La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) La caoba en fuego
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La caoba en fuego

Ambos se levantaron de la pequeña mesa de madera y decidieron hacer lo que dos seres profundamente conectados sabían hacer mejor en ese plano terrenal: vivir.

Corrieron tomados de la mano hacia la orilla.

Corrieron sin mirar atrás hasta que la inmensidad de la noche de Samaná terminó por envolverlos.

Las dos parejas sabían que el inevitable regreso se acercaba y que aquellas vacaciones tenían los días contados. Precisamente por eso, ninguno estaba dispuesto a desperdiciar un solo instante de aquella última velada en el paraíso.

Andrés vivía cada experiencia con la emoción de un niño descubriendo el mundo por primera vez.

Electra ya no hacía ningún esfuerzo por ocultar lo que sentía por él. Cada oportunidad que encontraba bastaba para tomarlo por el cuello de la camisa y besarle los labios con la misma intensidad con la que, días atrás, había intentado salvarle la vida sobre la arena.

Él siempre terminaba sin aliento.

Había momentos en los que Andrés sentía que aquel cuerpo humano no podría contener tanta emoción. Le parecía que el calor que llevaba por dentro terminaría encendiendo la caoba de la que realmente estaba hecho.

Y aquello, en el orden del cosmos, era una verdad literal.

Ya no existía el viejo amor platónico que contemplaba una estrella desde la soledad de un parque.

Sin darse cuenta, Andrés estaba viviendo un amor infinitamente más real que cualquier sueño.

Por otro lado, el Poeta seguía intentando comprender todo lo que Camila le había confesado aquella tarde frente a dos tazas de café.

No dejaba de hacerse preguntas.

Cada respuesta parecía abrir un misterio nuevo.

Solo tenía una certeza.

Se estaba enamorando de aquella mujer enigmática que había llegado a su vida como una aparición inesperada.

Ella se había convertido, sin proponérselo, en la razón perfecta para volver a escribir.

Quería descubrir quién era realmente.

Quería comprender cada uno de sus silencios.

Pero recordó las últimas palabras que ella le había regalado aquella tarde:

«Vivamos primero el fondo de las cosas, Poeta… Después escribimos la poesía.»

Y decidió hacer exactamente eso.

Mientras tanto, Camila tampoco era ya la misma estrella orgullosa que había descendido del firmamento días atrás.

Seguía siendo pura candela. Solo que ahora sabía cuándo apagarla.