11 Amanda
AMANDA
Nunca debí insistir en elegir la combinación de colores.
No soy el tipo de persona que suele exigir que se hagan las cosas a su manera, pero después de ese almuerzo en el que pensé que había conseguido un trato increíble para el rancho…
y luego Abigail tenía un millón de preguntas sobre el precio por kilo, las garantías y los plazos.
Yo también tenía todos esos temores en la cabeza.
Se hizo terriblemente obvio que no sé nada de ganadería, y nada sobre cómo crear una empresa, tampoco.
Cuando Abby me dijo que el color de pintura que había elegido era demasiado brillante y que quedaría fatal, me mantuve firme. Discutí, insistí y me quejé.
Y finalmente, Abigail Brooks, la persona más segura de sí misma que conozco, cedió.
Estoy tan contenta de que ella esté trabajando ahora y aún no haya visto la pared.
Es espantoso.
Todo lo que dijo era cierto. Es demasiado brillante.
Es definitivamente un color que verías en un resort de playa en Miami.
No encaja con el tono de la casa. Va a dominar el resto de la habitación.
Comprobado, más que comprobado. Al menos puedo evitar que el pintor pinte toda la habitación de ese color.
No se me da muy bien esta variante del español tan coloquial, lo tengo claro.
—Escuchame vos —digo—. No me está gustando.
Creés que podemos usar blanco para las otras paredes.
—Hablo igual que usted, señora —dice el pintor.
Y ahora me siento aún más tonta. —Um, bueno, esa pared será la que dé el tono —Miento—. ¿Pero podemos usar blanco para las otras paredes?
La expresión del pintor es plana. —No tengo pintura blanca.
—Tienes la pintura del techo —digo.
—Es mate, blanco mate —No le convence en absoluto.
Suspiro. —Iré a comprar más.
Está terminando la segunda capa en la pared trasera cuando vuelvo. Por suerte, en la ferretería tenían pintura satinada. No va a ser increíble, pero es mejor que cuatro paredes pintadas de color aguamarina.
Los niños aún no han vuelto del colegio y siento la necesidad de esconderme. Me escabullo hasta el salón para buscar mi bolso, ya que mis llaves están allí, pero Abigail me pilla.
—Ese Derek me envió un mensaje. Quiere hablar de los detalles en una hora. He quedado con él en el Gorge.
—De acuerdo.
—Vas a venir, ¿verdad? —Abigail nunca da rodeos.
—Sabes, creo que sólo lo haría más difícil.
—Amanda, la única razón por la que he quedado con él es porque…
—La cosa es que le prometí a Amanda Saddler que le llevaría… —Miro alrededor de la cocina. Hay un bol de ciruelas—. Ciruelas. Dijo que se moría por comer de estas, si conseguíamos algunas buenas, entonces…
—Acabo de traer más —Abigail claramente sospecha de mí, pero no puede probar nada—. No voy a hacer ningún trato con él porque pienses que es guapo.
—¿Crees que no lo sé? —Gracias a Dios por Abigail. Nunca he estado más agradecida de tenerla para dirigir las cosas—. En realidad, tal vez lo que necesito es que me ayudes con esto de las galletas…
—Amanda, sabes que te quiero.
¿Lo sé? ¿Ella me quiere? Por alguna razón, esa simple frase me paraliza.
¿Abigail Brooks, diosa que camina entre los mortales, me quiere?
¿Amanda Brooks, que no sabe ser buena madre, que no tiene ni idea de cómo llevar su vida amorosa o su negocio, y que está fracasando en todo, incluso en imitar a Abigail Brooks? Suspiro.
—Pero no puedo asumir nada más. Ni un solo proyecto más —Sus hombros están un poco caídos, ahora que lo menciona.
¿Abigail está cansada? No pensé que alguna vez se cansara.
No pensé que alguna vez se ocupara de demasiadas cosas—.
Y, además, me encanta hacer galletas. Esa es la forma en la que me relajo.
Nunca las haría para venderlas. Arruinaría algo que me encanta.
Tampoco se me había ocurrido que ella hiciera galletas tan a menudo…
porque le gusta hacerlas. ¿Qué clase de persona se relaja estando de pie durante horas y mezclando y horneando cosas y limpiando cacerolas y cuencos?
Definitivamente hay algo mal en su cerebro.
La única razón por la que hago galletas es para que entren en mi barriga.
Y ahora, para obtener beneficios, con suerte.
—Bueno, no dejes que te entretenga. Voy a coger mi bolso —Me lo cuelgo del hombro y me dirijo a la puerta.
—Y las ciruelas, ¿no? —Su ceja ladeada me dice que mi excusa de pacotilla ha sido descubierta.
—Claro —Vuelvo a la cocina y cojo algunas ciruelas. Puede que ella lo sepa, pero puedo fingir que no. Toda mi vida me ha preparado para este momento: seguir aferrándome a algo que dejó de funcionar hace mucho tiempo.
Es un alivio recorrer el kilómetro y medio que me separa de Amanda. No tiene ni idea de que voy, por supuesto, y desde luego no voy a llevarme las ciruelas, pero sé que me recibirá de todos modos.
—¿Brooks? ¿Eres tú? —Debe de haber estado en el jardín y me ha oído llegar, porque lleva puesto su enorme sombrero de paja y viene por el lado de la casa. Su cerdito gruñón trota a su lado, pero esta vez no lleva bufanda.
