La Promesa (El Rancho de Birch Creek 2) 17 Amanda #2
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17 Amanda #2

Tengo las manos heladas por esos instantes afuera mientras abro la puerta y entro a la tienda. Roscoe está lloriqueando. —Está bien, chico. No me olvidé de ti —Casi me olvido, pero él no necesita saber eso.

Se adhiere a mi lado como pegamento cuando volvemos a salir, y se queda igual de cerca cuando cierro la puerta principal.

Casi he llegado al coche cuando oigo un gemido ahogado detrás de la tienda.

¿Qué demonios puede ser? Pienso en el desquiciado perro lobo de Eddy.

Parecía gustarle mucho. ¿Podría estar herido de alguna manera?

Pienso en encerrar a Roscoe, pero decido no hacerlo.

No estoy segura de qué es lo que está haciendo ese ruido, pero puede que no sea un mal plan tener a Roscoe a mi lado.

Es bastante grande para ser un border collie, pesa más de veinte kilos.

—¿Es un mapache? —Siempre me han gustado los mapaches, aunque por lo visto no le gustan a nadie por aquí—. Se comen unos pollos y todo el mundo los odia. Yo también como pollo y nadie me odia.

Roscoe gira la cabeza hacia los lados, como si me estuviera escuchando, pero a medida que nos vamos acercando, más se le levanta el pelo hasta que se le eriza en una extraña cresta en el lomo.

Nunca le había visto hacer eso. —¿Deberíamos volver al coche?

—Estoy menos preocupada por el gemido que escuché, y más preocupada por mí misma en este momento.

Entonces empieza a gruñir, un rugido que sale de lo más profundo de su garganta.

—Volvamos —digo.

Pero es demasiado tarde para eso. Se oye un estruendo delante de nosotros. Levanto la vista de Roscoe y, entre los copos de nieve arremolinados, veo un gato enorme.

«Podrías tomar una de tus fotos online conmigo» dijo Jeff una vez.

«Por favor. Puede que esté en Utah, pero eso no me convierte en un puma acosador de jóvenes». Hice una pausa. «¿Realmente hay pumas aquí?» Pensé que me sentiría bastante tonta si no los hubiera.

«Ya no hay tantos, pero si alguna vez ves un puma, no corras. Retrocede despacio». Luego me miró de arriba abajo y caminó hacia atrás con una sonrisa boba en la cara.

¿Hablaba en serio? ¿Eso es lo que debería hacer? El coche no está muy lejos, y mi deseo de correr es casi irresistible.

—Retrocede despacio —digo como si Roscoe pudiera entender una sola palabra. Doy un paso atrás, mis ojos en el enorme puma con el hocico ensangrentado. Supongo que ese quejido provenía de su cena.

Cena que interrumpí, como una neoyorkina imbécil.

Doy otro paso y me doy cuenta de que Roscoe no me está siguiendo. El puma tampoco me presta atención. Sus ojos están completamente fijos en mi dulce perrito. No es tonto, sabe que no soy una amenaza.

—Ven, muchacho. Retrocede conmigo, ahora —Doy otro paso, pero Roscoe no se mueve. En todo caso, gruñe más fuerte.

Entonces ladra, fuerte. Otra vez.

Doy otro paso atrás, en parte involuntariamente y en parte porque espero que Roscoe acabe siguiéndome. —Aquí, chico.

En lugar de retroceder, Roscoe avanza, ladrando de nuevo, con el hocico levantado para mostrar sus dientes.

Al puma no le gusta eso, en absoluto.

Ataca.

Roscoe también salta hacia delante, pero es mucho más pequeño que el puma, mucho menos de la mitad de su tamaño.

No estoy orgullosa de esto, pero no intento defenderle y dejo de llamarle también. Grito y corro hacia el coche. Espero totalmente que el puma se abalance sobre mi espalda a cada segundo, pero si Roscoe muere por mí, no puedo dejar que sea en vano.

Llego a la puerta del coche y busco a tientas las llaves –mi bolso sigue milagrosamente aferrado a mis manos– cuando oigo un disparo. Y luego otro.

Cuando me doy la vuelta, veo a Snuggles y a Eddy.

El puma se aleja corriendo.

Y el montoncito de pelo blanco y negro cubierto de sangre que hay en el suelo no se mueve. Dejo caer el bolso mientras corro hacia mi perrito.

—¿Por qué no me llamaste? —grita Eddy.

—No… no hubo tiempo —Las lágrimas corren por mi cara.

Snuggles da vueltas detrás de Eddy, gruñendo.

—¿Volverá el puma?

—No le disparé —dice Eddy—, pero no hace falta. Saben que deben huir de los disparos. Ese no va a volver.

—¿Era un macho?

—Demasiado grande para ser hembra.

