14 Amanda
AMANDA
Si no me hubiera impresionado Abigail antes, definitivamente sería fan de ella ahora. —¿Hiciste que aceptara cuánto?
Sonríe. —Primero investigué un poco.
—¿Quieres decir que llamaste a Steve?
Ella sacude la cabeza. —A Steve no. Él tiene contactos, pero no en ese mundo.
No, no te enfades, pero he llamado a Eddy —Abigail mueve las cejas—.
Y no te imaginas, estaba encantado de conseguirme toda la información sobre lo que el señor Bills había acordado pagar a los otros rancheros, y el calendario de cuándo se les va a entregar el ganado.
—Eso fue brillante —Incluso si no estoy supermegacontenta con el hecho de que Eddy esté involucrado—. ¿Entonces?
—Hablé con Jeff y Kevin. Me dieron información sobre un cebadero local, y los llamé para tener una idea de a cuánto se está vendiendo el ganado ahora, y cuál es la relación entre los precios a principios de otoño y a finales de otoño.
—¿Suben?
Abby asiente sabiamente. —Todo es un juego de números, ¿sabes? Por supuesto, cuanto más viejas son las vacas, más grandes son, y cuanto más grandes son, más pagas, ya que pagas por kilo. Pero también se paga más por kilo, porque está más cerca el momento de la venta.
—¿Eh?
—Bueno, cuanto más tiempo las tenemos, más nos corresponde su cuidado y mantenimiento, por lo que obviamente se venden más caras. Y aquí es donde se pone complicado.
—Okay.
—Se trata de hacer malabares. Se toma el número total de vacas que hay que alimentar y luego se calcula cuánto se necesita para alimentarlas durante el invierno.
Aún no hemos cosechado todo el heno, pero sí la mayor parte, y el tonelaje total de heno que seamos capaces de cosechar determinará en cierto modo cuántas vacas podremos mantener para la próxima primavera y cuántas deberíamos vender ahora.
—Ahora, es decir, cuando regresan de las tierras forestales.
—No son terrenos de la Oficina de Gestión de Tierras Forestales —dice—, pero sí.
—¿Entonces?
—Hicimos una proyección sobre los campos restantes, ya que deberían terminarse de cosechar en la próxima semana más o menos, y luego calculamos el número que queremos conservar para el año que viene —Me agita un papel en la cara.
Una masa ridícula de números desde mi perspectiva—.
Esta ha sido la mejor idea que he tenido para convencer a Ethan de que tiene que seguir en la universidad.
No podría haberlo hecho sin mí, y él sabe que necesita aprender.
—De acuerdo.
—Y… deberíamos tener heno suficiente para aumentar en doce el total de vacas para el año que viene, y vender al Sr. Bills las vacas que quiera a finales de la temporada, a principios de noviembre.
—¿Eso es mejor para nosotros?
—Le convencí de que necesitábamos una prima para cubrir los gastos adicionales del heno —Abby está radiante—. Y conseguimos un dólar cincuenta por kilo más que la tarifa vigente. Por escrito.
—Estupendo —le digo.
Deja caer los codos sobre la encimera de la cocina. —Diría que sí.
—¿Pero por qué nos importa? —Sacudo la cabeza—. ¿No va todo eso a la cuenta del rancho, aparte de nuestros gastos de manutención? Y la gente de los alienígenas pueden quedárselo todo.
—Estoy segura de que podemos usar el excedente para remodelar la cocina —Da golpecitos con los dedos en la encimera—. Ya que hemos usado todo el resto del dinero en la ampliación.
—Ah, ahora lo entiendo —Esta vez, soy yo quien sonríe—. Buen trabajo.
—Hablando de eso —dice—. ¿Has calculado exactamente lo que hará falta para tener listo el lugar que Amanda Saddler te ofreció?
Rebusco en el bolso hasta que encuentro las llaves, arruinando un poco la floritura con la que pretendía exhibirlas. —Acabo de recibirlas. Ahora voy a echar un vistazo. ¿Quieres venir?
—Me encantaría, pero ahora mismo tengo menos de tres horas para terminar de revisar algunos documentos y redactar las respuestas borrador para los interrogatorios.
Sí, sí, lo entiendo. Eres importante, mientras yo estoy planeando vender galletas. —Muy bien, bueno, voy a tomar algunas fotos. Tal vez me puedas dar tu opinión más tarde.
—Si quieres mi opinión, claro —Abby vuelve a su habitación.
Busco la dirección en mi teléfono y hago capturas del mapa; se aprende a hacer ese tipo de cosas cuando la recepción es tristemente poco fiable.
Aunque hay tan poco en Manila que probablemente podría parar y preguntarle a cualquiera dónde estaba el Fine Features Salon y me lo diría.
Al parecer, la propietaria anterior se retiró para irse a vivir cerca de sus hijos en Orlando, Florida, hace casi seis meses.
Eso me recuerda que dentro de unas semanas tendré que ir a buscar una nueva peluquería si no consigo convencer a Abby para que empiece a arreglarme el pelo.
A juzgar por lo que he visto de Manila, voy a tener que ir hasta Vernal o Rock Springs para encontrar una.
