Te perdono, Poeta
—¿Estás bien? —preguntó el Poeta con preocupación.
—Sí… Fue solo un amago. Ya se me pasará.
El silencio volvió a instalarse entre ambos mientras las llamas danzaban frente al mar.
—¿Te confieso algo? —dijo el Poeta, contemplando el fuego.
—Claro.
—Llevo varias noches observando el cielo y, por primera vez en mucho tiempo, puedo decir que extraño a esas estrellas.
La miró.
—Y a una en particular.
—¿A cuál?
—A la que le debo esa deuda de honor.
—¿Y cómo se llama? —preguntó ella, conteniendo el aliento.
—Gaia.
Camila sintió que el mundo se detenía.
—¿Gaia?… ¿Dijiste Gaia?
—Sí… ¿Por qué te impresiona tanto? —preguntó él, observándola con curiosidad—. Camila… estás brillando otra vez.
Ella sonrió con nerviosismo.
—Jajaja… No, por nada. Debe ser el reflejo de la fogata. Es solo que ese nombre me pareció… curioso.
El Poeta sonrió.
—Hasta hace un tiempo, a mí también me parecía extraño.
Levantó la vista hacia las Pléyades.
—Hoy me parece un nombre hermoso.
—¿Y por qué?
El escritor tardó en responder.
—No lo sé… Hay algo dentro de mí que me dice que debo hablar con esa estrella. Porque creo que, como poeta… le fallé.
—¿Le fallaste? ¿Por qué dices eso?
El Poeta bajó la mirada.
—Cuando tenía catorce años fui inmaduro, Camila. Escribí poesías antes de vivirlas y, por culpa de ese arrebato tan propio de la juventud, nunca medí el peso que podían tener mis palabras.
Las brasas crepitaron suavemente.
—La llamé fea… La llamé envidiosa… Solo porque era un muchacho ignorante.
Respiró hondo.
—Y hoy creo… creo que la herí profundamente.
Gaia permaneció inmóvil.
Sintió el calor de la fogata mezclarse con una emoción infinitamente más intensa que le recorría el pecho de su avatar.
Por primera vez en catorce años, el rencor comenzaba a desprenderse de su alma.
Y, en la intimidad más absoluta de sus pensamientos, mientras una lágrima silenciosa rodaba por su mejilla, pronunció las palabras que jamás creyó ser capaz de decir:
«Sí… me heriste.
Pero hoy…
Hoy te perdono.
Te perdono, Poeta.»