Me agacho junto a Roscoe y noto que se mueve. Su cuerpo se agita arriba y abajo. —Está vivo.

—Está destrozado —Eddy se agacha a su lado, desliza suavemente los brazos por debajo de él y lo levanta. Se da la vuelta rápidamente y se dirige hacia su casa—. ¿Vienes?

Casi no podía oírle, no está perdiendo el tiempo. —Por supuesto —Corro para intentar alcanzarlo, un poco preocupada por Snuggles, pero sobre todo aterrorizada por el valiente Roscoe.

—Lo abandoné —suelto—. Atacó a ese puma enorme y yo huí —Mi voz se eleva histéricamente—. Si muere, va a ser mi culpa.

Eddy no se detiene, pero esta vez su voz es alta y clara. —Hiciste exactamente lo que deberías haber hecho. Roscoe atacó a ese tipo para salvarte. Si te hubieras quedado, habría desperdiciado su gesto.

Abre la puerta trasera de una patada –no debía de estar cerrada del todo– y deja al pobre Roscoe sobre la mesa de la cocina. Ahora que hay luz suficiente para verle, me tiemblan las manos.

Hay mucha sangre.

—Amanda, necesito tu ayuda. Necesito que te concentres. ¿Puedes hacerlo?

Asiento con la cabeza.

—¿Puedes? —No está viéndome, obviamente.

—Sí.

—Ve por la cocina al lavadero y tráeme el gran carrito blanco. En él hay muchas cosas que necesito. Luego ve a llenar una jarra de agua. Encontrarás una en el segundo armario de la izquierda, encima del fregadero.

Hago lo que me pide, pero mientras vuelvo con la jarra, Roscoe lloriquea y aúlla.

Snuggles gruñe al lado de Eddy.

—Cállate —digo sin pensar—. Roscoe es un héroe, y está sufriendo.

Para mi sorpresa, Snuggles deja caer la cabeza sobre sus patas y se calla.

—Le gustas.

—¿Oh? —Sé que sólo intenta distraerme—. ¿Te diste cuenta de eso la vez que intentó comerme? ¿O justo ahora, cuando le gruñó a mi perro?

Se ríe. —Ambas veces. Ella no te comió. Esa es la primera pista. Y ahora, ella te escuchó, obedeciendo tu tono.

Pensé que estaba bromeando, pero ahora me pregunto si habla en serio. —¿Roscoe…

Eddy no ha parado de moverse. Estuvo limpiando, inyectando algo, pasando una toalla, untando y vertiendo. Ahora señala una lámpara. —Necesito más luz.

Arrastro la lámpara junto a la mesa de la cocina y busco un enchufe. Una vez encendido, cometo el error de mirar de verdad a Roscoe.

Su estómago parece una hamburguesa cruda.

—Ese puma lo trató como si hubiese sido un juguete para masticar —dice Eddy.

—Va a morirse.

Eddy se congela. —Ten un poco de fe en mí. Puede que no sea un vicepresidente, pero soy un buen veterinario.

Es entonces cuando empiezo a tener esperanzas.

Asisto con las suturas. Sostengo la luz de mi teléfono. Froto la cabeza de Roscoe para calmarle cuando necesitamos que se trague algún medicamento. Y luego, una vez limpio, cosido y vendado, me siento en el suelo y lo pongo en mi regazo hasta que se duerme.

—¿Cuáles son sus probabilidades? ¿Qué piensas?

—¿Si sobrevive hasta mañana? —Eddy se hunde en una silla de la cocina—. Altas. Bastante altas.

—¿Hay algo que podamos hacer?

Eddy se encoge de hombros. —Lo que podíamos hacer ya lo hicimos. El resto depende de él.

Las lágrimas empiezan a rodar de nuevo por mis mejillas. —Pobre Roscoe.

Cuando miro hacia él, me doy cuenta de que Eddy también está llorando.

—Gracias —le digo.

—Por esto me hice veterinario, ¿sabes? No para poder vacunar vacas y limar los dientes de los caballos —Se pasa la mano por la cara—.

Lo hice porque para estos animales somos familia.

Ni siquiera piensan en ello. Simplemente actúan.

Si los humanos que conozco fueran la mitad de buenos que los animales…

—Yo nunca podría hacer lo que tú haces —digo—. Me paralizaría.

Sacude la cabeza. —Has estado brillante esta noche. He tenido muchos ayudantes a lo largo de los años, incluida mi hermana, y ninguno ha estado mejor que tú. Y es tu perro. A pesar de estar emocionada, estuviste ahí solícita con todo lo que te pedí en el momento en que te lo pedí.

