La esencia de Andrés
Del otro lado de Las Terrenas, en la intimidad de la posada, Andrés y Amelia compartían su propia velada.
A diferencia de la de sus amigos, aquel encuentro no había sido planeado ni pactado. Simplemente eran dos personas que habían quedado solas en el complejo mientras el Poeta y Camila caminaban por la playa.
Amelia rompió el silencio con una pregunta inesperada.
—Ven acá, Andrés… La verdad es que llevo varios días intrigada con algo que tiene que ver contigo.
—¿Y qué puede ser eso tan extraño? —preguntó él, acomodándose con timidez en el mueble.
—¿Qué perfume usas? Esa fragancia amaderada que desprendes me tiene fascinada.
Andrés sonrió con cierta inocencia.
—No uso ningún perfume, Amelia. Ese aroma que percibes… simplemente soy yo. Es mi propia esencia.
Ella permaneció inmóvil.
¿Cómo era posible que un simple mortal pudiera transmitir tanta paz con el solo hecho de estar sentado a su lado?
Aquel aroma limpio, cálido y amaderado despertaba en ella una serenidad imposible de explicar.
—¿Me estás mintiendo para hacerte el interesante? —preguntó, entrecerrando los ojos con una sonrisa incrédula.
—Jamás te mentiría.
La respuesta salió inmediata.
—No sé mentir, Amelia. Mi naturaleza no me lo permite.
Electra sintió un ligero estremecimiento.
—Es que no logro comprender…
—Simplemente nací así —respondió Andrés, encogiéndose de hombros con una naturalidad desarmante.
Amelia sonrió.
—Entonces… ¿me permitirías hacer una pequeña locura?
Andrés sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.
—¿Qué clase de locura?
Ella no respondió.
Se levantó del asiento y caminó hasta quedar frente a él.
Sin apartar la mirada de sus ojos, cerró la pequeña distancia que los separaba.
Respiró hondo.
Quería comprobar una vez más si aquella fragancia existía de verdad o si todo era producto de su imaginación.
No lo era.
A escasos centímetros de su cuello volvió a percibir ese inconfundible aroma a madera noble.
Ya no pudo resistirse.
Sujetó con delicadeza la camisa de Andrés y lo acercó hacia ella.
Sus labios encontraron los de él.
Fue un beso largo, sereno y lleno de una ternura inesperada.
Durante ese instante, Andrés dejó de ser el antiguo Banco de Soledad.
Desapareció el parque de Kansas.
Desaparecieron las noches de silencio.
Desapareció la espera.
Solo existían Amelia… y él.
Cuando finalmente separaron apenas unos centímetros sus rostros, Amelia sonrió sin intentar ocultar nada.
—Es que me gustas demasiado, condenado.
Andrés apoyó suavemente una mano en su cintura.
La miró con una profundidad que conmovió hasta el alma de la estrella.
—Tú tampoco me eres indiferente, Amelia.
La sostuvo un poco más cerca.
—Me gustaste desde el primer instante en que te vi.