Sorprendentemente, sigo teniendo cobertura durante todo el camino, y estoy a punto de llegar cuando alguien hablando por teléfono se me aparece de repente delante de mi coche.
Digo palabrotas en voz baja, pero no le enseño el dedo. No sería propio de una dama.
Mamá estaría encantada de que al menos algunas cosas que me inculcó se me quedaron grabadas.
—¿Amanda? —El hombre levanta la vista de su pantalla y me doy cuenta de que es Derek.
Por supuesto. El tipo despistado que casi es destrozado en un accidente es otro forastero, como yo.
Probablemente esté mareado porque hay cobertura.
Una de mis primeras tareas en este nuevo lugar será instalar internet.
Con un poco de suerte, eso estará hecho para, oh, la próxima primavera. Ugh.
Bajo la ventanilla. —Ey, Derek.
—¿Qué haces en la ciudad?
—Pensé que te habías ido.
—Acabo de regresar esta mañana —Levanta su teléfono—. De hecho, te estaba mandando un mensaje.
—Oh. Bueno, estoy a punto de echar un vistazo una pequeña tienda que voy a alquilar —No creo que necesite saber que una magnate inmobiliaria local está siendo caritativa conmigo—. Estoy cruzando los dedos para que no necesite demasiados cambios.
—Estaré encantado de comprobarlo contigo, si quieres. Te escribí para invitarte a cenar.
—No puedo ir a cenar —le digo—. Tengo que recoger a una niña de las clases de animación y otra que siempre necesita como una hora de ayuda con los deberes, pero me encantaría que vinieras conmigo a echar un vistazo.
Está ahí mismo —Señalo a una manzana de distancia un pequeño edificio gris de fachada sucia.
—Una nueva capa de pintura para empezar —dice Derek—. Pero eso pasa con todas las tiendas de esta ciudad.
No debería reírme. Es a mi ciudad a la que está insultando, pero en realidad tampoco lo es.
Quiero decir, si soy sincera, a mí también me parece un poco dejada.
—Lo anotaré en mi lista de cosas por hacer —Y ahora las cosas son incómodas.
¿Voy conduciendo hasta ahí, aparco y espero a que él llegue caminando?
¿Me ofrezco a llevarle los trescientos metros que hay entre aquí y allí?
—Adelante —dice Derek, como si pudiera leerme la mente—. Puedes ir abriendo la puerta, yo estiraré un poco las piernas —Su sonrisa es bastante cálida. Si no hubiera visto esa bici roja brillante, ahora mismo me gustaría de verdad. Mi corazón podría estar acelerado.
Sólo que no está pasando.
Este corazón estúpido, poco realista y exigente. Compórtate. Gusta del tipo que es una posibilidad real. El tipo que es inteligente, generoso con su tiempo y consejos, y claramente exitoso. Deja de gustar del veterinario local que tiene un pasado turbio y unos abdominales de muerte.
Oh, esos abdominales.
—¿Amanda?
Y todavía no he vuelto a poner el coche en marcha.
Le saludo con la mano cuando por fin paso junto a él.
Al menos, la pequeña tienda tiene cinco plazas de aparcamiento en la parte delantera.
Decido dar la vuelta por detrás para comprobarlo, y estoy encantada de ver que hay más del doble de espacio detrás.
No hay plazas pintadas, pero eso se arregla fácilmente.
Es bueno saber que, si llegamos a tener muchos clientes, o si tenemos entregas o lo que sea, tendremos sitio de sobra.
Cierro el coche y doy la vuelta hasta la entrada.
Tardo un minuto en coger la llave –definitivamente tengo que hacer limpieza en el bolso–, así que estoy abriendo la puerta cuando Derek llega a mi lado.
—Es más bonito de cerca.
Tiene razón. El edificio tiene un pequeño toldo que está bastante limpio para estar abandonado. —Un buen lavado a presión y puede que ni siquiera sea gris.
Derek abre una botella de agua que ni siquiera me había dado cuenta de que llevaba en la mano y arroja agua a un lado del edificio. Caramba, es azul cielo debajo de una capa de mugre.
—Santo cielo, ¿cómo se te ocurrió hacer eso?
—He alquilado muchos edificios —dice—. Aquí el clima es seco.
Me imagino que se llena de polvo, y es probable que tengas que planificar la limpieza del exterior al menos una vez al año.
Pero la pintura no se está descascarillando, y ese azul cielo es un color más agradable y acogedor que un gris apagado. Quizá puedas aplazar la pintura.
Saco mi bloc de notas y escribo: «1. Limpieza exterior a fondo». Vuelvo a meter la libreta en el bolso e intento abrir la puerta. No se mueve.
Vuelvo a sacar la llave, pero antes de que pueda intentarlo de nuevo, Derek hace un gesto. —Déjame intentarlo.
Me hago a un lado.
Agarra el pomo, gira el cuerpo y lo golpea con el hombro. Espero un gran gemido y un crujido, pero, para mi sorpresa, la puerta se abre.
—Eres un tipo muy habilidoso para tener cerca.
—Me alegra que pienses así —Atraviesa la puerta y acciona un interruptor. No pasa nada, y está tan oscuro que no veo gran cosa.
—¡Qué fastidio! —digo.