Llévame contigo
Salieron a dar una última vuelta nostálgica después de aquella tarde de revelaciones en Cayo Levantado.
Ninguno estaba dispuesto a desperdiciar la última noche que les regalaba Samaná.
Como en su primera cita, buscaron un rincón apartado de la playa, encendieron una fogata y permanecieron largo rato contemplándose en silencio.
Cada uno intentaba descifrar el misterio que tenía enfrente.
Pero ambos compartían un mismo propósito: comprenderse.
El Poeta rompió primero la distancia.
Se acercó despacio, la tomó con delicadeza del hombro y le tendió la mano.
—¿Bailamos?
A lo lejos, mezclada con el rumor de las olas, llegaba una bachata suave y melancólica.
El coro parecía repetirse una y otra vez:
«Llévame contigo».
Mientras se balanceaban sobre la arena húmeda, el escritor acarició el cabello rojo de Camila.
Acortó la distancia.
Y, sin que ninguno de los dos opusiera resistencia, sus labios finalmente se encontraron.
Camila siempre había creído que sabía besar.
Durante millones de años había presumido ante sus hermanas de haber dejado sin palabras a más de un pretendiente del firmamento.
Pero aquel beso le enseñó que todavía le quedaban emociones por descubrir.
Sintió que, por primera vez en toda la eternidad, era ella quien perdía el equilibrio.
Los besos entre deidades nunca podrían compararse con el abrazo ardiente entre un hombre y una estrella.
Allí, frente a la fogata, el universo y la humanidad dejaban de ser dos mundos distintos.
Por primera vez respiraban al mismo ritmo.
El Poeta tampoco lograba comprender del todo lo que estaba ocurriendo.
La estrella que un día había juzgado desde la distancia se había convertido, sin pedir permiso, en la mujer de la que se estaba enamorando.