La Promesa (El Rancho de Birch Creek 2) 7 Amanda
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7 Amanda

AMANDA

Las subidas y bajadas de mi vida son algo bastante divertido.

Cuando era niña, parecía que me pasaba todo el tiempo esperando a que pasara algo.

Los viajes por carretera eran los peores de todos.

A veces mi madre me decía que el viaje duraba tres horas, pero yo juraba que parecía un viaje de diez horas.

Todavía recuerdo una ocasión en la que necesitaba hacer pis desesperadamente.

Yo sentía como si hubiera estado moviéndome inquieta en el asiento trasero del coche durante al menos una hora, y mi madre no paraba de decir que estábamos a menos de cinco minutos de un baño.

Esos cinco minutos se convirtieron en cinco horas.

Pero cuando jugaba fuera, en mi bicicleta y jugando a la pelota con amigos, tres horas pasaban en un instante. Cuando mi madre llegaba a casa, aún no había hecho los deberes y estaba completamente mugrienta de todo lo que me había divertido.

Como adulto, soy más consciente de cómo medir y equilibrar mi tiempo.

Después de todo, tenemos más puntos de referencia para que las cosas parezcan en cierto sentido normales, incluso cuando el aburrimiento se alarga y las experiencias agradables parecen ocurrir a toda velocidad.

Pero por mucho que intente evitarlo, mi vida sigue salpicada de momentos de absoluto frenesí que parecen que no se allanarán nunca, por mucho que lo intente.

Probablemente sea culpa mía, a decir verdad. Mi tendencia a posponer la alarma es crónica.

Abigail, en cambio, nunca sigue durmiendo. Cuando por fin salgo de la cama y me dirijo a la sala de estar, Abby ya está vestida con un conjunto de entrenamiento, el pelo recogido en una coleta perfecta y los pantalones a juego con los detalles de la camiseta.

Ethan ya se ha ido, presumiblemente segando otro maldito campo.

Nunca voy a entender cómo es que aún no tienen suficiente heno para el invierno.

Parece que lo único que hace es cortar hierba.

Los otros hijos de Abby ya están peinados: trenzas para Whitney, una versión en miniatura de la coleta de Abby para Izzy y un precioso copete cuidadosamente peinado en la parte delantera de la cabeza de Gabe.

Todos desayunan con las mochilas alineadas contra la pared.

Todos llevan zapatos y parecen completamente serenos.

Mis dos hijas, mientras tanto, corren de un lado a otro en un estado de pánico apenas contenido, exactamente como su madre.

Emery solloza en silencio agachada junto al sofá. –Me falta un zapato.

—Tienes docenas de zapatos —le contesto—. Elige otro par.

Me enseña tres zapatos y abro la boca para decirle que se los ponga de una vez, cuando me doy cuenta de que son tres zapatos distintos. Un mocasín rosa, unas zapatillas Converse amarillas y unas Nike Air. —Pues sigue buscando. Caramba. No vas a encontrar nada agachada en el suelo.

—Mamá —Maren se retuerce las manos y tiene la cara roja—. Tengo un grano, y alguien perdió mi corrector.

Me gustaría poner los ojos en blanco y decirle que se las arregle. Los granos no son el fin del mundo. Pero para una adolescente en un colegio desconocido, sí lo son. —Usa el mío.

—¿Es un chiste? —Aprieta los puños a los lados—. No tengo corrector, mamá. Es el tuyo el que falta.

Por el amor de Dios.

Antes de que pueda gritarle a Maren por haber perdido mi corrector o a Emery por ser tan desordenada –son demasiado grandes para ser tan despistadas– Abby aparece flotando delante de ellas.

Le lanza un tubo a Maren, que lo coge del aire y corre hacia el baño.

Luego señala a la esquina, junto a la lámpara alta. —Emery, mira allí.

Mi querida niña corre por la habitación y se agarra a la zapatilla Converse desechada por descuido como si fuera su hija perdida. —Gracias, gracias, gracias.

Abby tiene que hacer de salvadora dos veces más, pero finalmente conseguimos reunir todas las cosas de los niños justo a tiempo para coger el autobús.

¿Tercer día de mi plan para ser como Abby? Un completo y total fracaso.

Una vez que todos se han ido, Abby desaparece en su habitación para trabajar, y yo me quedo sola aquí fuera sin absolutamente nada que hacer.

Bueno, nada nada, no. Entro en Internet y compruebo los precios de los ingredientes de cuatro recetas diferentes de galletas del libro de cocina de Abby.

Los sumo y calculo un coste aproximado por lote.

Sólo entonces me doy cuenta de que probablemente debería hacer las galletas y averiguar cuántas galletas se hacen con cada receta, o no habrá manera de saber mi coste por galleta.

Uf. Enciendo Netflix y empiezo a hacer zapping para encontrar un programa que ver de fondo mientras horneo todas esas galletas.

Pero cuando empieza la serie, me engancho tanto que me olvido de ellas.

Luego se vuelve un poco aburrido y… me quedo dormida.

Un fuerte golpe en la puerta principal me despierta justo a tiempo para que Abby salga de su habitación. —¿Hay alguien aquí?

Uh, duh. Eso es lo que significa llamar a la puerta.

—¿Estabas durmiendo? —Me echa una mirada directa al mentón.

