20 Amanda
AMANDA
No puedo dormir.
Supongo que podría culpar al puma. Todo esto realmente es su culpa.
Pero en vez de eso culpo a Eddy. Él, al menos, está aquí, y estar enfadada con él es una buena idea. Evita que quiera besarlo.
—Deberíamos irnos a dormir los dos —dice—. Pero primero, he estado pensando en contarte algo.
Cierro los ojos. Escuchar su voz puede ser lo más relajante del mundo. Quizá me duerma.
—La razón por la que nunca te conté esto antes es porque pensé que podría entristecerte.
Abro los ojos para ver de qué está hablando, pero no me mira a los ojos. —De acuerdo.
—Después de la muerte de Jed, Kevin me llamó.
—¿Para hablar sobre qué?
Levanta la mirada, pero luego vuelve a bajar la vista a sus manos. —Roscoe.
Se me eriza el vello de los brazos.
—Estaba enfermo.
—¿Qué? —Se me para el corazón—. ¿De qué estás hablando?
—En realidad, enfermo es la palabra equivocada.
Kevin pensó que estaba enfermo, porque después de la muerte de Jed, Roscoe no hacía nada.
Andaba de un lado para otro, apático. Se pasaba el día tumbado en el porche delante de la puerta, y también toda la noche.
No jugaba. No corría, ni saltaba, ni brincaba.
Toda su vivacidad lo había abandonado sin más, y eso es anormal en un border collie de cuatro años.
No entiendo lo que dice. —Pero cuando lo conocí, estaba bien.
—No, cuando lo conociste volvió a vivir.
Algo en ti hizo feliz a Roscoe. Algunos perros son felices estando cerca de algunas personas.
A algunos perros les encantan los niños y odian a los adultos.
A algunos perros sólo les gustan los adultos, y los niños les ponen nerviosos.
Como las personas, los perros son de todas las formas y tamaños: su personalidad puede diferir incluso más que su físico.
Trago saliva. —¿Y estás diciendo que algo en mí lo cambió?
—Que algo en ti lo sanó quizás sea más adecuado —dice—. Jeff y Kevin lo mencionaron en cuanto llegaste. Ambos me enviaron un mensaje para decirme que había encontrado a una nueva persona.
—Ni siquiera me gustan los perros —confieso.
—Quizá sea por eso —Eddy se encoge de hombros—. De cualquier manera, ¿cuando te fuiste? Fue peor que cuando Jed murió. Roscoe había encontrado una manera de confiar en alguien nuevo…
—Y entonces lo abandoné —Se me rompe el corazón—. Debería habérmelo llevado conmigo a Nueva York cuando volvimos.
—Habría sido mucho más fácil para él, aunque nunca hubiese estado en una ciudad antes —Eddy pasa una mano por la negra espalda de Roscoe—. Te convertiste en todo su mundo, así que cuando te fuiste… —Suspira—. Simplemente se rindió. Ni siquiera comía.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Te lo digo ahora porque pareces muy angustiada.
—¿Cómo podría esto hacerme sentir mejor?
Eddy vuelve a frotar a Roscoe. —Oír tu voz es probablemente lo mejor del mundo para Roscoe en este momento, incluso mejor que los antibióticos que le di, o los puntos que le hice para mantenerlo entero.
—¿Cómo podría mi voz…?
—Incluso con los analgésicos, está sufriendo mucho —Eddy le palmea suavemente la cabeza—. Tu voz es como su hogar. Si sigue oyéndola, seguirá luchando por quedarse aquí.
Empiezo a llorar. En toda mi vida, nadie me ha querido tanto.
Una vez, mucho antes de que Paul muriera, cuando las niñas eran aún muy pequeñas, hubo un día en que las cosas me parecieron demasiado duras.
Me tumbé en el suelo de la habitación de las niñas y me hice un ovillo.
Pensé que mis hijas vendrían a consolarme.
Maren no parecía darse cuenta –estaba demasiado ocupada con su torre de bloques– y cuando Emery se dio cuenta, mi dulce y querida Emery, que ama todas las cosas, empezó a pincharme, diciéndome «Mami, despierta.
Mami» y cuando eso no funcionó, me dio una bofetada.
Al final, se levantó y me dio una patada.
Fue entonces cuando me di cuenta de que, aunque los hijos te amen, no sienten lo mismo que una madre, no realmente. Y mi marido tampoco fue nunca muy devoto ni muy dedicado.
Mis padres… es mejor ni pensar en eso. ¿Pero este perrito?
Dejó de comer cuando me fui, y yo ni siquiera lo sabía.
Eddy intentó convencerme de que durmiera en su habitación de invitados, y cuando eso no funcionó, en el sofá.
Pero moviera como moviera la almohada sobre la que está tumbado Roscoe, no podía llegar a él desde el sofá.
Así que finalmente Eddy me trajo un saco de dormir y una almohada y los puso en el suelo junto a mi peludo admirador número uno.
Pero en cuanto me duermo, oigo la voz de Eddy en mi cabeza: «Tu voz es como su hogar».
Me despierto de un sobresalto y vuelvo a empezar, le cuento cuentos, le canto canciones.
Y entonces vuelvo a tener sueño, y empiezo a quedarme dormida, y entonces recuerdo otra cosa que dijo Eddy: «Si sobrevive hasta la mañana».
Sus probabilidades son buenas, si sobrevive hasta la mañana. Y mi voz podría ser de ayuda.