Eddy se levanta y sale sin decir palabra. Snuggles no se ha movido. Estoy a punto de llamarlo, de preguntarle qué está haciendo, cuando reaparece con un gran cojín. Lo pone a mi lado. —Vamos a trasladarlo aquí. No puede dormir así.

—¿Cómo lo llevaremos a casa? —pregunto—. ¿Puedes llevarlo hasta el coche? Y una vez en casa, ¿qué hago? ¿Controlarlo cada hora?

Eddy ladea la cabeza y levanta una ceja.

—¿Qué?

Su cabeza gira lentamente hacia la ventana. —Uh, Roscoe no va a ninguna parte ahora mismo, y tú tampoco.

Sigo su mirada y no veo más que remolinos blancos en el exterior. Sigo mirando cuando los fuertes brazos de Eddy vuelven a deslizarse por debajo de Roscoe y sus manos rozan la parte superior de mis muslos.

Eso no debería excitarme –no con Roscoe en el umbral de la muerte–, pero parece que mi cuerpo no ha captado el mensaje. Miro hacia otro lado para que Eddy no note que mis mejillas se están calentando.

En ese momento sus palabras decantan. Voy a dormir aquí esta noche.

Con Eddy.

En cuanto Eddy se endereza, me pongo en pie de un salto. —Tengo que llamar a Abigail. Debe estar enloqueciendo.

—Espero que las líneas telefónicas sigan funcionando.

Entro en pánico. —¿Puede que no funcionen? —Corro al suelo, junto a la puerta, donde se me ha caído el bolso, y rebusco hasta encontrarlo. Pienso en llamar a Maren, pero al final marco a Abby.

—¡Amanda!

—Oh, Abby, lo siento mucho.

—¿Estás bien? Te he llamado una docena de veces. ¿Estás atrapada en algún sitio? ¿Dónde estás?

—Estoy en casa de Eddy —Susurro.

—¿Que estás dónde? —La voz de Abby es tan alta que tengo que alejar el teléfono de mi oído. Es imposible que Eddy no lo haya oído. —¿Qué demonios está pasando? ¿Sencillamente decidiste ignorar…?

—¡Abby! —grito—. ¡Abby!

Deja de hablar, por suerte. A veces, hacerla callar es como intentar saltar delante de un tren en marcha.

—De camino al coche, Roscoe y yo nos topamos con un puma.

—¿Qué? —Esta vez su voz es tan suave y tan rota que me retuerce el corazón herido. —¿Estás bien?

—Yo estoy bien, pero Roscoe… —Se me corta la voz y empiezo a berrear de nuevo.

Eddy coge el teléfono. —Mi perra, Snuggles, empezó a enloquecer. Me alegro de haber cogido mi rifle: las tormentas suelen confundir a toda la fauna.

—¿Le disparaste? —Menos mal que Abby habla alto y Eddy se queda cerca de mí, o no podría oírle.

—Disparé al aire, dos veces. Se fue corriendo.

—Dios mío, Amanda tuvo tanta suerte de que estuvieras allí.

Abby tiene razón. Tengo suerte.

—Cuídala. Y a Roscoe también, por supuesto —dice algo más, pero es tan silencioso que no puedo oír qué.

—Rezar es una buena idea. Sabremos mucho más por la mañana.

Está preocupada por Roscoe. Claro que lo está. Me limpio la cara con la manga del abrigo.

Eddy me ofrece el teléfono de nuevo.

—¿Hola?

—Nosotros estamos bien aquí —dice Abby—. No te preocupes por nosotros, ¿lo prometes?

—Gracias —Nunca en toda mi vida había tenido a alguien en quien pudiera confiar así, y ahora mismo, siento como si tuviera a dos personas—. Esta noche fue realmente una mala noche, pero supongo que la parte buena de las malas noches es que te muestra cuánta gente tienes a tu lado.

—Maren y Emery envían su amor —dice Abigail.

Después de colgar, Eddy me tiende un montón de ropa tan grande que parece que podría cubrirme tres veces. —Deberías ducharte y cambiarte.

—Por favor, dime que tienes un generador —digo.

—Claro que sí, y una estufa de leña —dice—. Pero cuando baja de cero, sigue haciendo mucho frío.

—Pero tenemos que mantener a Roscoe caliente, ¿verdad?

Eddy señala. Ha movido a Roscoe justo delante de la estufa, en el centro de la sala de estar. Su pecho sube y baja lentamente. —Todo va a salir bien —dice—. Este no es mi primer perro herido, y tampoco es mi primera tormenta.

Eso sería tranquilizador, si la tormenta fuera mi mayor problema.

Ninguna tormenta, por feroz que sea, va a suponer para mí una amenaza mayor que el atractivo rostro de Eddy. Y resulta que su mirada seria y preocupada es tan devastadora como su sonrisa.

Estoy en grandes problemas.