14 Amanda #2
—Eh, lo normal es cortar la luz mientras está vacío —Enciende la luz de su teléfono y empieza a examinar el lugar.
Dos segundos después, encuentra unas persianas, de las de papel que se enrollan en un gran rollo, y las levanta.
Las ventanas están tan sucias que no hay mucha luz, pero al menos podemos ver lo suficiente para encontrar más ventanas.
Cuando se descubre la tercera ventana, el polvo estalla hacia fuera en una nube, así como un puñado de polillas.
Me asusto un poco.
De hecho, Derek salta delante de mí para bloquearme antes de que nos demos cuenta de que sólo son insectos. Su risa es agradable, fácil, tranquila, incluso tranquilizadora. —Debería ganar puntos extra por estar dispuesto a protegerte, aunque no era necesario.
Me enderezo, dándome cuenta por primera vez de que, aunque no es tan alto como Eddy, Derek sigue siendo al menos un par de tacones de aguja más alto que yo. —Tomo nota.
—Tal vez podrías escribirlo —Hace un gesto con su cabeza hacia mi bolso, que ahora está sobre el suelo polvoriento.
—Si puedo encontrar mi bolso, debajo de todo el polvo.
Pasamos los siguientes minutos intentando imaginar cómo podría ser este lugar.
—¿Cuál es el presupuesto? — pregunta Derek—.
No está apropiadamente dividido para una panadería —recorre la sala a lo largo—.
Tiene dos tercios de salón delantero, y sólo un tercio en la parte de atrás está dispuesto para almacén y sala de descanso.
Tendrás que derribar esta pared —La golpea—.
No soporta carga, y es bastante delgada.
Debería ser fácil —Da vueltas y mira las tuberías—.
Tendrás que agarrar esa pequeña cocina en la parte trasera y convertirla en una cocina completa con múltiples hornos —Suspira—.
¿Estás segura de que no hay un lugar más adecuado para poner una panadería?
—Mi amiga es la dueña y no tengo que pagar alquiler —Lo suelto antes de pensar.
—Oh —Sonríe—. Bueno, eso cambia las cosas. Es bueno tener un patrocinador, creo que has encontrado tu primera socia.
¿Eh? ¿Por qué no pensé en eso? Se diría que sí. —Sí, supongo.
—¿Así que tu único gasto será la remodelación? —Se arremanga—. Tal vez podamos hacer un boceto preliminar de lo que te gustaría para que cuando tengas un contratista aquí, no pueda presionarte e insistirte en que sólo hagas lo más fácil.
Derek no bromeaba. Sabe lo que hace. Una hora más tarde, tenemos una buena idea de lo que creo que quiero. Suficiente espacio delante para una vitrina, tres mesas para cuatro personas, una para dos y una caja registradora. Detrás, una gran cocina con al menos dos hornos comerciales.
—Espacio para cuatro sería mejor —dice—. Si las cosas van bien, querrás tener espacio para duplicar tu capacidad.
—¿En serio?
—Planifica siempre para el éxito —dice.
Me pregunto cuánto costaría normalmente pagarle a alguien para que asesorara como él. A veces ser soltera juega a mi favor. —Realmente agradezco tu ayuda hoy.
—Aún no hemos terminado —Salimos por detrás y comprobamos las conexiones y los cables. Él toma nota de un problema eléctrico y una posible fuga de plomería.
Cuando terminamos, mi lista es bastante larga.
—¿Seguro que no tienes tiempo para comer?
Miro el reloj. —Oh, no. De hecho, tengo que ir ya mismo a recoger a Maren.
—¿Maren? —Sonríe—. Es un bonito nombre.
—Gracias —En realidad tengo diez o quince minutos, pero no se me ocurre nada que podamos hacer en ese tiempo que no sea incómodo, como lo fue el camino hasta esta tiendecita.
—Me voy, entonces. Me estoy quedando al final de la calle —Se dirige a la puerta principal y se gira justo cuando está saliendo—. Por cierto, no me has avisado de que tu cuñada es… —Hace una pausa.
