y está orgullosa de mí.
Amanda Saddler tenía razón. Las personas son lo único que realmente importa, y yo estoy desesperada por convertirme en una de esas personas por las que los demás se preocupan. Lo haré, me lo prometo, dando un pequeño paso en la dirección correcta cada vez.