La Promesa (El Rancho de Birch Creek 2) 15 Abigail
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15 Abigail

ABIGAIL

Cuando vivía en Houston, como todo el mundo, me quejaba del tiempo. Algunos días hacía veintiocho grados cuando me levantaba. ¿Y por la tarde? Treinta y uno. Y luego, entre las siete y las nueve de la noche, llegaba a cero.

No estoy mintiendo.

El tiempo en Texas es tan inconsistente como Larry King con sus esposas.

Pero cuando vivía en Houston, la diferencia entre los veintiocho y los cero grados radicaba en si encendía el aire acondicionado o la calefacción.

Por supuesto, me ponía un suéter e incluso encendía el fuego de nuestra chimenea, en su mayor parte decorativa, pero mi vida permanecía esencialmente igual.

Aquí no.

Se acerca una tormenta. Pronto. Ethan pasó los últimos tres días, y noches, alternando con Jeff y Kevin en el tractor.

Por la noche, conducen con una luz. Durante el día, lo hacen no del todo despiertos.

Pero esta mañana, cosecharon el último campo de heno.

Lo que Ethan debería hacer es echarse una larga siesta.

Los tres deberían hacerlo. No han estado dentro más que un par de minutos desde que nos dimos cuenta de que venía la tormenta.

Pero ninguno de ellos duerme hoy.

No, estamos montando nuestros caballos, y como es viernes, Izzy también viene. Tenemos que bajar trescientas vacas antes de que nos golpee el temporal.

—Se supone que es la peor tormenta que hemos visto en al menos cinco años —dice Jeff—. Y estamos en septiembre —Sacude la cabeza—. La Madre Naturaleza está enfadada por algo.

Es nuestra suerte que ocurra ahora, al principio de nuestro mandato como gestores inexpertos.

Quiero llamar a Steve para que me ayude.

Tomo el teléfono unas cinco veces para enviarle un mensaje de texto y preguntarle si ha salido del trabajo, pero todas las veces lo suelto sin enviarle ningún mensaje.

Después de todo, me ha llamado quince veces y me ha costado muchísimo no contestar.

Hemos dicho lo que teníamos que decir, y a menos que uno de sus mensajes sea «¡He cambiado de opinión!

Tus hijos están muy bien y no quiero ninguno más si las cosas van bien», no hay mucho más de qué hablar.

No sé si estar cerca de él realmente me dolerá tanto como creo, o si simplemente no tolero más dolor emocional, visto que mi punto de referencia ha sido tan elevado en los últimos dos años. En cualquier caso, lo más inteligente para mí es mantenerme firme.

—¿Estás seguro de que estaremos bien? —pregunto por quincuagésima vez.

Kevin sonríe. —Tenemos dos días, todavía.

—Por eso no nos bajamos de esos tractores ni de día ni de noche —Ethan se frota el trasero—. ¿Te acuerdas?

Suspiro. —De acuerdo.

—Además —dice Jeff—, traer las vacas de vuelta es muy fácil. Ya lo verás.

—Lo más difícil es que tendremos que dividirnos en dos grupos —Kevin señala a Ethan—. Tú y yo seremos uno, y Jeff irá con las dos chicas.

—Lo siento, Jeff —le digo—. Está claro que sacaste la pajita más corta.

Se ríe. —¿Has visto a tu hijo a caballo? Yo saqué piedra y Kevin, tijera —Sigue riendo mientras le pone las bridas a su caballo.

—Muy bien, si somos los mejores jinetes —dice Izzy—, entonces creo que deberíamos ser los que suban más alto para asegurarnos de que tenemos todas las vacas.

—De acuerdo —dice Jeff—. Dejaremos que Kevin y Dormilón se encarguen de los que están deseando volver a casa y nosotros nos ocuparemos de los heridos y de los extraviados de nuestros vecinos.

—¿Extraviados?

—Intentamos mantener los rebaños separados allí arriba —dice Jeff—, pero las vacas suelen estar listas para volver a casa a principios de septiembre, así que empiezan a mezclarse por estas fechas.

—Fabuloso —Suspiro—. ¿Cómo sabemos cuántos tenemos, entonces?

—¿Recuerdas que cuando los marcamos también les pusimos etiquetas en las orejas? —pregunta Jeff.

Asiento con la cabeza.

—Las etiquetas son fáciles de ver, aunque a veces se pierden. Pero buscaremos las de color rosa y las contaremos. Eso nos dará a los tres una buena idea de cuántas tendremos que buscar ahí arriba.

—¿Y si no los encontramos a todos? —Izzy parece que va a llorar—. Con la tormenta ¿podrían… —No se atreve a decirlo.

—Cada año mueren algunas —dice Jeff—. Es parte del negocio, pero recuerda que a las vacas les gusta estar en grupo.

Tienden a juntarse. Algunas de las vacas de nuestros vecinos acaban con las nuestras, bastantes en realidad, ya que estamos en la base de Birch Creek, pero algunas de las nuestras acabarán con las suyas, y nos lo harán saber.

—De acuerdo —El caballo de Izzy ya tiene las bridas puestas y Jeff comprueba que sus alforjas están bien sujetas.

Me entrega un rifle.

—Uh, ¿para qué es esto?

—¿Sabes usarlo? —Hace una seña con la cabeza hacia Izzy—. Tú o yo tenemos que estar con ella en todo momento.

—Espera, ¿con un rifle?