—¿Qué? —pregunto—. ¿Que es qué? Me gustaría saberlo. Siempre estoy intentando averiguar si es la Madre Teresa, la Mujer Maravilla o, por ejemplo, Janet Reno.
La risa de Derek es completa y gutural. Me gusta bastante. —Sí. No estoy seguro de ver a la Madre Teresa, pero una combinación de Janet Reno y una rubia Mujer Maravilla es bastante acertado.
—Da un poco de miedo —Me encojo de hombros—. Quizá debería haberte avisado, pero yo también quería un buen trato. Y mira, tu dinero va a una buena causa. Va a solventar la remodelación de nuestra pequeña y vieja cocina de granja.
—Entonces lo consideraré como dinero bien gastado —Cruza la puerta—.
Espero que nos esperen muchos años de colaboración.
Esto es un secreto, pero mi equipo directivo aprobó mi proyecto, y vamos a construir una planta de procesamiento a quince kilómetros de la ciudad.
Eso traerá otros ciento cincuenta o más empleados a la ciudad; creo que será bueno para todos.
Apenas puedo creerlo. —¿Ciento cincuenta personas más? ¿Más sus familias?
Asiente con la cabeza.
—Tú solo vas a duplicar la población —Me río—. Debería meterme en el sector inmobiliario residencial rápidamente.
Se ríe entre dientes. —Ambos.
—Supongo que nos veremos por ahí —digo—. Y me alegra.
Dos de sus dedos rozan su sien y me doy cuenta de que acaba de hacerme un saludo militar. —Sí, seguro que así será.
Tardo unos minutos en cerrar la puerta principal, pero aun así llegaré unos cinco minutos más temprano a recoger a Maren, así que, en general, fue un día productivo para Doble o Nada.
Me doy cuenta de que no he cerrado la puerta de atrás.
Estoy buscando la llave cuando oigo un fuerte gruñido a unos quince metros de distancia.
Oh, dios mío. Sí, hay descampados a dos lados de mi nuevo lugar, pero no pensé que habría osos ni nada parecido.
¿Vendrían lobos tan cerca de la ciudad? Parecía que había una casa con un patio enorme detrás de mí, pero tal vez está abandonada.
Tal vez los animales salvajes se mudaron y ahora…
Me doy la vuelta lentamente y veo el perro más grande con el que me he topado nunca.
¿O es un lobo?
Su hocico se retrae en un gruñido, y cuando me alejo de la puerta hacia mi coche, da un mordisco al aire. —No pasa nada, lobito, criatura —le digo—. Soy buena, te lo juro —Gruñe más fuerte y se me acerca.
Siento que el pulso me late en los oídos y me tiemblan las manos. A Roscoe le gusto. ¿Por qué este me odia? Nunca he estado mucho con perros, y nunca he visto un lobo en mi vida. No me gustan mucho los animales, y esta es la razón. Son impredecibles, y dan miedo.
Decido intentar entrar en la tienda y volver por la puerta principal. Puedo llamar a Abigail y tal vez al 911. ¿Hay un operador del 911 aquí? ¿Cómo es posible que ni siquiera lo sepa?
Me tiemblan tanto las manos que apenas puedo sujetar la llave, pero finalmente me obligo a darme la vuelta e intento deslizarla en la cerradura.
—¡Snuggles!
¿Snuggles? ¿Alguien está llamando a esa horrible criatura por esta palabra en inglés que significa «mimos»?
No puede ser… pero al instante los gruñidos cesan.
Cuando me doy la vuelta, despacio, como todo lo que he hecho desde que me di cuenta de que no estaba sola, hay un hombre trotando en nuestra dirección.
El perro se ha tirado al suelo y tiene las orejas hacia atrás, como si estuviera en apuros.
—Snuggles, ¿qué haces aquí fuera, asustando a esta pobre persona…? —El hombre se interrumpe, porque al parecer ambos nos reconocimos al mismo tiempo.
—¿Eddy?
—¿Amanda?