—La misma —Salgo del coche y el cerdo, que hasta ahora me había ignorado, se acerca trotando y sacudiendo todo el cuerpo mientras corre.
Por alguna razón, esta vez corre hacia mí y me olisquea los pies, chillando y gruñendo. Nunca he estado cerca de un cerdo, y me pone bastante nerviosa.
—¿Está bien? ¿Qué hace?
—Jed —grita Amanda—. Ven aquí ahora mismo.
El cerdo la ignora, pero cuando ella saca un clicker del bolsillo y hace clic, suelta un último resoplido y se da la vuelta.
—¿Tienes ciruelas? —Amanda mira a mi alrededor en el coche.
—Eh, sí. De hecho, sí.
Ella sacude la cabeza. —Jed suele comportarse bastante bien, pero se vuelve loco por las ciruelas, por alguna razón.
No me extraña. Meto la mano en el coche y cojo las tres ciruelas pequeñas que traje como excusa. Mi mentira resultó ser cierta, más o menos. —Estas pueden ser suyas…
El cerdo, mayoritariamente negro, empieza a agitarse y a gruñir salvajemente. Cuando se las tiendo a Amanda, incluso salta hacia ellas. Me pone muy nerviosa. Debe pesar 45 kilos.
—Jed, ya basta, o no te daré nada.
Amanda coge las ciruelas y pone los ojos en blanco. —¿Quieres entrar?
—¿Le pusiste Jed? —Miro al cerdo, que no es muy atractivo, al menos para mí—. ¿No eras fan del tío de mi difunto marido? —Jedediah Brooks es el hombre en cuya casa estamos viviendo, el hombre que dejó su rancho a mis hijos, si lo trabajan durante un año.
—Digamos que el cerdo me recordó al hombre —Resopla y se dirige a la puerta principal. En cuanto nos acercamos, un pájaro rojo empieza a cantar—. Calla, Arizona. La conocemos.
Amanda Saddler es, sin duda, la persona más extraña que conozco. La sigo al interior de la casa, con curiosidad por saber qué será lo próximo que aprenda. —Perdón por autoinvitarme.
Sigue caminando, desviándose bruscamente a la derecha para entrar en su cocina.
Una vez allí, coge un cuchillo y corta la ciruela por la mitad.
—Sé que las quieres todas, pero demasiadas ciruelas te dan diarrea, cochino —Le lanza la media ciruela a Jed, que la mordisquea, con el jugo corriéndole por la cara y cayéndole al suelo de madera.
En cuanto termina de masticar, se pone a lamer lo que ha ensuciado.
—En realidad no necesito nada. Sólo vine porque, bueno, necesitaba alejarme de mi casa.
—Vi todos los coches. ¿Remodelación? ¿Es eso lo que oí en el True Value?
—Probablemente una idea tonta —digo —, pero sí. Decidimos que con seis niños y dos adultos sería mejor hacer algo de espacio extra.
—Ya era hora. Jed se negó a cambiar nada en esa casa, el cerdo testarudo.
Veo un poco más por qué le puso ese nombre a su mascota. —Bueno, vamos a empezar añadiendo un nuevo espacio, y después de eso, arreglaremos algunas cosas de la casa, como actualizar la cocina.
Sonríe. —Pero es agotador. Lo sé, refaccioné este lugar hace diez años. Juré que nunca lo volvería a hacer.
—Sí, y en vez de tomar yo sola las decisiones, somos Abby y yo, y no siempre nos gustan las mismas cosas.
—Pero tienes a alguien. Siempre es bueno tener familia cerca.
Pobre Amanda. Es la única que queda de su familia. Debe sentirse muy sola. No me extraña que vista a su cerdo.
—Pero ese no es el único motivo —Puede que sea mayor, pero es una observadora aguda—. Llevas tiempo con la remodelación. ¿Por qué has venido hoy? —Me clava la misma mirada que le daba a Jed cuando se estaba portando mal.
—Estoy bien.
—Puedes decírmelo. No hablo con nadie —Se ríe a carcajadas.
—Es que quería montar un negocio y es mucho más difícil de lo que esperaba.
—¿Un negocio? ¿No haces cosas online? ¿Algo con fotos y vendiendo cosas?
Suspiro. —Algo así, pero ese trabajo interfiere con mi vida.
Abre la nevera. —Esto parece una conversación para dos copas —Deja unas cuantas cervezas sobre la encimera—. ¿Eres chica normal o ligera?
Ah, Amanda. Venir aquí era lo correcto. Medio trago después, he explicado mi idea de las galletas.
—Pero no entiendo por qué quieres hacer galletas. Te ganas muy bien la vida con las fotos de internet, y aunque no te encante, ¿por qué cambiar de caballo ahora?
—Bueno, han empezado a intentar decirme lo que tengo que hacer.
—¿Tipo diciéndote qué comer y cómo vestirte?
Casi me da vergüenza decir que han hecho eso todo el tiempo. Suena un poco tonto cuando lo explico en voz alta. No deberían llamarme influencer, deberían llamarme influenciada. —Bueno, eso, y también empezaron a pedir que mi hija posara con sus cosas…
—Oh, eso ni por asomo.
—Así les respondí —le digo.
—Bien por ti —Vacía su segunda botella de un tirón y la deja de golpe sobre la mesita—. Así que déjate de evasivas y dime cuál es la verdadera razón de las galletas.