Me paso la mano por ahí y… hay baba. Hoy no puedo tener un respiro. Lo peor de compartir casa con alguien, sobre todo con alguien como Abby, es que siempre está ahí, silenciosamente haciéndome quedar como una fracasada. Hago lo que haría cualquiera e invento una mentira. —No dormí muy bien anoche…

Los golpes empiezan de nuevo. —¿Abby?

Oh bien, es para ella.

—¿Jeff? —Cruza corriendo la habitación y abre la puerta de un tirón—. ¿Está todo bien?

Asiente con la cabeza. —Bien, todo bien.

Pero llamó Kevin. Se ha ido con Ethan, sino estaría aquí.

Ayer planearon el lugar para el baño y la disposición aproximada del resto.

Dijo que si estás totalmente segura, uno de sus amigos puede venir a hacer el encofrado preliminar.

Está en medio de un trabajo enorme, así que Kev pensó que pasarían semanas antes de que pudiera hacerlo, pero tiene libre el resto de esta semana.

Abre la puerta de par en par. —Fantástico. ¿Qué necesitas de mí?

—No mucho. Kevin y tú hicisteis los planos, y él los tiene.

Sólo tiene que dibujar las dimensiones y empezar a encofrar.

Además, un bonus: la ex del encofrador está saliendo con un electricista, y ella le debe a mi amigo un montón de manutención de los hijos, así que su novio accedió a venir mañana y comenzar la electricidad preliminar.

Le pagaremos a mi amigo por ambas cosas, aparentemente.

—Oh —Las cejas de Abby se juntan, como si la vida de pueblo le resultara casi ininteligible—. De acuerdo.

—No te preocupes, Kevin vendrá más tarde para asegurarse de que todo está en su sitio.

—Impresionante —Abby se da media vuelta y me sonríe.

Es emocionante. Nos desanimó oír que, con el orden en que hay que hacer las cosas, pasaría bastante tiempo antes de que avanzáramos de forma significativa.

Menos de diez minutos después, aparece el encofrador. Estoy en el garaje con Abby para enseñarle la pared que tenemos que excavar y la nueva zona que necesitamos encofrar, cuando suena mi teléfono.

Es Heather, mi supervisora en Lololime, el cliente que paga todas mis facturas. —¿Hola? —Señalo mi teléfono y articulo «Heather» a Abby. Me hace un gesto con la mano para que me vaya.

—¿Amanda? —Siempre lo dice como si un chico de fraternidad estuviera contestando al teléfono, o como si tuviera tanta resaca que no pudiera recordar mi nombre. Supongo que, en su mundo, ese podría ser el caso.

—Sí, Heather, soy yo, Amanda Brooks.

—Genial. ¿Y no estás, no sé, ordeñando una cabra, o algo así?

—No ordeñamos nuestras cabras —digo—. No te preocupes.

—¿Una vaca, entonces?

—No ordeño nada.

—Genial. Súper. Imagino que con el comienzo de la escuela las cosas han estado agitadas.

—Efectivamente, pero ahora las niñas están en el colegio y puedo volver a respirar.

—Maravilloso.

—Sí, pienso igual. Respirar es algo imprescindible.

—Ajá —No entiende, ni ha entendido nunca, mi sentido del humor. Lo cual es irónico, teniendo en cuenta que fue ella quien presionó para que mi cuenta quedara bajo su jurisdicción.

Supongo que tengo diez o quince minutos hasta que empiecen a sonar sierras y martillos. —Heather, ¿qué puedo hacer por ti?

—A veces olvido lo directa que eres —Se le escapa una risita—. Se te nota la costa este.

Si fuera un poco más salvaje, le diría que con esa risita se le notaba su acento de niña presumida de la California de los ochenta, pero no tengo esa confianza. —¿Me llamas porque estoy retrasada con mi publicación de esta semana?

Esta vez, su risa es nerviosa. —Quiero decir, claro, sí, siempre me preocupo por animar a mi equipo. Pero pensé en aprovechar esta oportunidad para recordarte lo mucho que les gusta a tus espectadores echar un ojo a tu vida social.

Quiere decir que hace mucho tiempo que no publico una foto de vaqueros.

Los comentarios de mis últimas publicaciones llegaron a rozar el asco, la verdad.

Se siente un poco como si, al compartir fotos de un vaquero sexy, le hubiera dado comida a un Mogwai después de medianoche.

Mis fans se están convirtiendo en gremlins, hambrientos de más, y nunca satisfechos del todo.

—Pero dijiste que no querías fotos de Eddy.

Se aclara la garganta. —Efectivamente no creemos que el Sr. Dutton sea adecuado…

—Dr. Dutton —le digo—. Es veterinario. ¿Recuerdas?

—Claro. No creemos que el Doctor Dutton sea alguien que refleje bien nuestra marca. Pero seguro que esa zona está plagada de vaqueros guapos, ¿no?

¿Plagada? ¿Tiene uno de esos calendarios de palabras del día o algo así? —Bueno, conocí a un chico nuevo el fin de semana —No estoy segura de que supiera montar a caballo, pero llevaba botas de vaquero y su trabajo está relacionado con el ganado.

—¡Maravilloso! Absolutamente maravilloso —Está golpeando algo, me pregunto qué será. Podrían ser uñas postizas sobre una mesa. ¿O un bolígrafo contra el teléfono?