La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) El Banco que besa
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El Banco que besa

—¡Andrés! Ven acá… Te veo con una felicidad que no te cabe en el pecho hoy —comentó el Poeta mientras se servían café en el comedor de la posada.

—¡Jajaja! ¡Ay, Poeta de mi alma! Es que esa muchachita, Amelia, es candela pura…

de la que quema de verdad —confesó Andrés, incapaz de borrar la sonrisa—.

Imagínate que anoche me plantó un beso espectacular en el lobby.

Y esta vez sí que no puedes venir con el cuento de los primeros auxilios…

porque, que yo recuerde, no me estaba ahogando.

—Más respeto para este caballero —respondió Andrés, levantando el mentón con orgullo—. De ahora en adelante soy Andrés: el único hombre sobre la faz de la Tierra que ha tenido el privilegio de ser besado por una estrella… ¡y ya van dos veces!

El Poeta sonrió.

—Me alegra muchísimo por ti, hermano. De verdad.

Su expresión, sin embargo, cambió.

—Pero, siendo honesto… empiezo a preocuparme por otro asunto. Ya van seis noches y esas dos estrellas siguen sin aparecer. Necesito resolver el enredo del perfume y aquella maldita nota que escribí hace tantos años.

—Es verdad… —asintió Andrés, bajando la mirada—. Con tantas emociones casi había olvidado ese problema. Pero todavía nos quedan algunos días en esta isla…

Andrés suspiró.

—Aunque, si te soy sincero… mi cabeza solo piensa en Amelia.

—Lo sé.

El Poeta lo observó con atención.

—Pero hay algo de ustedes dos que sí me preocupa.

—¿Qué cosa?

Andrés dejó la taza sobre la mesa.

Su sonrisa desapareció.

Cuando volvió a hablar, su voz ya no era la del hombre emocionado de las últimas horas.

—Escúchame bien, hermano… Aquí no te va a hablar el Andrés alegre que viste bailando bachata.

Le sostuvo la mirada.

—Aquí te va a hablar el Banco de Soledad.

El Poeta guardó silencio.

—¿Qué va a pasar cuando estas vacaciones terminen? —preguntó Andrés con un hilo de voz—. ¿Cómo se supone que le explique a Amelia quién soy realmente?

Respiró hondo.

—¿Qué voy a decirle? ¿Que en realidad soy un banco de caoba empotrado en un parque de Kansas? ¿Que, si algún día quiere volver a besarme, tendrá que viajar miles de kilómetros para sentarse junto a mí y esperar que la magia vuelva a despertarme?

El Poeta sintió un nudo en la garganta.

—Andrés…

—No, déjame terminar.

Se miró las manos humanas.

—Este cuerpo es maravilloso, sí… pero solo es un préstamo. En el fondo sigo siendo el mismo banco de siempre. Cuando todo esto termine… ¿qué será de mí? ¿Y qué será de ella?

El comedor quedó en silencio.

Ni siquiera el rumor de las tazas parecía atreverse a romper aquel momento.

El Poeta permaneció largo rato sin encontrar una respuesta.

Porque, por primera vez desde que comenzó el viaje, comprendió que las vacaciones no eran el verdadero problema.

El verdadero problema era el regreso.

Los dos se quedaron mirándose durante varios segundos, hasta que Andrés dejó escapar una risa resignada.

El Poeta terminó contagiándose.

Y, como tantas otras veces desde que se conocieron, ambos acabaron riéndose a carcajadas, de esas que hacen doler la barriga.

Después de todo, cuando la vida no ofrece respuestas… a veces lo único que queda es reír junto al amigo que siempre ha permanecido sentado a tu lado.