La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Perdóname
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Perdóname

Gaia y el Poeta, a solo unos metros de distancia del umbral de la posada, también se enfrentaban con el corazón encogido a la inevitable hora de la despedida.

Habían pasado una noche excepcional en la arena.

Aquel primer beso bajo la fogata abrió una etapa hermosa y peligrosa: ambos intuían lo que sentían, pero ninguno se atrevía aún a nombrarlo.

El Poeta sintió el impulso de entregarse a ella, aunque se contuvo.

En el pecho, una voz insistía: «Toca la puerta de su alma y no demores más».

Prefirió contenerse por respeto. Antes necesitaba enmendar el daño que había causado a aquella estrella del firmamento.

La conversación con Camila frente al café lo había marcado: solo después de pedir las disculpas correspondientes tendría la paz para comprar otro perfume y escribir una nota limpia para la mujer que tenía delante.

Sin equivocaciones del destino ni errores del pasado. Porque sí.

La deidad lo miró fijamente a los ojos con sus grandes ojos saltones y le dijo con una absoluta y mística certeza:

—Estoy segura de que volveremos a encontrarnos, Poeta…

Durante esos catorce años de silencio, todos te juzgaron con crueldad, incluso aquella estrella de tus versos.

Si yo fuera ella, si estuviera aquí frente a ti y hubiera escuchado tu confesión…

me acercaría a tu oído para decirte una sola cosa: perdóname.

Con esas palabras flotando en el aire, la pelirroja se despidió con un gesto de la mano y subió al asiento trasero del taxi.

El vehículo aceleró por el camino costero hasta perderse en el horizonte. El Poeta permaneció inmóvil sobre la arena, atrapado por el eco de aquellas palabras.