La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) El regreso
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El regreso

Pasaron la última noche caminando por la playa bajo la penumbra de la medianoche. En pocas horas volverían a Kansas: Andrés sería otra vez un banco de caoba en el parque y el Poeta volvería a ser el protector de siempre.

Pero ninguno era ya el mismo hombre que había iniciado la travesía una semana atrás. Se marchaban del Caribe flechados por el amor y conscientes de que todavía quedaban asuntos pendientes en casa.

Miraron fijamente al mar de frente, contemplando cómo el reflejo plateado de la luna se estrellaba con suavidad en el agua y cómo los astros iluminaban el cielo nocturno de una forma excepcional.

Fue justo en ese mágico instante cuando ambos se dieron cuenta de un detalle asombroso: esas dos estrellas que andaban perdidas de las Pléyades alumbraban con todo su esplendor nuevamente en el firmamento.

Ninguno de los dos sospechaba siquiera, ni por asomo, que esas dos luces celestiales habían estado compartiendo el carro, la piña, el café y los besos con ellos hacía tan solo menos de doce horas en la Tierra.

Mientras la brisa los envolvía, hablaron sobre el perfume guardado y la nota misteriosa. Decidieron resolver aquel enredo apenas regresaran a Kansas, después de concederse un breve descanso antes de enfrentar la situación más extraña de sus vidas.

El Banco ya no pensaba en Electra como un amor platónico e inalcanzable; pensaba en Amelia, sin saber que ambas eran la misma estrella. El Poeta, con la mirada clavada en el horizonte, guardaba la certeza de que, al final del camino, todo estaría bien para los dos.