Jeff aprieta los labios.

—Coyotes, lobos, osos, incluso leones de montaña —dice Kevin—. Todos se están preparando para el invierno y también sienten esa tormenta. Estarán inquietos buscando comida y refugio.

Fabuloso.

—Vamos —Jeff sube a su caballo y los demás le seguimos.

Al acercarnos a la valla que separa nuestra propiedad de los terrenos forestales, veo que tienen razón.

La mayoría de las vacas ya están reunidas allí.

Efectivamente, nuestro recuento aproximado es que casi doscientas setenta de nuestras vacas, incluidos al menos ocho toros, ya están abajo.

Kevin y Ethan no deberían tener muchos problemas para animarlas a volver a casa.

—Normalmente los querrían primero en el pasto lejano —explica Jeff mientras pasamos junto al rebaño—. Pero este año, con la tormenta que se avecina, los mantendremos cerca del establo. Los más pequeños no sobrevivirán en la nieve, así que trasladaremos a todos los que podamos al interior.

—¿Y los que no caben? —El tierno corazón de Izzy está aterrorizado.

—¿Te has fijado en la cubierta que hemos montado? —Jeff hace un gesto con la mano.

—¿Ese toldo?

Asiente con la cabeza. —Cuelga del lateral del granero, y es algo así como cubrir el heno con una lona, pero con la ventaja añadida de que el granero bloquea el viento.

—¿Entonces estarán bien?

Jeff se encoge de hombros. —Probablemente estarían bien sin él, pero Ethan estaba casi tan preocupado como tú.

Me río. —Supongo que la nieve no es una novedad para las vacas de aquí arriba.

—Para las adultas, no —Jeff patea su caballo y arrancamos a un trote bastante rápido—. Tenemos que movernos. No podemos desperdiciar la luz del día.

La peor parte de nuestra tarea es que, una vez que encuentras las vacas, tienes que mantenerlas juntas mientras buscas al resto. Pero no es tan malo como pensaba. Conseguimos reunir sesenta y cuatro vacas más en cuestión de tres horas. —No todas son nuestras.

—Llamaremos cuando volvamos. Seguro que vendrán a por ellos.

—¿Eso significa que las abandonaron? —Izzy suena indignada.

—Efectivamente lo hicieron. Las moradas son vacas de los Ellingson, y están acostumbrados a que nosotros vengamos después de ellos. Las azules y amarillas son de los Earl y de Cox y por eso casi no hay. Son un poco más meticulosos.

—¿Somos los últimos en bajar las nuestras? —Ahora me siento un poco culpable.

—Siempre somos los últimos —dice Jeff—. Podemos permitírnoslo.

Tiene sentido, supongo.

Encontramos once vacas más y un toro en nuestro camino de vuelta a la entrada, con lo que llegamos a un total de setenta y seis rezagados.

—Nada mal —dice Jeff—. Imagino que estarán casi todas.

—¿Y si perdimos alguna?

—Hay bastantes probabilidades de que aparezcan en esta valla por la mañana. No les gusta que las abandonen.

Aun si estuviera mintiendo, Izzy respira más tranquila después de eso, y yo también.

Sinceramente, tener un rancho ganadero es más duro de lo que pensaba. No más duro en términos de esfuerzo físico, sino que la carga emocional es agotadora.

—Piensa en ellos como deliciosos filetes —Jeff reprime una sonrisa—. Eso ayuda.

Izzy le tira algo.

—Ey, ¿qué fue eso? —pregunto.

Jeff, aparentemente, atajó el proyectil. —Una barra de granola. No es un filete, pero no está mal. Gracias.

Realmente tuvimos suerte con nuestros guías del rancho.

Jeff y Kevin seguramente no puedan quedarse trabajando para nosotros para siempre, pero me encantaría.

Cuando veo el establo, suelto un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.

Un paseo a caballo es una cosa, pero un paseo a caballo con una tormenta que se cierne sobre nuestras cabezas…

¿y nuestro instructor ausente? No tenía en cuenta lo mucho que confiaba en Steve para mantenernos a salvo.

Sin él aquí, aun estando Jeff y Kevin, me sentía bastante nerviosa.

—De acuerdo. Izzy, si quieres bajarte…

Maggie ha sido una campeona todo el día, pero debe de haber golpeado una piedra, porque tropieza. Izzy se mueve hacia atrás para intentar mantenerse erguida, pero no es suficiente. Maggie sigue cayéndose, justo encima de Izzy.

Parece que el mundo se ralentiza. Yo salto de Snoopy lo más rápido que puedo y corro hacia Maggie e Izzy.

La caída de Maggie o mis saltos asustan a las vacas y echan a correr.

Jeff se estaba bajando, pero vuelve a subirse y se mueve a lo ancho para evitar que las vacas, que ahora se dirigen hacia el vallado, vuelvan hacia nosotros y nos atropellen a Izzy y a mí.

Para cuando mis ojos logran encontrar a Izzy, ella ya está sentada.

—¡Maggie! —Su fiel yegüita se fue cuando las vacas se fueron, así que espero que también esté bien.

Snoopy, como el campeón que es, viene detrás de mí.

Cuando me detengo para inclinarme hacia la pobre Izzy, me golpea el trasero con su hocico.

—Está bien, cariño. Todo está bien —Le ofrezco mi mano.

Pero cuando levanta la mano para cogerlo, todo su brazo está cubierto de un rojo brillante.