La Promesa en Cayo Levantado (El Banco de la Medianoche nº 2) Faltan dos estrellas
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Faltan dos estrellas

—¿Y se puede saber qué clase de deuda de honor es esa que tienes con un astro? —indagó Gaia, intentando mantener un tono casual mientras acomodaba la cobija sobre sus hombros.

—Prefiero no entrar en detalles todavía, Camila…

No hasta que tenga la oportunidad de aclararlo todo frente a la estrella involucrada —confesó el escritor, suspirando de cara a la brisa marina—.

La verdad es que hoy creo firmemente que es una estrella a la que juzgué con demasiada ligereza; una estrella a la que nunca me di el tiempo de conocer de verdad.

Quizás, si el universo me lo permite, lo que debería hacer es sentarme con ella e invitarla a tomar un café.

Ese mismo café que fui tan soberbio y testarudo de negarme a aceptar cuando ella me lo ofreció.

—¿Y qué fue exactamente lo que te hizo juzgarla de una manera tan severa? —preguntó la pelirroja, clavando sus grandes ojos saltones en el perfil del escritor.

—Es que ella es una estrella sumamente impetuosa, Camila… Está llena de un brío indomable, saca conclusiones apresuradas a la menor provocación y, a decir verdad, a veces tiene la molesta costumbre de exagerar demasiado las cosas.

«¡Vaya! Muchísimas gracias por la parte de los halagos que me toca», pensó Gaia para sus adentros, mordiéndose los labios y conteniéndose a duras penas para no romper el avatar humano de la pura indignación.

—Pero, a pesar de todos esos defectos, hay algo muy profundo en ella que me llama poderosamente la atención desde hace tiempo —continuó el Poeta, avivando las brasas de la fogata con un trozo de madera.

—¿Qué cosa? —preguntó Gaia en un susurro, conteniendo el aliento.

—Creo con absoluta certeza que es la única estrella de todo el firmamento a la que realmente le preocupó saber dónde me escondía durante aquellos catorce años de silencio absoluto. Y, la verdad… jamás me tomé la molestia de preguntarle por qué le importaba tanto mi ausencia.

—¿Y por qué piensas precisamente ahora que la juzgaste mal?

—Porque, a pesar de todo el tiempo que llevamos discutiendo a la distancia, ella no me conoce realmente…

y yo tampoco la conozco a ella. Mi gran amigo el Banco me lo advirtió una vez con mucha sabiduría en el parque.

Me dijo: «Debes hablar con ella mirándola a los ojos antes de juzgarla, Poeta. Tú no la conoces en el fondo».

El Poeta respiró hondo.

—Y la verdad es que tiene toda la razón. En lo más profundo de mi ser creo que esa estrella es mucho más noble, mucho más sensible y mucho más valiosa de lo que aparenta detrás de todo ese orgullo celestial.

—¿Y por qué no has intentado hablar con ella para solucionar las cosas? —insistió Gaia, sintiendo una calidez completamente desconocida expandirse por su pecho humano.

El Poeta bajó la mirada.

—Ahí radica el gran problema de toda esta historia, Camila…

Suspiró.

—Lleva varios días terrestres desaparecida del cielo.

—¿Cómo que… desaparecida? —preguntó ella, fingiendo sorpresa.

—Mira el cielo por un momento.

El escritor levantó el brazo y señaló la inmensidad de la bóveda celeste sobre la costa de Las Terrenas.

—Fíjate bien en la constelación de las Pléyades. ¿Notas algo extraño?

—¿Qué… qué se supone que debería notar? —titubeó la deidad, sintiendo que los nervios comenzaban a traicionarla.

—Faltan dos estrellas en ese grupo, Camila. El cielo está incompleto.

Hizo una pequeña pausa antes de concluir.

—Y una de esas dos estrellas ausentes… es precisamente ella.

Gaia tragó en seco.

Sintió, de golpe, que el calor de su propio brillo interior amenazaba con romper la fisonomía de su avatar y delatarla allí mismo, frente al fuego y al mar.

Con el corazón latiéndole a un millón de revoluciones por minuto, perdió el aliento, se puso de pie de un brinco y apenas logró decir:

—Por favor… necesito… necesito un vaso de agua fría.

Tragó en seco.

—Regreso ahora.