Dos pesos cósmicos
Gaia y Electra aprovecharon los primeros rayos del sol para sentarse a solas en la terraza de la posada.
Amelia notó un cambio poco habitual en su compañera. Gaia permanecía contemplativa, con la mirada perdida más allá del horizonte.
La observó de reojo, sonrió y rompió el silencio con picardía.
—¡Jajaja! ¿Y esa moneda de dónde carajos salió? ¿Te la inventaste tú ahora mismo? —rió Gaia, saliendo por fin de su letargo.
—Jajaja… No sería mala idea. De hecho, debería hablar seriamente con tu padre, el viejo Atlas, para que de ahora en adelante nos pague a todas las Pléyades en esa divisa interestelar.
—Ah, sí… Esa es una conversación muy importante que tengo pendiente con papá en cuanto regresemos.
—Bueno, ahora hablando en serio… ¿En qué pensabas con esa cara de filósofa?
—¿En qué más va a ser, Amelia? En el Poeta.
—¿Y qué pasó anoche en la fogata? Manita, no me digas… ¿Lo besaste y se le fueron las luces como le pasó a Hamal en el mercado galáctico?
—No, amiga, para nada. Ocurrió exactamente lo contrario. El Poeta, sin saber que me lo estaba diciendo a mí, me pidió perdón. Bueno… realmente nos pidió perdón a todas las hermanas por habernos llamado feas y chismosas en aquellos escritos de juventud.
—¿Cómo? ¿Ya sabe quiénes somos?
—¡No! No tiene la menor idea. Pero anoche me confesó que cuando escribió aquello era apenas un muchacho inmaduro y que nunca se detuvo a pensar el daño que podían causar sus palabras.
—¿De verdad te dijo eso?
—Sí… Pero eso no fue lo único, Amelia. También me confesó que lleva días pensando en mí… Bueno, no en Camila; en Gaia. Dice que todas las noches mira hacia las Pléyades y no deja de preguntarse por qué faltamos del cielo.
Electra sonrió con satisfacción.
—Eso sí que está interesante. ¿Y qué te pasa ahora? Te noto distinta… mucho más tranquila.
—Es que sus palabras me desarmaron.
Sonrió.
—Pero ahora cuéntame tú. ¿Cómo te fue anoche con el vecino?
Los ojos de Electra se iluminaron de inmediato.
—¡Por fin besé a Andrés en el lobby! Y esta vez te juro que fui yo quien lo besó.
—¡Jajaja! Muchacha, cuídate, no vaya a ser que me quites el trono de la rebeldía.
—¿Cuál trono ni qué ocho cuartos? ¡Ahora la candela soy yo! —respondió entre risas—. Siento una corriente eléctrica recorriendo este avatar que no me deja estar quieta.
Gaia sonrió con auténtica ternura.
—Me alegra muchísimo verte así de feliz, amiga. De corazón.
Electra apoyó la barbilla sobre las manos y suspiró.
—Es que me tiene mal… Me fascina ese aroma amaderado. Esa esencia natural de caoba que desprende… Te lo juro, Gaia, estoy loca por llegar a la playa para volver a caminar agarrada de su mano. No puedo pasar mucho tiempo lejos de Andrés.
Gaia la observó durante unos segundos y terminó sonriendo para sí.
Por primera vez desde que ambas habían descendido a la Tierra, comprendió que no era la única estrella que estaba dejando un pedazo del corazón entre los mortales.