La Promesa (El Rancho de Birch Creek 2) 17 Amanda
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17 Amanda

AMANDA

Kevin hace milagros. Su colega electricista termina todo lo que necesito y, como elegí los prefabricados, el carpintero de Kevin también se las arregla para instalar los armarios.

Lo que significa que, en sólo una semana y media, hemos sido capaces de acomodar suficientes cosas para poder instalar mis nuevos hornos cuando los traigan hoy.

Por supuesto, tampoco es que haya estado ahí sin hacer nada.

He tardado un día entero en dejar el espacio casi limpio.

Todavía me molesta el hombro derecho por haberme pasarme el día barriendo, fregando y rasqueteando, pero espero que el Voltarén haga efecto pronto.

La tendinitis es lo peor. Envejecer apesta.

Tengo la sensación de que el cuerpo se me va deshaciendo poco a poco y, a diferencia de lo que ocurre con los coches, en los que se pueden cambiar las piezas por otras nuevas, no hay nada que se pueda hacer.

Roscoe lloriquea en un rincón. Probablemente debería haberlo dejado en casa, pero cada vez que lo hago, Abigail me cuenta lo triste que se pone.

—Tienes que dejar de llorar cada vez que me voy —Me agacho y él salta y corre hacia mí, con las orejas hacia atrás y sus grandes ojos de cachorro suplicándome—. Oh, está bien.

A veces le dejo que me lama la cara cuando no hay nadie cerca. Sé que es asqueroso, pero le hace muy feliz.

—Está bien, está bien —Lo empujo hacia atrás—. Suficiente.

Pero nunca es suficiente para él. Mueve la cola y sus ojos suplican más que antes.

—Ya te dejé —le digo—. Ahora estoy llena de baba de perro.

Suena mi teléfono y la esperanza se instala en mi pecho. —Por favor, que sea el repartidor —Le doy la vuelta, pero no es él—. Hola, Terrible Casera.

—Deja de llamarme así —dice.

—Dejaré de llamarte así cuando deje de estar molesta.

—No estás molesta. Estás agradecida.

—Su perra lobo loca casi me come. ¿Te conté eso?

Se ríe. —Tres veces, con esta.

—Y te lo contaré quince más —digo—. Es horroroso. Seguro que nunca has visto un perro lobo.

—Eres tan neoyorquina —Se ríe entre dientes—. He visto lobos de verdad, boba. No tienen collares, y ciertamente no responden al nombre de Snuggles.

Nunca le mencioné ese nombre. —¿Hablaste con Eddy?

—Apenas puedo contenerme de gritar, y también de preguntar si dijo algo sobre mí, lo cual es ridículo.

He publicado tres fotos más con Derek y mis fans por fin se están animando.

Yo he estado tomándome mi tiempo sobre esto, pero también estoy convenciéndome.

Puede que no sea una antigua estrella del rock y puede que no tenga unos abdominales de infarto, más parecidos a un barril que a una tabla de lavar, pero es un tío guapo y realmente me ha ayudado.

—Eddy llamó para darme las gracias.

Apenas puedo respirar. —¿Para qué?

—Por hacerte un trato con el alquiler —Tose—. ¿Sabe que no pagas nada?

Quiero romperme la cabeza. —Le dije que no voy a pagar mucho.

Exhala con fuerza. —Menos mal. ¿Sabías que Eddy me alquila a mí donde tiene su clínica veterinaria? No puedo dejar que la gente piense que me he ablandado.

Nunca describiría a Amanda Saddler como blanda, no si quisiera seguir viviendo, de todos modos. —¿Eso es todo lo que dijo? —Me odio por preguntar.

Aún más cuando ella larga esa carcajada. —Me dijo que si me enteraba de algo que te preocupara le avisara. A ese chico no le gusta que estés arrejuntada con ese tipo de cuero y carne.

—¿Derek? — Finalmente registro sus palabras—. ¿Dijo que estaba arrejuntada?

—Dijo que siempre estabas con él.

Esta vez soy yo la que se ríe.

—¿De qué te ríes?

Tengo suerte de que no pueda atravesar el teléfono para estrangularme. Podría hacerlo. —Arrejuntada significa… —Me aclaro la garganta—. Convivir con alguien.

—Oh. Bueno, entonces le molestó que pases mucho tiempo con él —Refunfuña—. Eso no suena ni por asomo tan depravado.

Tampoco creo que esté usando esa palabra correctamente, pero no estoy segura, así que lo dejo pasar. —Bueno, mis jefas adoran a Derek, y mis fans están en eso.

—Bueno, si a tu jefa y a tus fans les gusta, quizá deberían arrejuntarse.

—Amanda, sabes que estoy tratando de iniciar este negocio para poder darme el lujo de…

—Sé temeraria —dice—. Haz lo que quieras hacer ahora mismo. Confía en que saldrá bien. En eso consiste la juventud.

Me sigue haciendo gracia que me llame joven. Supongo que todo depende de la perspectiva. —Estoy sacando la Abigail que llevo dentro —le digo—. Ella nunca soltaba una rama antes de estar firmemente sujeta a otra, o al menos a una robusta enredadera.

—¿Estás llamando mono a Abigail? —Se ríe—. Ojalá se me hubiera ocurrido grabar eso.

—Eres lo peor.

Suena la campana de la puerta principal. —¡Ey! Creo que esos son mis hornos.

—¿Estás en la tienda ahora? —Prácticamente gruñe—. ¡Vuelve a casa, chica! Esa tormenta está llegando pronto.