Hacia las cuatro de la madrugada, se abre la puerta de Eddy y sale frotándose los ojos. Se suelta la manta alrededor de los hombros para poder recolocársela y me doy cuenta de que no lleva camisa. Mi cerebro entra en cortocircuito inmediatamente.
—¿Por qué has dejado de cantar? —pregunta.
—¿Por qué estás despierto?
—He oído un ruido.
—Siento haberte despertado.
—No tenía ni idea de que supieras cantar. Eres realmente buena.
Contengo la risa. —Dijiste que mi voz podría ayudarle.
—Por favor, dime que no has estado despierta toda la noche.
—Lo dice el veterinario, que ha dedicado su vida a salvar animales, y ni siquiera a los que han decidido que eres la única persona a la que quieren.
—Touché —Bosteza y cruza la habitación hasta donde estoy tumbada, con una mano en la pata de Roscoe.
Se sienta a mi lado con las piernas cruzadas, la manta se extiende a su alrededor y roza mi pierna—.
Nos quedamos sin electricidad. No fue tu canto lo que me despertó.
Fue el ruido de mi generador. Está justo fuera de mi habitación.
Te oí por casualidad cuando me desperté.
—¿He perdido la cabeza? ¿Realmente hay alguna posibilidad de que esto ayude?
—¿Te quedaste despierta por lo que dije? —Se queja—. Lo siento mucho. No debería haberte dicho eso.
—No se puede morir —digo—. Si hay algo que pueda hacer, tengo que hacerlo.
—Puede que Roscoe ni siquiera sea capaz de oírte.
—Pero tal vez sí —digo.
Eddy coge una almohada del sofá y la deja en el suelo, bostezando de nuevo. —Bueno, tú tómate un descanso y yo hablaré un poco.
—Buen intento —digo.
—¿Prefieres que cante?
De hecho, sí, aunque no vaya a admitirlo. —Roscoe no te ama. Tus canciones no ayudarán.
Sonríe. —Es verdad.
Con su cara justo enfrente de la mía en el suelo, a centímetros de distancia, es difícil recordar por qué no puedo tocarlo.
O besarlo. O deslizar mi mano por debajo de su manta y tocar…
pero tengo buenas razones. Como ganar dinero, pagar mis facturas y mantener a mi familia.
—Deberías volver a la cama. Necesitarás estar en plena forma mañana para hacer todas las cosas que hacen los veterinarios.
Un quejido me llama la atención. Snuggles está de pie justo detrás de él, mirándome.
—Uh, tu loba me odia.
—Le gustas.
—Estás loco de verdad —le digo—. Ahora mismo me está fulminando con la mirada
—Snuggles ataca todo lo que odia —dice Eddy.
—¿En qué sentido esto debería tranquilizarme?
—Llevas aquí mucho tiempo y sigues bien —Sonríe—. Ahora, ponte a hablar. O a cantar, si prefieres hacerlo.
—No voy a hacer nada de eso mientras estés aquí —Está tan oscuro que al menos él no puede ver el calor que sube por mis mejillas.
—Pero era tan tierno —Susurra—. Además, piensa en Roscoe —Como sigo sin hablar ni cantar ni hacer otra cosa que mirarlo fijamente, me dice—: ¿Por favor?
Como si estuviera de acuerdo, Snuggles se deja caer al suelo con un fuerte resoplido, estirándose y apoyándose en el otro lado de Eddy. Estoy un poco celosa. Yo mantengo una distancia prudente, pero ella prácticamente se revuelca sobre él.
—Tiene que oírte de verdad para que le haga bien —Susurra Eddy—. Lo sabes, ¿verdad?
—No estás jugando limpio —le digo—. Estoy atrapada aquí, así que se supone que debes mantener las distancias.
Su mano se extiende y se detiene, justo delante de mi cara. —¿Qué de mí te hace pensar que alguna vez jugaré limpio? —me dice. Sus dedos me apartan el pelo de la cara y me lo colocan detrás de la oreja. Se muerde el labio inferior y sus dientes brillan incluso con poca luz.
—Sólo estoy aquí porque Roscoe está herido y tú eres veterinario.
—¿No crees que el destino puede haber tenido algo que ver?
—¿Destino? —Apenas puedo contener la risa—. No hay forma. Una vieja entrometida, tal vez.
Sus ojos se entrecierran. —¿Qué significa eso?
—Amanda Saddler fue quien me ofreció esa tienda gratis, y debería haber sabido que había un motivo.
A Eddy le brillan los ojos. —¿Por qué demonios te ofrecería una tienda justo al lado de mi casa? ¿Qué razón podría tener para eso?
Me cuesta admitir que me emborraché y cotorreé sobre lo mucho que me gustaba.
—Amanda.
Nunca debí mirarlo a los ojos. Ahora que lo he hecho, siento que me estoy ahogando.
Incluso con poca luz, son increíblemente verdes.
Su pelo desgreñado le cae sobre la frente y le tapa uno de ellos, y me parece una tragedia.
Ni siquiera pienso en ello, mi mano hace lo mismo que hizo la suya: acercarla para corregir un error. El mundo necesita ver esos dos ojos.
Pero en lugar de ser educado, en lugar de mantener cierta apariencia de espacio entre nosotros, Eddy me coge la mano antes de que pueda tocarle.
Sus dedos acarician los míos y luego se mueven.
Su mano está pegada a la mía hasta que sus dedos se mueven un poco más y nuestras manos se separan, y entonces desliza sus dedos entre los míos.
No puedo evitar el suspiro que se me escapa. Es involuntario.