7 Amanda #2
—Me llamó dos veces desde el sábado. No pude devolverle la llamada enseguida…
—Obvio, pero ahora es miércoles —Por supuesto que tiene un calendario. Probablemente debería conseguir uno, tal vez uno con la palabra del día. Ja.
—Le enviaré un mensaje y tendré algo para el viernes. ¿Te parece bien?
—Mañana sería mejor. Tenemos una reunión de personal para revisar las métricas el viernes. Me encantaría poder presentar cómo se dispararon tus clics cuando publicaste sobre el nuevo tipo.
Reprimo un gemido. —Entendido, jefa.
Es tan joven que ni siquiera se da cuenta de que estoy siendo sarcástica. —Maravilloso. Simplemente maravilloso.
—¿Necesitabas algo más?
Como si estuviera esperando mi señal, empieza a sonar una sierra en el garaje.
—¿Hola? ¿Amanda?
—Sigo aquí —le digo—, pero estamos haciendo una pequeña remodelación en la granja. Es vieja.
Su chillido es peor que sus risitas multiplicadas por sus maravillas, multiplicado por diez. —¡Amanda Brooks! ¡Me lo estabas ocultando! ¡Madre mía! ¡Tus seguidores enloquecerán con esto! ¿A quién no le gusta un buen cambio de imagen?
—¿Pero no estoy segura de cómo eso se relacionará con Lololime?
—Por favor. Te enviaré una nueva caja de ropa inmediatamente. Estarás en las fotos, por supuesto, o tus preciosas niñas pueden estar. Publica sobre los cambios, pero asegúrate de salir en ellas. Esto es el ABC de ser influencer —Resopla.
—Qué boba yo —digo—. ¿Qué más? Tengo tanta suerte de tenerte para guiarme.
—Al menos lo aprecias —dice—. Hay gente que le cae mal.
La sierra vuelve a funcionar y apenas puedo oírme pensar. —Muy bien, bueno…
—¡Sí, será mejor que te apresures a hacer esas fotos del «antes» rápido!
Hago lo que me pide, pero las fotos del antes son bastante horribles. Parece una habitación deslucida, destartalada, algo sucia, grande y vacía, con el suelo manchado.
—Una vez que tenga esta sección encofrada —dice el tipo—, cortaré la ventana. Probablemente mañana.
¿Cortar la ventana?
—Es bastante ruidoso —dice—. ¿Sabes si Kevin encargó la ventana ya?
¿Encargar una ventana? —Uh, no. Ni siquiera estoy segura de que hayamos elegido…
—He encontrado una en Internet —grita Abby desde la puerta—. Te envié un correo electrónico con un enlace. Una de nosotras puede ir a recogerla en Home Depot esta tarde o mañana por la mañana.
«Una de nosotras» es claramente mi nombre en clave.
Antes de que pueda reprimir mi enfado por el hecho de que elija ventanas sin mí y luego me envíe como a un repartidor a recogerlas, suena mi teléfono.
Es Derek Bills. Por lo visto, nadie le ha explicado que no hay que mostrarse demasiado entusiasta.
Le envié un mensaje menos de cinco minutos antes.
[Ahora mismo estoy tapadísimo de reuniones. ¿Quedamos el viernes para desayunar?].
[¿Dónde?].
[Voy a reunirme con un ranchero no muy lejos de Manila… ¿Te parecería bien el Gorge?].
[Claro].
—Iré a buscar la ventana ahora, supongo —Antes incluso de que pueda coger mi bolso, oigo una larga retahíla de palabrotas procedentes del garaje. Abby está tan preocupada como yo, y las dos nos damos la vuelta.
Sale agua de una tubería en la pared.
—¿Qué está pasando? —Abby pregunta.
—Esa válvula tenía una fuga —dice el encofrador—. Intenté ajustarla, pero se rompió.
Maldigo en voz baja.
—No me digas —dice Abby.
Kevin irrumpe detrás de nosotros un momento después. —¿Qué demonios…?
—Se rompió la válvula —dice Abby—. Necesitamos un fontanero ya mismo.
—¿Dónde está la línea principal de agua? —pregunto—. Si la cerramos, el garaje no seguirá llenándose de agua.
Abby sale corriendo por la puerta por la que Kevin acaba de entrar. Espero que eso signifique que sabe dónde está. Antes de que Paul muriera ni siquiera sabía que se podía cerrar una tubería de agua. Supongo que algunas cosas de mi vida sí eran mejores antes de que muriera.
Kevin saca su teléfono. —Hola, tengo una emergencia —Hace una pausa—. No con animales. Un problema de fontanería. Algo urgente.
—¿Quién es? –¿Y por qué está diciendo que no es un problema con animales? Ayer dijo que su fontanero estaba trabajando en Vernal durante las próximas dos semanas.
—Estoy en casa de Amanda, sí. Greg está en esa nueva construcción como por diez días más —Gruñe—. Bien —Suspira—. De acuerdo —Luego cuelga.
La presión del agua disminuye, sólo gotea y finalmente se detiene. Respiro aliviada, pero sigo sintiéndome incómoda. —Kevin, ¿a quién llamaste?
Se gira lentamente para mirarme. —¿No te ibas a Home Depot?
—Era Eddy.
Kevin abre mucho los ojos y gira para alejarse de mí. —¿Qué tan fuerte apretaste esa válvula, amigo?
Él y el encofrador se ponen manos a la obra, abren la puerta del garaje y empujan la mayor parte del agua hacia el exterior.
