Eres tan bella que pareces una estrella
¡Y llegó el gran día! Samaná los recibió con su brisa encantadora y el paraíso terrenal de Cayo Levantado. Los botes estaban listos en el muelle, los bikinis puestos y el grupo rebosaba entusiasmo: Andrés, rejuvenecido a sus cincuenta y cinco años, y el Poeta, con el alma encendida junto a su musa.
Todos abordaron una embarcación que primero los condujo mar adentro para presenciar el majestuoso espectáculo de las ballenas jorobadas. La travesía era emocionante a más no poder; ni siquiera el sensible escritor había tenido la oportunidad, en sus años de juventud, de vivir algo semejante.
En medio del océano, cuando las olas se mecían con fuerza, el grito eufórico del capitán rompió el silencio.
—¡Ahí están! ¡Muchachos, saquen las cámaras, que ya vienen!
Todos levantaron la vista.
Las inmensas ballenas emergieron del agua con una elegancia imposible, lanzando columnas de espuma hacia el cielo.
Las dos estrellas contemplaban extasiadas a aquellos gigantes del mar y pensaban en silencio:
«¿Existe en nuestra constelación una criatura tan llena de fuerza y de vida como esta?»
Por un instante comprendieron lo monótona que podía llegar a ser su existencia eterna en el firmamento.
Permanecieron largo rato observándolas desaparecer una y otra vez bajo la superficie.
Nada podía robarle la magia a aquel momento.
Nada.
La excursión continuó bordeando la bahía hasta que, finalmente, desembarcaron en la arena blanca de Cayo Levantado.
Al contemplar el agua turquesa, los cocoteros y aquella playa casi irreal, Camila no pudo contener la emoción.
—¡Guau! Te lo juro, en nuestra galaxia una hermosura como esta simplemente no existe. ¡Esto es una injusticia del universo! Voy a tener una conversación muy seria con mi papá cuando regrese.
El Poeta la miró inmediatamente por encima de sus gafas de sol.
—¿Cuál galaxia, Camila?
Ella comprendió al instante que había hablado más de la cuenta.
—Ah… es que… justamente así se llama mi pequeño pueblo en Europa —improvisó con una sonrisa nerviosa—. ¡Pero ya basta de hablar! ¡Muévanse! Este bikini está completamente seco y necesita agua del Caribe con urgencia.
Y salió corriendo hacia el mar.
El escritor sonrió.
Había algo en aquella mujer que le resultaba imposible de explicar.
Su manera de emocionarse.
Su libertad.
Su forma de hablar.
Su capacidad de maravillarse por absolutamente todo.
Mientras la veía correr por la orilla, sintió que las palabras salían solas de su pecho.
—Camila…
Ella se volvió.
—Eres una mujer tan sumamente bella… que pareces una estrella bajada del mismísimo cielo.
Camila quedó inmóvil.
Durante un instante sintió que su propio brillo interior amenazaba con atravesar la piel del avatar.
No supo qué responder.
Electra observó la escena sorprendida.
«¿Qué fue exactamente lo que pasó entre estos dos?», pensó.
Andrés sonrió con esa complicidad silenciosa de los buenos amigos y murmuró para sí:
—Creo que mi hermano, por fin, volvió a encontrar una razón para escribir poesía.
—¡Vamos! —gritó Electra, salpicando agua hacia todos lados—. ¡La playa nos está esperando y no pienso perder ni un segundo más!
La tensión se rompió.
Los cuatro corrieron hacia el mar entre risas, mientras el Caribe, una vez más, parecía conspirar silenciosamente para acercar dos destinos que llevaban demasiado tiempo buscándose.