Aquí también te curas
Fue una tarde espectacular bajo el sol de Samaná.
¡Andrés se divirtió de lo lindo en las aguas turquesas!
El Poeta, por su parte, contemplaba fascinado cada una de las ocurrencias espontáneas de Camila. Cuanto más la observaba, más le intrigaba aquella forma tan única que tenía de decir las cosas, siempre adornadas con un toque de encantadora e impredecible locura.
En Cayo Levantado, Camila fue más ella que nunca.
Su corazón ya había perdonado los viejos agravios literarios del escritor.
Electra era plenamente feliz al lado de un ser tan extraordinario como Andrés.
Y ella…
Ella se sentía en la cúspide de la felicidad.
Pero entonces ocurrió algo.
Mientras caminaba entre los arrecifes, el borde afilado de una roca rozó la piel de su pie.
El Poeta lo vio.
Esperó el brote de sangre.
Esperó la herida.
Pero no ocurrió ninguna de las dos cosas.
La piel se cerró como si jamás hubiera sido cortada.
El escritor permaneció inmóvil.
No dijo una sola palabra.
Solo guardó aquel nuevo misterio en el mismo rincón de la memoria donde ya descansaban todos los anteriores.
Camila salió del agua, caminó hasta él y sonrió.
—Poeta… Te invito formalmente a tomar un café.
Esta vez él aceptó sin pensarlo.
Caminaron unos metros hasta una pequeña mesa de madera frente al mar.
Cuando estuvieron sentados, el escritor rompió el silencio.
—Camila… eres un ser enigmático.
Ella sonrió.
—¿Ah, sí?
—Sí. Me encantas, no voy a negarlo. Pero hay algo que necesito preguntarte.
Sostuvo su mirada.
—¿Quién eres realmente?
Camila sostuvo la taza caliente entre las manos.
Respiró profundo.
—¿Quieres saber por qué empecé a enamorarme de esta tierra desde que llegué?
—¿Por qué?
—Porque aquí todo parece resolverse con el corazón. Una conversación importante termina alrededor de una cerveza… o de una taza de café.
Levantó ligeramente la taza.
—Por eso quería invitarte.
El escritor no apartaba la mirada de ella.
Camila continuó.
—Hace apenas unos días veía el mundo de otra manera. Creía que toda respuesta debía encontrarse a la fuerza. Hoy prefiero mirar a las personas a los ojos y descubrir la verdad en la forma en que hablan.
Guardó silencio.
—Llegué a esta isla con un dolor muy profundo en el pecho.
Ahora estoy sentada frente a un hombre que, sin darse cuenta, consigue aliviarlo cada vez que me mira.
El Poeta sintió un estremecimiento.
Camila continuó hablando con una serenidad que jamás había mostrado.
—Quizá muchos piensen que soy impulsiva. Que exagero. Que saco conclusiones demasiado rápido.
Sonrió con cierta tristeza.
—Tal vez tengan razón.
Pero también soy alguien que siente.
Alguien que ama.
Alguien que se equivoca.
Y alguien que, muchas veces, solo necesitaba que dejaran de juzgarla antes de conocerla.
El Poeta permanecía inmóvil.
Cada palabra parecía responder preguntas que llevaba años haciéndose.
—La única persona que nunca me ha juzgado ha sido Amelia —continuó Camila—. Ella siempre ha aceptado quién soy, incluso cuando ni yo misma me entendía.
Levantó la vista.
—No soy perfecta.
Ni siquiera las estrellas lo son.
Pero sí puedo decirte algo.
Yo también sé amar.
Yo también sé sufrir.
Y también sé perdonar.
El viento movió las hojas de las palmeras.
Camila sonrió con una paz nueva.
—Contigo aprendí algo que jamás imaginé.
Aquí, en esta tierra…
No solo nace la poesía.
Aquí también te curas.
Se levantó despacio y le tendió la mano.
—Vamos.
Primero vivamos.
Después… escribimos.