Hace mucho calor y ambos trabajan sin camiseta.
Los dos son jóvenes, demasiado jóvenes para mí, pero puede que a mis lectores les guste una instantánea del lugar de trabajo.
En eso debería estar pensando. O quizá en lo afortunados que somos de que apenas se haya levantado nada del armazón central, así que no se ha dañado nada.
O podría centrarme en lo estupendo que es que Kevin haya encontrado a alguien que pudiera venir a cambiar rápidamente esta válvula rota.
En cambio, mi mente está girando a una velocidad de quince millones de kilómetros por minuto. Porque Eddy está viniendo para acá.
Lo cual es estúpido. Lo he evitado precisamente por esta razón.
Él sabe que no podemos salir. Yo sé que no podemos salir.
Sería malo para él caer de nuevo a la mirada del público, y aún peor para mí estar vinculada con él.
Con su historial (atropelló a alguien con su coche estando drogado y esa persona murió) y mi trabajo (como influencer, mi reputación es mi valor), realmente no puedo arriesgarme a enamorarme de él.
No más de lo que ya lo estoy, digamos.
Me obligo a salir del garaje, hacia donde viene Eddy, y a entrar en casa, donde recojo el bolso que he tirado y me dirijo hacia el coche.
Necesito buscar esa ventana y no estar aquí cuando Eddy llegue.
Vamos, Amanda, vamos. Me subo al coche y pongo la marcha atrás, y es entonces cuando el sensor de marcha atrás lo detecta.
Roscoe se ha arrastrado detrás del coche y se ha vuelto a tumbar.
Empezó a hacerlo cuando volvimos: siempre que no está encerrado en casa y yo salgo, se aparca detrás de mí.
Es como si le aterrorizara que no volviera, así que quiere evitar que me vaya a ninguna parte.
Vuelvo a aparcar el coche, salgo de nuevo, doy la vuelta, le agarro del collar y hago el movimiento de encorvarme, caminar y arrastrarme que tengo que hacer siempre para volver a meterlo dentro.
Sólo que esta vez no funciona.
Soy tan idiota que no me di cuenta de cómo había salido.
Cuando vuelvo a mi coche, ya ha atravesado la puerta abierta del garaje y se ha colocado detrás de la rueda trasera.
—¡Roscoe! —Se acurruca un poco más abajo, pero no se mueve—.
No me voy, chico —Resoplo—. Es decir, sí me voy, pero volveré en unas horas.
Sus ojos marrón claro están tan llenos de amor desesperado que mi irritación se evapora.
Me agacho a su lado y le acaricio la cabeza.
Inmediatamente se pone a gatas en mi regazo y casi me derriba sobre el camino de grava.
Al ver su oportunidad, empieza a lamerme la cara.
—Eh, para —En lenguaje canino, eso significa «por favor, lámeme mucho, mucho más, fervientemente».
Finalmente me pongo de pie para escapar del fervor de su lengua.
Lo arrastro nuevamente y por fin estoy lista para irme. —Eh, Roscoe está encerrado atrás y yo me voy —grito en voz alta, para que Abby y Kevin se enteren—. Por fin.
—Oh —Esa pequeña palabra es sólo una sílaba. No debería ser suficiente para que reconociera su voz, pero lo es. Levanto la cabeza y nuestros ojos se encuentran.
Mis párpados se agitan. Como si realmente aletearan. ¿Qué soy? ¿Una quinceañera? Maren, en pánico por su grano de esta mañana, estaba más serena de lo que me siento ahora. —Tengo que ir a comprar una ventana.
—De acuerdo —Eddy no discute. Ni siquiera charla. Se limita a mirarme desde la puerta, pero una mirada suya, incluso sin sus dos hoyuelos, es prácticamente paralizante.
Por pura fuerza de voluntad logro moverme. Primero las piernas y luego los brazos para no parecer un robot. —Quiero decir, volveré.
—Probablemente me habré ido para entonces —dice—. Es sólo una válvula rota.
¿Es una solución rápida? ¿Ese estúpido encofrador no podría haber destrozado algo más grande?
—No sabía que eras fontanero. ¿Podrías hacer el resto de la plomería por nosotros?
—Las palabras se me escapan, y siguen saliendo—.
Kevin dijo que el único fontanero de la ciudad se ha ido, va a retrasar todo el proyecto.
Eddy frunce el ceño. —Es decir, tengo mi consulta; sólo hice trabajos de fontanería para pagarme la carrera de veterinaria.
Por supuesto que sí. Está buenísimo. Es amable como él solo.
Es el músico más talentoso que he conocido en la vida real, y es veterinario.
Además de todo eso, ¿por qué no iba a ser hábil con las cosas de la casa?
—Lo siento. No sé por qué pregunté eso —Tranquilízate, Amanda.
No te pongas tan nerviosa. Claro que sé por qué.
Sólo espero que no sea superobvio para él—.
Quiero decir, sé por qué —Necesito callarme.
Arréglalo, cerebro, arréglalo.
—Tres veces —dice Abby desde el pasillo—. Tres veces alguien ha entrado mientras me duchaba esta semana —Se ríe—. Por eso estamos todos tan desesperados, pero nunca se nos ocurriría abusar de ti. Claro que tienes tu propia consulta veterinaria que te mantiene ocupado.
—Por favor —Kevin se aparece detrás de ella—. Todo el ganado sigue en las tierras forestales. Seguro que estás medio aburrido.