Habichuelas no eran
Aquella fue, sin lugar a dudas, una velada intensa.
Pero intensa de verdad para los cuatro viajeros en Las Terrenas.
Hubo candela de la buena por arriba y por abajo. Volaron verdades profundas que nadie había pedido escuchar, nació un perdón absoluto entregado en el silencio del alma sin necesidad de ser solicitado y, como si todo eso fuera poco, también estalló una intensidad inolvidable en los labios.
Definitivamente, Andrés y Amelia no tenían la menor necesidad de buscar en los libros dónde nacía la poesía caribeña.
La estaban viviendo en carne propia.
Y aquello era una verdad absoluta.
Al terminar la madrugada, cada uno de los integrantes del grupo regresó a su habitación con un pensamiento fijo clavado en la cabeza.
Por un lado, las almas más románticas suspiraban entre las sábanas:
«Ojalá esta noche no terminara jamás.»
Por el otro, dos corazones completamente desarmados solo podían pensar:
«¡Dios mío… que amanezca de una vez para volver a verla!»
La gran aventura costera continuaría al salir el sol.
Una pareja se dormía abrazada por el descubrimiento silencioso que había nacido junto a la fogata bajo las estrellas de Samaná.
La otra, completamente cautiva del aroma natural de la caoba.
Pero, al final de cuentas, más allá de los deseos individuales…
Algo muy grande comenzaba a cocinarse lentamente en la estufa del destino.
Y, definitivamente…
¡No eran habichuelas con dulce!