—¿Qué haces aquí? ¿Y qué demonios es esa cosa? Por favor, dime que no se llama Snuggles.
Eddy engancha una correa en el collar que no había visto antes alrededor del cuello de Snuggles.
—Es una perra lobo, mitad lobo de los bosques, mitad malamute de Alaska.
Durante un tiempo hubo por aquí un criador que no paraba de criarlos, a pesar de que el noventa y cinco por ciento de las personas a las que se los vendía no tenía ni idea de dónde se estaban metiendo.
Sólo querían un perro que les «protegiera» y fuera «bonito como un lobo» —Suspira—.
Probablemente debería haberla sacrificado cuando vino a mí, pero ha progresado mucho en los últimos seis meses, lo juro —Le da unas palmaditas en la cabeza—. Se pone muy territorial, eso es todo.
El ritmo de mi corazón recién ahora comienza a estabilizarse. —Me di cuenta.
—¿Qué haces aquí?
—Alquilo este espacio para mi panadería, Galletas Doble o Nada —Hago una mueca al decirlo.
—¿Doble o Nada? ¿Estás haciendo galletas de apuestas?
No me atrevo a decirle que se me ocurrió el nombre cuando casi estropeo una tanda de galletas por añadir demasiada harina. —Eh, espera —le digo—. ¿Tú por qué estás aquí?
—Ah, vivo aquí —Señala la casa que está casi oculta por los árboles. La que pensé que podría estar abandonada—. ¿Supongo que Amanda no te contó esa parte?
Definitivamente no, pero ahora entiendo un poco mejor, después de todo lo que le he contado sobre lo mucho que me gusta Eddy pero que no puedo salir con él hasta que mi negocio sea un éxito, por qué me ofreció este sitio en particular.
—Dime algo —le digo—. ¿Hubo alguna vez una panadería en la ciudad?
—Sí, hubo una —Se agacha y frota su mano por el lomo de Snuggles, que se inclina hacia su caricia, como si fuera un pequeño y dulce can—. Estaba al otro lado del Grill, pero la señora que lo regentaba se rompió el tobillo hace unos dos años y ahora vive con su hermana en Vernal.
Por supuesto. Ese lugar probablemente ya tiene hornos y una pequeña vitrina. Voy a matar a Amanda Saddler.
—Es muy emocionante que efectivamente estés haciendo esto —dice—. Espero que Amanda te esté dando un buen trato. Ella es dueña de casi todo por aquí.
—No me cobra mucho —admito.
—Perfecto. Pero tendrás mucho trabajo para que esto esté listo para ser una panadería —Hace una pausa—.
En realidad, puedes rechazarme, pero estaría encantado de donar algo de tiempo para ayudarte a poner las cosas en marcha.
Se me da bien la fontanería, como recordarás, y también soy bastante hábil con los trabajos simples de electricidad.
Debería decirle que no. Debería distanciarme. Debería echarle en cara la oferta de Amanda e insistir en que me alquile esa panadería en su lugar. —Eso sería increíble —digo.
Porque cuando tienes delante una bicicleta roja y reluciente, rogándote que te subas a ella, no dices que no. Te subes a ella y pedaleas.
—Me alegro tanto —dice—. Pensé que ibas a rechazarme.
—Podemos ser amigos, ¿verdad? —pregunto.
—Oh —su rostro se ensombrece—. Claro. Amigos.
Lo único en lo que puedo pensar de camino a recoger a Maren es en la imagen de mi querido amigo Eddy, trabajando sin camisa en mi garaje. Y trabajando sin camiseta en mi nueva tienda. Y haciendo otras cosas sin camiseta.
Sacudo la cabeza para despejarla.
—¿Mamá? —Maren está esperando en la acera—. ¿Estás bien?
—Por supuesto, cariño —Miento—. Estoy muy bien.
De verdad, de verdad que necesito que a esta panadería le vaya bien para poder dejar de preocuparme por mi imagen en Internet, porque ninguno de los pensamientos que flotan en mi cabeza son cosas que un amigo debería estar pensando. Y ni siquiera quiero que lo sean.