—Oh, por favor, no pasa nada. Ni siquiera está nevando —Camino hacia el frente de la tienda, pero no son los hornos. Es sólo un paquete—. Ey, ¿hiciste que te enviaran algo aquí?

—¿Yo? —Amanda se ríe—. Ni siquiera puedo recordar mi propia dirección.

No me lo creo ni por un momento.

—Chica, escúchame. Como eres neoyorquina, no entiendes nuestras tormentas. Vete a casa ahora mismo, y asegúrate de que tus animales y tus hijos están a salvo dentro. Te quiero cerca de un generador, ¿me oyes?

—Ni siquiera tenemos uno —digo —. Sólo la casa pequeña tiene.

—Jed era el hombre más tacaño que he conocido —Suspira—. Si queréis, podéis venir todos y quedaros conmigo. A Jed le encantaría la compañía.

—No pasa nada. Ya hemos hablado con Jeff y Kevin. Si se va la luz, llevaremos mantas y colchones a su casa y haremos una pijamada.

—Eso suena terrible. Buena suerte.

Me río. No le falta razón. Saludo a la señora del correo y recojo la caja.

Es de una empresa llamada Gourmet Chic. Tardo un minuto en encontrar un cúter, creo que lo dejaron los muchachos de los azulejos, pero logro abrirla.

Es el delantal más bonito que he visto nunca, con una falda doble acampanada, rayas de caramelo horizontales y un lazo atado a un lado de la cintura.

Es retro y moderno al mismo tiempo. ¿Se me escapó algo en las redes sociales?

¿Podría esta empresa estar buscando un patrocinador?

¿Pero cómo consiguieron mi dirección?

Lo estoy doblando para guardarlo en la caja, donde espero que permanezca limpio, cuando un trozo de papel cae al suelo. Dice «Acuse de recibo del regalo: el delantal más bonito para la panadera más bonita. Mucha suerte con tu nuevo emprendimiento. Derek».

Debería haberlo sabido. Es una de las únicas personas que podría haber conseguido la dirección. Y efectivamente, cuando vuelvo a mirar la etiqueta, está a nombre de «CEO Pastelera Amanda; c/o Doble o Nada». ¿Cuán tierno es esto? ¿Ves? Realmente está empezando a gustarme. Apenas pienso en Eddy.

O en sus abdominales.

O en sus dos hoyuelos.

Casi nunca sueño con que me cante.

O en su pelo cuando canta, que cae sobre sus ojos seductores.

Por desgracia, una vez que empiezo a pensar en él, es casi imposible detenerme. Incluso intento cantar The Song that Never Ends, pero eso no hace mella. Si algo es más persistente que una canción que nunca termina, no hay forma de que sea derrotado.

Así que me entrego.

Mientras limpio la nevera doble que llegó ayer, pienso en Eddy en el baile del 4 de julio.

Pienso en Eddy llamando mi atención desde el otro lado del salón en el Grill.

Pienso en él trabajando en nuestro garaje sin camisa.

Y pienso en él ofreciéndose a hacer cualquier cosa que necesite para ayudarme con mi tienda.

Incluso el recuerdo de él acariciando la cabeza de su terrorífico monstruo es entrañable.

Definitivamente soy un desastre. Me pregunto qué diría un psiquiatra de que me guste el chico que no puedo tener en lugar del que sí puedo.

¿Qué me pasa? ¿Por qué dedico mi tiempo a que me guste el vaquero/veterinario/roquero/adicto con el que no tengo nada en común en lugar del guapo hombre de negocios que me envía regalos atentos y bonitas tarjetas?

Un psiquiatra probablemente me diría que es porque no me quiero a mí misma, así que no puedo querer a nada que sea bueno para mí.

¿Será eso?

Justo cuando termino de limpiar la nevera, vuelve a sonar el timbre, y esta vez es el chico del horno. —Será mejor que nos demos prisa —dice—. Es mi última entrega, y no tengo cadenas para la nieve.

Yo tampoco. —Pienso lo mismo. Dime qué puedo hacer para ayudar.

Por suerte, le acompaña otro tipo en la furgoneta y sólo tardan unos treinta minutos en descargar los hornos y otros treinta en conectarlos. —Muy bien, si puede firmar aquí —Me entrega un sujetapapeles.

Casi firmo sin más, pero pienso en lo que diría Abigail si lo hiciera. De mala gana, me obligo a escudriñar las palabras, y me doy cuenta de que dice que probaron los hornos y que ambos presentan sus temperaturas de cocción regulares y consistentes. —Um, no hicimos nada de esto.

El tipo coge el bolígrafo, tacha esa sección y escribe: «Regresaremos a equilibrar y comprobar la regularidad más adelante si el cliente nos informa que hay algún problema».

—¿Cómo sabré si hay algún problema? —Señalo los hornos—. ¿Cuánto tiempo se tarda?

—Señora, no voy a quedarme bajo la nieve en una panadería en el culo del mundo…

—Manila —digo—. Estamos en Manila. Tiene un nombre, y está impreso aquí en el recibo.

—A ver, a ver, señora, no voy a quedarme atrapado en Manila porque le preocupa que la engañemos —Apunta su número de teléfono—. Llámeme si esto no funciona, y volveré cuando pase la tormenta.

Miro por la ventana los copos de nieve que caen y me encojo de hombros. —Está bien —Firmo.

Los hombres prácticamente saltan a su furgoneta y se largan. Aunque probablemente vayan más lejos que yo. Estoy segura de que me alcanzará para llegar a casa. Cojo las llaves y cierro, pero recuerdo que Roscoe está encerrado atrás. No le gustaba uno de los instaladores y no paraba de gruñir.